Me miro Logan un tanto desconcertado.
–Es una amiga -aclare.
–En ese caso, digame lo que quiera.
Candelaria se acerco a el entonces y comenzo a hablarle mientras simulaba eliminar alguna pelusa inexistente de la pechera de la chaqueta del recien llegado.
–Andese con ojo, plumilla, que esta criatura lleva ya muchas fatiguitas en la chepa. A ver si va a venir usted a camelarsela con sus aires de forastero con parne, y al cabo me la va a hacer de sufrir, porque como se venga arriba y se le ocurra machacarla nada mas que una miajita, aqui mi primo el bujarron y yo hacemos un encarguito en un amen, y una noche de estas igual le sacan una faca por cualquier calle de la moreria y le dejan el lado bueno de la jeta como el pellejo de un guarrillo, marcadito para los restos, ?le ha quedado claro, mi alma?
El periodista fue incapaz de replicar: afortunadamente, a pesar de su impecable espanol, apenas habia logrado entender una palabra del amenazante discurso de mi socia.
–?Que ha dicho? – pregunto volviendose a mi con gesto contuso.
–Nada importante. Vamonos, se nos esta haciendo tarde.
A duras penas pude disimular mi orgullo mientras saliamos. No por mi aspecto; tampoco por el hombre atractivo que llevaba al lado ni por el insigne evento que nos esperaba esa noche, sino por el afecto sin fisuras de los amigos que dejaba detras.
Las calles estaban engalanadas con banderas rojas y gualdas; habia guirnaldas, carteles saludando al ilustre invitado y ensalzando la figura de su cunado. Centenares de almas arabes y espanolas se movian con prisa sin aparente rumbo fijo. Los balcones, adornados con los colores nacionales, estaban llenos de gente, las azoteas tambien. Los jovenes aparecian encaramados en los sitios mas inverosimiles -los postes, las rejas, las farolas- buscando el mejor puesto para presenciar lo que por alli iba a transcurrir; las muchachas andaban agarradas del brazo con los labios recien pintados. Los ninos corrian en manadas, cruzando zigzagueantes en todas direcciones. Los chiquillos espanoles iban repeinados y oliendo a colonia, con sus corbatitas ellos, con lazos de raso las ninas en las puntas de las trenzas; los moritos llevaban sus chilabas y sus tarbush, muchos andaban descalzos, otros no.
A medida que avanzabamos hacia la plaza de Espana, la masa de cuerpos se hizo mas densa, las voces mas altas. Hacia calor y la luz era aun intensa; comenzo a oirse una banda de musica afinando los instrumentos. Habian instalado gradas de madera portatiles; hasta el ultimo milimetro de espacio estaba ya ocupado. Marcus Logan necesito mostrar varias veces su invitacion para que pudieran abrirnos paso a traves de las barreras de seguridad que separaban el gentio de las zonas por las que habrian de transitar las autoridades. Apenas hablamos durante el trayecto: el bullicio y los constantes quiebros para superar los obstaculos impidieron cualquier conversacion. A veces tuve que agarrarme con fuerza a su brazo a fin de que la turba no nos separara; en otras ocasiones tuvo que ser el quien me sujetara por los hombros para que no me tragara el bullicio voraz. Tardamos en llegar, pero lo conseguimos. Un retortijon se me agarro a la boca del estomago al atravesar el porton enrejado que daba acceso a la Alta Comisaria, preferi no pensar.
Varios soldados arabes custodiaban la entrada, imponentes en su uniforme de gala, con grandes turbantes y las capas al viento. Atravesamos el jardin aderezado con banderas y estandartes, un ayudante nos dirigio hasta un abultado grupo de invitados que esperaba el comienzo del acto bajo los toldos blancos colocados para la ocasion. A su sombra aguardaban gorras de plato, guantes y perlas, corbatas, abanicos, camisas azules bajo chaquetas blancas con el escudo de Falange bordado en la pechera, y un buen punado de modelos cosidos pespunte a pespunte por mis manos. Salude con gestos discretos a varias clientas, fingi no notar algunas miradas y cuchicheos disimulados que recibimos desde varios flancos -quien es ella, quien es el, lei en el movimiento de algunos labios-. Reconoci mas rostros: muchos de ellos tan solo los habia visto en las fotografias que Felix me mostro en los dias anteriores; con algun otro, en cambio, me unia un contacto mas personal. El comisario Vazquez, por ejemplo, que disimulo con maestria su incredulidad al encontrarme en aquel escenario.
–Vaya, que grata sorpresa -dijo mientras se desprendia de un grupo y se acercaba a nosotros.
–Buenas tardes, don Claudio. – Me esforce por sonar natural, no se si lo logre-. Me alegro de verle.
–?Seguro? – pregunto con un gesto ironico.
No pude responder porque, ante mi estupor, acto seguido saludo a mi acompanante.
–Buenas tardes, senor Logan. Le veo ya muy aclimatado a la vida local.
–El comisario me requirio en su oficina nada mas llegar a Tetuan -me aclaro el periodista mientras se estrechaban la mano-. Formalidades de extranjeria.
–De momento, no es sospechoso de nada, pero informeme si ve en el algo raro -bromeo el comisario-. Y usted, Logan, cuideme a la senorita Quiroga, que ha pasado un ano muy duro trabajando sin parar.
Dejamos al comisario y continuamos avanzando. El periodista se mostro en todo momento relajado y atento, y yo me esforce para que no apreciara la sensacion de pez fuera del agua en la que me mantenia. Tampoco el conocia a casi nadie, pero
Y, al fin, aparecio el esperado, el deseado, el cunado del Caudillo, arriba Espana. Enfundado en un terno negro, serio, envarado, delgadisimo y tremendamente guapo con su pelo casi blanco peinado hacia atras; impasible el ademan, como decia el himno de Falange, con aquellos ojos de gato listo y los treinta y siete anos algo avejentados que entonces portaba.
