el hall principal y nos adentramos en un nuevo pasillo, esta vez silencioso y con luz tenue. Giramos varias veces, a la izquierda primero, a la derecha despues, de nuevo a la izquierda. Mas o menos.
–?Quiere la senora que la espere? – pregunto cuando llegamos.
–No hace falta. Encontrare el camino sola, gracias.
No estaba muy segura de ello, pero la idea de tener un centinela aguardando se me antojo enormemente incomoda, asi que, con la escolta despachada, complete mis necesidades, repase mi atuendo, me retoque el pelo y me dispuse a salir. Pero me falto el animo, me fallaron las fuerzas para enfrentarme de nuevo a la realidad. Decidi entonces regalarme unos minutos, unos instantes de soledad. Abri la ventana y por ella entro la noche de Africa con olor a jazmin. Me sente en el alfeizar
Avance por el pasillo oscuro, recorri un recodo, otro luego, crei andar orientada. Me di entonces de bruces con una puerta doble que no creia haber visto antes. La abri y tras ella halle una sala oscura y vacia. Me habia equivocado, ciertamente, asi que opte por corregir el rumbo. Nuevo pasillo, ahora a la izquierda crei recordar. Pero erre de nuevo y me adentre en una zona menos noble, sin frisos de madera abrillantada ni generales al oleo en las paredes; es probable que avanzara camino de alguna zona de servicio. Tranquila, me dije sin gran convencimiento. La escena de la noche de las pistolas envuelta en un jaique y perdida por las callejuelas de la medina aleteo de pronto sobre mi. Me deshice de ella, retorne la atencion a lo inmediato y cambie el rumbo una vez mas. Y de pronto me encontre de nuevo en el punto de partida, junto al aseo. Falsa alarma, pues: ya no estaba perdida. Rememore el momento de la llegada acompanada por el soldado y me ubique. Todo claro, problema resuelto, pense encaminandome a la salida. Efectivamente, todo volvio a resultarme familiar. Una vitrina con armas antiguas, fotografias enmarcadas, banderas colgantes. Todo lo habia percibido minutos atras, todo era ya reconocible. Incluso las voces que sonaron tras el recodo que me disponia a doblar: las mismas que habia oido en el jardin en la ridicula escena de la polvera.
–Aqui estaremos mas comodos, amigo Serrano; aqui podremos hablar con mas tranquilidad. Es la sala donde normalmente nos recibe el coronel Beigbeder -dijo alguien con potente acento aleman.
–Perfecto -replico tan solo su interlocutor.
Me quede inmovil, sin aliento. Serrano Suner y al menos un aleman se encontraban apenas a unos metros, aproximandose por un tramo de pasillo que formaba angulo recto con el corredor por el que yo avanzaba. En cuanto ellos o yo doblaramos el recodo, quedariamos frente a frente. Me temblaban las piernas con solo pensar en ello. En realidad, no tenia nada que ocultar; no habia razon por la que debiera temer el encuentro. Excepto que carecia de fuerzas para simular una pose fingida otra vez, para hacerme pasar de nuevo por una necia atolondrada y dar pateticas explicaciones sobre cisternas rotas y charcos de agua a fin de justificar mi solitario deambular por los pasillos de la Alta Comisaria en medio de la noche. Sopese las opciones en menos de un segundo. No habia tiempo para deshacer lo andado y debia a toda costa evitar encontrarmelos cara a cara, por lo que no podia ir hacia atras ni tampoco avanzar hacia delante. Asi las cosas, la unica solucion estaba en linea trasversal: a un lado, en forma de una puerta cerrada. Sin pensarlo mas, la abri y me meti dentro.
La estancia estaba a oscuras, pero por las ventanas entraban resquicios de luz nocturna. Apoye la espalda contra la puerta, a la espera de que Serrano y su compania pasaran por delante y desaparecieran para que yo pudiera salir y seguir mi camino. El jardin con sus luces de verbena, el arrullo de las conversaciones y la solidez imperturbable de Marcus Logan se me antojaron de pronto como un destino similar al paraiso, pero me temia que aun no era el momento de alcanzarlo. Respire con fuerza, como si con cada bocanada intentara sacar del cuerpo un pedazo de mi angustia. Fije la vista en el refugio y entre las sombras distingui sillas, sillones y una libreria acristalada junto a la pared. Habia mas muebles, pero no pude detenerme a identificarlos porque en ese momento otro asunto atrajo mi atencion. Cerca de mi, tras la puerta.
–Ya hemos llegado -anuncio la voz germana acompanada del ruido del picaporte al accionarse.
Me aleje con zancadas presurosas y alcance un lateral de la sala en el momento en que la hoja empezo a entreabrirse.
–?Donde estara el interruptor? – oi decir mientras me escabullia detras de un sofa. En el mismo instante en el que la luz se encendio, mi cuerpo toco el suelo.
–Bueno, ya estamos aqui. Sientese, amigo, por favor.
Quede tumbada boca abajo, con el lado izquierdo del rostro apoyado sobre el frio de las baldosas, la respiracion contenida y los ojos como platos, cuajados de pavor. Sin atreverme a tomar aire, a tragar saliva o a mover una pestana. Como una estatua de marmol, como un fusilado sin rematar.
El aleman parecia actuar como anfitrion y se dirigia a un unico interlocutor; lo supe porque solo oi dos voces y porque, por debajo del sofa, desde mi inesperado escondite y entre las patas de los muebles, solo atisbe dos pares de pies.
–?Sabe el alto comisario que estamos aqui? – pregunto Serrano.
–Esta ocupado atendiendo a los invitados; ya hablaremos con el mas tarde si asi lo desea -respondio vagamente el aleman.
Los oi sentarse: se acomodaron los cuerpos, crujieron los muelles. El espanol lo hizo en un sillon individual; vi el final de su pantalon oscuro con la raya bien planchada, sus calcetines negros rodeando los tobillos delgados que se perdian dentro de un par de zapatos abrillantados a conciencia. El aleman se instalo frente a el, en el lado derecho del mismo sofa tras el que yo estaba escondida. Sus piernas eran mas gruesas y el calzado, menos fino. Si hubiera estirado mi brazo, casi habria podido hacerle cosquillas.
Hablaron durante un rato largo; no pude calcular el tiempo con exactitud, pero fue lo suficiente como para que el cuello me doliera hasta rabiar, para que me entraran unas ganas enormes de rascarme y para contener a duras penas las ganas de gritar, de llorar, de salir corriendo. Se oyo el ruido de los encendedores y la habitacion se lleno de humo de cigarrillos. Desde la altura del suelo vi las piernas de Serrano cruzarse y descruzarse incontables veces; el aleman, en cambio, apenas se movio. Intente domar el miedo, encontrar la postura menos incomoda y rogar al cielo que ninguno de los miembros del cuerpo me exigiera un movimiento inesperado.
Mi campo de vision era minimo y la capacidad de movimiento, nula. Tan solo tenia acceso a aquello que flotaba en el aire y me entraba por los oidos: a aquello de lo que hablaban. Me concentre entonces en el hilo
