de la conversacion: ya que no habia conseguido obtener ninguna informacion interesante en el encontronazo con la polvera, pense que quiza aquello fuera de interes para el periodista. O, al menos, asi me mantendria distraida y evitaria que la mente se me trastornara tanto que acabara perdiendo el sentido de la realidad.
Les oi hablar sobre instalaciones y transmisiones, sobre buques y aeronaves, cantidades de oro, marcos alemanes, pesetas, cuentas bancarias. Firmas y plazos, suministros, seguimientos; contrapesos de poder, nombres de empresas, puertos y lealtades. Supe que el aleman era Johannes Bernhardt, que Serrano se escudaba en Franco para presionar con mas fuerza o evitar avenirse a algunas condiciones. Y, aunque me faltaban datos para entender del todo el trasfondo de la situacion, intui que los dos hombres tenian un interes parejo en que aquello sobre lo que discutian prosperara.
Y prospero. Llegaron a un acuerdo finalmente; se levantaron despues y zanjaron su trato con un apreton de manos que yo solo oi y no alcance a ver. Si vi, en cambio, los pies moverse en direccion a la salida, el aleman cediendo el paso al invitado, otra vez haciendo de anfitrion. Antes de marchar, Bernhardt lanzo una pregunta.
–?Hablara usted de esto con el coronel Beigbeder, o prefiere que se lo diga yo mismo?
Serrano no respondio de inmediato, antes le oi encender un cigarrillo. El enesimo.
–?Cree usted imprescindible hacerlo? – dijo tras expulsar el primer humo.
–Las instalaciones se ubicaran en el Protectorado espanol, supongo que el deberia tener algun conocimiento al respecto.
–Dejelo entonces a mi cargo. El Caudillo le informara directamente. Y, sobre los terminos del acuerdo, mejor no difunda ningun detalle. Que quede entre nosotros -anadio a la vez que se apagaba la luz.
Deje pasar unos minutos, hasta que calcule que ya estarian fuera del edificio. Me levante entonces con cautela. De su presencia en la estancia tan solo quedaba el denso olor a tabaco y la intuicion de un cenicero repleto de colillas. Fui, sin embargo, incapaz de bajar la guardia. Me reajuste la falda y la chaqueta y me acerque a la puerta andando de puntillas con sigilo. Acerque la mano al pomo lentamente, como si temiera que su contacto me fuera a propinar un latigazo, temerosa de salir al pasillo. No llegue a tocar el picaporte, sin embargo: cuando estaba a punto de rozarlo con los dedos, percibi que alguien lo estaba manipulando desde fuera. Con un movimiento automatico me eche hacia atras y me apoye contra la pared con todas mis fuerzas, como si quisiera fundirme con ella. La puerta se abrio de golpe casi dandome en la cara, la luz se encendio apenas un segundo despues. No pude ver quien entraba, pero si oi su voz maldiciendo entre dientes.
–A ver donde se ha dejado el cabron este la puta pitillera.
Aun sin verle, intui que no era mas que un simple soldado cumpliendo una orden con desgana, recuperando un objeto olvidado por Serrano o Bernhardt, no supe a cual de los dos dirigio el muchacho su epiteto. La oscuridad y el silencio regresaron en unos segundos, pero no logre recuperar el coraje necesario para aventurarme al pasillo. Por segunda vez en mi vida, obtuve la salvacion saltando por una ventana.
Regrese al jardin y, para mi sorpresa, encontre a Marcus Logan en animada charla con Beigbeder. Intente retroceder, pero fue demasiado tarde: el ya me habia visto
–Asi que usted es la hermosa amiga modista de mi Rosalinda -dijo recibiendome con una sonrisa.
Tenia un puro en una mano, paso el otro brazo sobre mis hombros con familiaridad.
–Me alegro mucho de conocerla por fin, querida. Es una lastima que nuestra Rosalinda se encuentre indispuesta y no haya podido unirse a nosotros.
–?Que le ocurre?
Con la mano que sostenia el habano se dibujo un remolino en el estomago.
–Problemas de intestinos. Le afectan en epocas de nervios y estos dias hemos estado tan ocupados atendiendo a nuestro huesped que la pobrecita mia apenas ha tenido un minuto de tranquilidad.
Hizo un gesto para que Marcus y yo acercaramos nuestras cabezas a la suya y bajo el tono con supuesta complicidad.
–Gracias a Dios, el cunado se va manana; creo que seria incapaz de soportarle un dia mas.
Remato su confidencia con una sonora carcajada y nosotros le imitamos simulando una gran risa tambien.
–Bueno, queridos, he de marcharme-dijo consultando el reloj-. Me encanta su compania, pero el deber me reclama: ahora vienen los himnos, los discursos y toda esa parafernalia: la parte mas aburrida, sin duda. Vaya a ver a Rosalinda cuando pueda, Sira: agradecera su visita. Y usted tambien pasese por su casa, Logan, le vendra bien la compania de un compatriota. A ver si conseguimos cenar alguna noche los cuatro en cuanto todos nos relajemos un poco. God save the king! – anadio a modo de despedida alzando la mano con gesto teatral. Y, acto seguido, sin mediar una palabra mas, se giro y se fue.
Permanecimos unos segundos en silencio, viendole marchar, incapaces de encontrar un adjetivo para calificar la singularidad del hombre que acababa de dejarnos.
–Llevo buscandola casi una hora, ?donde se ha metido? – pregunto finalmente el periodista con la mirada aun fija en la espalda del alto comisario.
–Andaba resolviendole la vida, lo que usted me ha pedido, ?no?
–?Significa eso que logro ver lo que se pasaban de mano en mano en el grupo?
–Nada importante. Retratos de familia.
–Vaya, mala suerte.
Hablabamos sin mirarnos, ambos con la vista concentrada en Beigbeder.
