Yo debia de ser una de las pocas personas que no sentian la menor curiosidad por verle de cerca o estrechar su mano y, aun asi, no deje de mirar en su direccion. No era Serrano, sin embargo, quien me interesaba, sino alguien que estaba muy cerca de el y a quien yo aun no conocia en persona: Juan Luis Beigbeder. El amante de mi clienta y amiga resulto ser un hombre alto, delgado sin exceso, rondando los cincuenta. Llevaba un uniforme de gala con un ancho fajin cenido a la cintura, gorra de plato y un baston ligero, una especie de fusta. Tenia la nariz delgada y prominente: debajo, un bigote oscuro; sobre ella, gafas de montura redonda, dos circulos perfectos tras los cuales se vislumbraban un par de ojos inteligentes que seguian todo lo que a su alrededor acontecia. Me parecio un hombre peculiar, quiza un tanto pintoresco. A pesar de su atuendo, no tenia en absoluto una prestancia marcial: lejos de ello, habia en su actitud algo un poco teatral que, sin embargo, no parecia fingido: sus gestos eran refinados y opulentos a un tiempo, su risa expansiva, la voz rapida y sonora. Se movia de un sitio a otro sin parar, saludaba con efusion repartiendo abrazos, palmadas en la espalda y prolongados choques de manos; sonreia y hablaba con unos y otros, moros, cristianos, hebreos, y vuelta a empezar. Tal vez en sus ratos libres sacara a pasear al romantico intelectual que segun Rosalinda llevaba dentro pero, en aquel momento, lo unico que desplego ante la audiencia fueron unas dotes inmensas para las relaciones publicas.

Parecia tener amarrado a Serrano Suner con una cuerda invisible; a veces permitia que se alejara un tanto, le daba una cierta libertad de movimientos para que saludara y departiera por su cuenta, para que se dejara adular. Al minuto, sin embargo, recogia el carrete y lo arrastraba de nuevo a su cercania: le explicaba algo, le presentaba a alguien, le echaba el brazo sobre los hombros, volcaba una frase en su oido, soltaba una carcajada y volvia a dejarle ir.

Busque a Rosalinda repetidamente, pero no la encontre. Ni al lado de su querido Juan Luis, ni lejos de el.

–?Ha visto por algun sitio a la senora Fox? – pregunte a Logan cuando termino de cruzar unas palabras en ingles con alguien de Tanger que me presento y cuyo nombre y cargo olvide al instante.

–No, no la he visto -replico simplemente mientras concentraba la atencion en el grupo que en ese momento se estaba formando alrededor de Serrano-. ?Sabe quienes son? – dijo senalandolos con un discreto movimiento de barbilla.

–Los alemanes -respondi.

Alli estaban la exigente Frau Langenheim embutida en el formidable traje de shantung violeta que yo le habia cosido; Frau Heinz, que habia sido mi primera clienta, vestida de blanco y negro como un arlequin; la senora de Bernhardt, que tenia acento argentino y aquella vez no estrenaba atuendo, y alguna mas a la que no conocia. Todas acompanadas de sus esposos, todos agasajando al cunadisimo mientras el se deshacia en sonrisas en medio del grupo compacto de germanos. Aquella vez, sin embargo, Beigbeder no interrumpio la charla y le dejo mantenerse en escena por si mismo un tiempo prolongado.

30

La noche fue cayendo, se encendieron luces como de verbena. El ambiente seguia animado sin estridencias, la musica suave y Rosalinda ausente. El grupo de alemanes se mantenia ferreo en torno al invitado de honor, pero en algun momento las senoras se desgajaron de su lado y quedaron solo cinco hombres extranjeros y el dignatario espanol. Parecian concentrados en la conversacion y se pasaban algo de mano en mano juntando las cabezas, senalando con el dedo, comentando. Adverti que mi acompanante no dejaba de mirar hacia ellos disimuladamente.

–Parece que le interesan los alemanes.

–Me fascinan -dijo ironico-. Pero estoy atado de pies y manos.

Le replique alzando las cejas con gesto interrogatorio, sin entender que queria decir. No me lo aclaro, sino que desvio el rumbo de la conversacion hacia terrenos que, aparentemente, nada tenian que ver.

–?Seria mucho descaro por mi parte pedirle un favor?

Lanzo la pregunta de forma casual, como cuando unos minutos antes me habia preguntado si me apetecia un cigarrillo o una copa de cup de frutas.

–Depende -replique simulando tambien una despreocupacion que no sentia. A pesar de que la noche estaba resultando moderadamente relajada, yo seguia sin encontrarme a gusto, incapaz de disfrutar de aquella fiesta ajena. Me preocupaba, ademas, la ausencia de Rosalinda; era muy extrano que no se hubiera dejado ver en ningun momento. Lo unico que me faltaba era que el periodista me pidiera un nuevo favor incomodo: bastante habia hecho ya accediendo a asistir a aquel acto.

–Se trata de algo muy simple -aclaro-. Tengo curiosidad por saber que estan mostrando los alemanes a Serrano, que miran todos con tanta atencion.

–?Curiosidad personal o profesional?

–Ambas. Pero no puedo acercarme: ya sabe que los ingleses no les somos gratos.

–?Me esta proponiendo que me aproxime yo a echar un vistazo? – pregunte incredula.

–Sin que se note mucho, a ser posible.

Estuve a punto de soltar una carcajada.

–No esta hablando en serio, ?verdad?

–Absolutamente. En eso consiste mi trabajo: busco informacion y medios para obtenerla.

–Y, ahora, como usted no puede conseguir esa informacion por si mismo, desea que el medio sea yo.

–Pero no quiero abusar de usted, se lo prometo. Se trata de una simple propuesta, no tiene obligacion alguna de aceptarla. Considerela tan solo.

Le mire sin palabras. Parecia sincero y fiable pero, tal como habia previsto Felix, probablemente no lo fuera. Todo era, al fin y al cabo, pura cuestion de intereses.

–De acuerdo, lo hare.

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