– La llevara de vuelta a su campamento. Por una ruta distinta. Oh, si. Hay muchos caminos que entran y salen de este lugar. -Sonrio, complacido-. Y usted dijo que queria estudiarlo. Bueno, esta sera su oportunidad. Una oportunidad unica. Adios.

Swift comprendio que seria inutil discutir con el asceta, pues solo le responderia con otra enigmatica frase. Pero callandose no evito que el hombre prosiguiera.

– Y no sea tan dura con la religion -le grito-. El proposito de Dios para la vida es como una gran alfombra. Vista desde un lado del telar es todo confusion. No tiene forma ni logica. Solo cientos de hilos de lana que cuelgan sueltos aqui y alli. Pero vista desde el otro lado, todo cobra sentido. El esquema queda claro. No hay cabos de lana sueltos. Solo orden.

– Adios -dijo ella.

El swami seguia riendo suavemente mientras se volvia hacia el satelite y metia la mano en el generador para extraer el isotopo con sus finas manos desnudas.

La ruta del yeti los condujo hasta y a traves de los afilados pinaculos que cerraban el valle escondido como las dos mitades de un cepo de caza. Mientras ascendian, Swift noto que se le taponaban los oidos y empezo a temer que el yeti la dejara en alguna ladera inaccesible donde moriria sin duda alguna.

Empequenecida por las montanas y por el tamano de la criatura que la llevaba en brazos, se sintio una insignificante figura horizontal en un inmenso paisaje vertical: ella y su King Kong personal, dos seres absolutamente distintos y aun asi con proteinas y demas moleculas casi identicas. Ella era Fay Wray transportada por la nieve tenida de azul por el azul mas vivo del cielo ilimitado. Empezo a relajarse progresivamente y a comprender un poco de lo que el swami le habia dicho. ?Que era seguro, excepto el gran techo azul que se extendia por encima de su cabeza en toda su maravillosa infinitud? Ocurriera lo que ocurriese en la Tierra, aquello siempre estaria alli. Swift penso que quiza estaba aun bajo la influencia de la sugestion que el swami le habia producido mientras estaba en trance. Sin duda se sentia igualmente calida, a pesar de que aun no habia activado la corriente de su traje climatizado. Incluso empezaba a creer que en aquel lugar magico donde no habia limites, ni fin, solo vasto espacio, el swami nunca envejeceria, quiza viviria eternamente. Por lo que ella sabia, era inmortal, alguien para quien no regian las leyes habituales de la naturaleza. Seguiria velando por los yetis a su silenciosa y pasiva manera hasta el fin de los tiempos.

Se quedo adormilada.

Cuando desperto estaban descendiendo por un talud muy escarpado, y pronto empezo a cerrar los ojos cuando el camino era demasiado alarmante. Pero el yeti no perdio pie ni una sola vez. Hasta que llego el momento en que quedo claro que incluso los pies de yeti resultaban inadecuados para la imposible pendiente que tenian delante. Swift supuso que estarian a unos seis mil metros de altitud, en la ladera del Machhapuchhare. Por debajo de ellos se encontraba el Santuario. Al frente se alzaba el Annapurna hasta unos ocho mil metros, como una piramide del Antiguo Egipto. No parecia haber ninguna manera de seguir bajando, aparte de clavar un piton a martillazos en la cresta rocosa que tenian encima y descender en rapel por el abismo de un kilometro y medio de altura.

Para sorpresa de Swift, el yeti se sento en la alta nieve. Penso que debia de tomarse un merecido descanso mientras buscaba una ruta alternativa.

– ?Y ahora hacia donde? -le pregunto ella-. Supongo que volviendo por donde hemos venido.

En su lugar, el yeti se acomodo de espaldas contra el risco al tiempo que mandaba una pequena avalancha de nieve polvo hacia la garganta practicamente vertical que se abria ante el. De pronto, Swift adivino lo que se proponia el yeti y se quedo sin aliento por el horror.

– Oh, no -grito a traves del microfono tras conectarlo-. No pensaras resbalar de culo, ?verdad? Maldito orangutan chiflado. -Golpeo varias veces al yeti en el pecho para dejar clara su posicion.

El yeti gruno antes de acercarse un poco mas al borde del abismo.

– Dios mio, no. No lo hagas. Moriremos.

En el interior del casco sintio que su frente se perlaba de sudor. A un nivel mas profundo de su entorno hermetico, una sensacion mas desagradable se adueno de su estomago mientras, lentamente, el yeti empezaba a deslizarse.

– No, por favor.

Swift solto un alarido y cerro los ojos al notar que aceleraban bruscamente y empezaban a precipitarse por la empinada garganta rodeados por una blanca polvareda de nieve. El yeti rugia, entusiasmado, como si estuviera disfrutando de una atraccion de feria en lugar del descenso de esqui mas siniestro posible. Aun siendo ella misma una esquiadora excelente, Swift jamas se abria atrevido con una pendiente semejante. No dejo de gritar ni un momento mientras se deslizaban a toda velocidad, rebotando a un lado y al otro por la escarpada ladera. Una o dos veces noto que se separaban del suelo antes de que el enorme peso del yeti los devolviera a la pendiente. Swift enterro la cara en el hombro del yeti y rezo por el fin de su alocado viaje, pero seguian avanzando, cada vez mas de prisa, hasta que se convencio de que el animal que la sujetaba habia perdido el control y ya no estaban resbalando, sino cayendo en medio de una avalancha provocada por ellos mismos que los enterraria vivos.

Al instante siguiente le parecio que se elevaban por los aires y se preparo para el batacazo mortal que sin duda vendria a continuacion. Pero en su lugar siguieron volando, y cuando Swift entreabrio un ojo se dio cuenta de que el yeti habia aterrizado a la carrera. Se encontraban justo encima del glaciar de la cabecera del valle. Suspiro con alivio.

El yeti sorteo corriendo un risco de hielo que formaba una curva alrededor del glaciar y fue saltando de una roca a otra como la cabra montes de paso mas seguro, evitando por poco los pilares de hielo y las grietas. Estaba en su hogar, agil en este paisaje de alta montana como un gibon en el mas alto de los arboles.

Pronto llegaron al corredor de hielo y a la pared de la escalera que conducia al borde de la grieta por donde habian seguido a Rebeca y al pequeno Esau. A Swift le habria gustado verlos una vez mas, solo para volver a decirles «Bii-eh». Casi lo lamento cuando llegaron al campamento I y, echando humo como un caballo de tiro en un dia frio, el gran yeti de espalda blanca se detuvo y la deposito en el suelo. ?Como conseguiria describir este viaje en su libro? Y si lo hacia, ?la creeria alguien? Quiza tambien sobre aquello tenia razon el swami. En realidad no era necesario formular demasiadas preguntas.

– Gracias -dijo.

El yeti aguardo. Casi parecia que estuviera esperando una propina hasta que Swift comprendio que miraba el equipo y las tiendas que formaban el campamento I. Toco suavemente el techo de una tienda y luego dio un tiron a un saco de dormir para olfatearlo con curiosidad.

Swift sonrio. Era dificil relacionar aquel yeti con el que habia matado a Boyd. Pero eso no podia reprocharselo, pues Boyd la habria matado a ella con mucho mas entusiasmo. Observando al yeti sintio que la vision cientifica dejaba paso al sentimiento y comprendio que queria regalarle algo.

Hurgo entre sus pertenencias en la tienda que compartia con Jutta pensando en darle un guante, una libreta, un gorro de lana, pero no habia nada que le pareciese adecuado. Entonces le vino a la memoria la predileccion de los yetis por los objetos brillantes y recordo que habia cargado con unos cuantos utiles de maquillaje en su mochila hasta el campamento I. Encontro la bolsa en seguida, saco un espejo de mano plegable y se lo tendio al yeti.

El yeti se miro en el espejo unos instantes y a continuacion, grunendo de satisfaccion, se rasco el labio inferior con uno de sus enormes indices. Swift se pregunto si alguna vez se habria visto a si mismo antes y, en tal caso, si se reconocia o no.

La boca del yeti se abrio lentamente hasta formar lo que a ella le parecio una descomunal sonrisa. Inmediatamente, Swift se quito el casco y le sonrio a su vez, pues habia comprendido que lo mas importante era que reconocia algo de si misma en aquel gigantesco hominido. Noto que se le formaba una lagrima en la comisura de un ojo y pestaneo para expulsarla. Transcurrieron unos instantes y el yeti, todavia sosteniendo el espejo, se alejo caminando.

Swift lo observo durante un rato esperando que se diera la vuelta y la mirara. Pero no lo hizo.

Solo cuando el yeti hubo desaparecido de su vista, Swift se pregunto como iba a cruzar el banco de hielo para volver. Se habia olvidado por completo del serac que se hundio por el camino. Si lo hubiera recordado habria podido pedirle al yeti que la dejara al otro lado. Estaba a punto de llamar al CBA por la radio de Boyd cuando vio el helicoptero.

Incluso antes de que el aparato aterrizara, Jack salto al suelo, se le doblaron un poco las rodillas al aterrizar y

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