– Escucheme, despierte.

Swift abrio los ojos y miro fijamente el rostro barbudo del swami. El le sonrio. Aun apoyaba las manos sobre el cuerpo desnudo de la mujer, pero ella no tenia conciencia de su desnudez. Solo sentia la calidez. Una increible calidez. La ultima vez que se habia sentido asi estaba tumbada en una playa de Santa Monica. Veia su aliento condensarse ante su boca, pero sin el acompanamiento de dientes castaneteando. Hacia un frio mortal. Y, sin embargo, se sentia como si llevara puesto el traje climatizado. La nieve de debajo de su espalda desnuda le parecia la arena mas fina y caliente.

Le devolvio la sonrisa con expresion sonolienta y se acomodo aun mas en el suelo.

– Debo de estar sonando -dijo.

– Confie en sus suenos -le aconsejo el swami-. En ellos vera el camino hacia la eternidad. Pero ahora debemos ir a buscar su ropa.

La ayudo a salir del tunel de maleza, se quito su raida tunica y la envolvio con ella por simple pudor.

Swift miro con ansiedad al gran yeti de espalda blanca que se habia sentado tranquilamente junto al cadaver desmembrado de Boyd, y se arrimo aun mas al swami situandose detras de el.

– Mi hermano no le hara dano mientras yo este aqui. -El swami contemplo con tristeza el cadaver de Boyd-. Sin embargo, su amigo… Lo siento mucho.

– No era amigo mio.

– Una hoja no se marchita y muere sin que el resto del arbol lo sepa.

El swami la condujo entre los arboles y cruzaron el claro hasta donde se encontraba el satelite. El yeti los siguio docilmente a corta distancia, como una especie de guardaespaldas.

– Desde que eso cayo aqui, esperaba que viniera alguien -dijo el swami-. Asi es como va el mundo. Debo confesar que temia este momento.

– Ese era Boyd, el muerto. Vino en busca del satelite. Yo he venido a informarme sobre el yeti.

– Y os ha llevado al mismo lugar.

– Si -respondio ella-. Pero yo no pretendia hacer ningun dano. Solo queria saber si el yeti existia.

Swift recogio su ropa interior protectora y se la puso sin apresurarse, pues todavia se sentia tan calida como si acabara de salir de una sauna.

– Si tiene en el un interes intelectual, creo que mi hermano no es para usted mucho mas que una abstraccion. Pero para mi alma es un motivo de regocijo. Para el hombre esclarecido es un objeto de verdad y belleza, una ventana a traves de la cual solo podemos atisbar, asombrados, el universo.

El yeti se sento a los pies del swami y dejo que el santo le acariciara con despreocupado afecto.

– No deja de llamarle hermano -le hizo notar Swift mientras volvia a ponerse el traje climatizado.

A pesar de todo lo que Lincoln Warner le habia contado sobre la quimica de la sangre de yeti, seguia pensando que sabia muy poco de aquella extraordinaria criatura. Recordo algo que el swami habia dicho al principio. Le habia aconsejado que no buscara antepasados y arboles genealogicos. «Los frutos quiza caigan en tu regazo», habia dicho. «Podria alimentarse de ellos. Pero no se sorprenda si la rama se le rompe en la mano.» Era evidente que el swami sabia mas sobre el yeti de lo que decia. Tal vez sabia todo lo que habia por saber.

– Somos las columnas de un templo. Permanecemos juntos, pero no demasiado cerca, o de lo contrario el templo se vendria abajo.

– ?Hasta que punto estamos cerca? Segun el ADN, esta muy proximo a nosotros.

– El mundo no es un conjunto de atomos -dijo el swami-. No se accede a la comprension de este mundo y su creacion estudiandolo desde la perspectiva de su destruccion. Los atomos no son importantes. Solo en la unidad y en la integridad hay amor. Esta es la mayor verdad de todas y la primera semilla del alma.

Swift le devolvio la tunica. El hombre se la coloco sobre sus huesudos hombros con una aparente indiferencia al frio, que ahora Swift podia entender tras haberla experimentado en propia carne, y la ayudo a colocarse la mochila del sistema de soporte vital como si estuviera acostumbrado a hacerlo.

– Pero ?cual es la verdad respecto al yeti? ?Como llego hasta aqui? ?Por que?

– ?Quien conoce la verdad? -Solto una risita que a Swift le recordo un noticiario cinematografico sobre el Maharishi que habia visto en una ocasion-. ?Quien sabe como y cuando este mundo y nosotros mismos cobramos existencia? Pero lo que si es seguro es que los dioses son posteriores al principio. De modo que ?quien sabe de donde venimos cualquiera de nosotros? Solo el Dios del cielo supremo, tal vez. O tal vez no.

– Yo no creo en Dios -dijo Swift.

– No se puede conocer a Dios resolviendo acertijos.

– Entonces cuenteme lo que sabe sobre el yeti, no sobre Dios.

– Son una misma cosa. La vida misma es un templo y una religion. Lo que se y lo que puedo contarle nacen del conocimiento de que si solo se ve la diversidad de las cosas, con todas sus distinciones y divisiones, entonces solo se tiene un conocimiento imperfecto. Grandes son las preguntas que usted plantea del mundo, pero como solo sabe un poco, le contare mas.

»El yeti es mas hombre que animal, pero el animal es su inocencia. La inocencia que el hombre ha perdido.

»Segun uno de mis predecesores, el abuelo del abuelo de su abuelo le dijo, quienquiera que fuese, que los yetis fueron una vez abundantes en estas montanas. De hecho, habia tantos yetis como hombres. Pero a medida que los hombres se volvian mas inteligentes empezaron a sentir rencor contra el yeti, pues mientras ellos tenian que trabajar duramente, el yeti no hacia nada. Mas aun, los yetis siempre estaban robando tsampa, que es harina de cebada amasada con agua y especias, y aun hoy sigue siendo el alimento basico en esta parte del mundo. A veces era lo unico que tenia la gente para comer. Peor aun, a veces robaban carne, algo que en estas montanas es todavia mas escaso que la cebada.

»Asi fue como los hombres decidieron matar a todos los yetis. Primero dejaron tsampa envenenada en las montanas para que se la comieran, y murieron muchos yetis. Y, durante anos despues de aquello, los yetis fueron cazados y exterminados. La cabeza, las manos y los pies de muchos yetis fueron cortados para emplearlos en rituales religiosos. Varias religiones antiguas incluso veneraban estas reliquias como objetos sagrados, pues creian que en los yetis residia el alma de los hombres. Y en cierto modo, no estan tan lejos de la verdad como le he dicho.

Dicho esto, el swami guardo silencio durante un rato y se nego a contestar a ninguna de las preguntas de Swift, excepto para confirmar que una hembra de yeti y su cria habian regresado sanas y salvas al valle escondido. La mencion de la cebada envenenada le recordo a Swift por que habia seguido a Boyd, y se lo explico al hombre.

– En el satelite hay un isotopo radiactivo -dijo-. Una especie de veneno. Boyd pretendia destruir el satelite con explosivos, lo cual habria esparcido el veneno por todo el valle. Todos los yetis habrian muerto. Por no hablar de usted, swami.

– ?Que es la muerte sino yacer desnudo al viento?

Sonrio y levanto las manos con vehemencia.

– Solo con que los hombres pensaran en Dios tanto como piensan en si mismos, ?quien no accederia a la liberacion? Existe una tradicion en estas montanas, una gran tradicion religiosa. Un acertijo, si lo prefiere. Hay quien llama a las personas como yo los Senores Ocultos y dicen que adoramos a los yetis. Unos dicen que somos budistas; otros, que ya viviamos aqui antes de la llegada de los lamas. La verdad es, lamentablemente, mucho mas prosaica. Simplemente, siempre ha habido personas como yo, la religion no importa, guardianes que comprenden a los yetis y tratan de protegerlos del mundo exterior. Pero ultimamente eso resulta muy dificil. Cada ano vienen mas turistas a las montanas.

»Yo creia que los yetis podrian vivir sin ser molestados en esta montana sagrada a la que nadie esta autorizado a subir. Durante muchos anos ha sido un lugar prohibido. Los sherpas lo han respetado. Pero las cosas se les han puesto dificiles. Se han quedado sin dinero y por eso la han traido a usted aqui, donde queria ir. Bueno, esperemos que el hombre se porte bien con el yeti, aunque no veo motivos para ser optimista, a la vista de lo mal que los hombres se portan unos con otros, ademas de con otros simios. El yeti solo ataca al hombre porque ha aprendido a temerlo. En realidad es bastante pacifico.

El swami se sento en el suelo y tiro afectuosamente de la oreja del yeti.

– Pero tiene que decirme lo que debo hacer para impedir que se esparza ese veneno del que me hablaba.

– Seria mejor que yo abandonara este lugar -dijo Swift-. Y que me llevara el isotopo radiactivo. Sin el, el

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