miles de nombres, senor. Siempre podriamos ver que sale.

– Suena como algo que usaria una adivina gitana.

– Se dice que Himmler le tiene mucho apego a esa mierda.

– ?Y que hay de un hombre al que le guste tirarse a alguien? ?Donde estan todas las fulanas de la ciudad ahora que se han cerrado los burdeles?

– En los salones de masaje. Si quieres metersela a una chica, tienes que dejarle que primero te frote la espalda. Kuhn, el jefe de la M 2, no se mete mucho con ellos. ?Quiere preguntarle a unas cuantas putas si han tenido que dar masajes a algun sonado ultimamente, senor?

– Se me ocurre que es un sitio tan bueno como cualquier otro para empezar.

– Necesitaremos una orden E de busqueda de personas desaparecidas.

– Sera mejor que vaya y consiga una, Becker.

Becker era alto, con unos ojos azules, pequenos y cansados, el pelo escaso y amarillo que parecia un sombrero de paja, una nariz perruna y una sonrisa burlona, casi maniaca. Era la suya una cara de aspecto cinico, y esa era exactamente su personalidad. En la conversacion diaria de Becker habia mas blasfemias contra la divina belleza de la vida que las que se encontrarian entre una manada de hienas famelicas.

Entendiendo que todavia era demasiado temprano para el negocio del masaje, decidimos probar con la brigada de libros porno, y desde el Alex fuimos hacia el sur, a Hallesches Tor.

El Wende Hoas era un edificio alto y gris cercano al ferrocarril S-Bahn. Subimos al ultimo piso donde, con su sonrisa de maniaco bien perfilada, Becker abrio una de las puertas de una patada.

Un hombrecillo regordete y remilgado con monoculo y bigote levanto los ojos desde su silla y sonrio nerviosamente al vernos entrar en su despacho.

– Ah, Herr Becker -dijo-. Entre, entre… Oh, veo que ha traido un amigo. Excelente.

No habia mucho espacio en la habitacion, que olia a moho. Enormes pilas de libros y revistas rodeaban el escritorio y el archivador. Cogi una revista y empece a ojearla.

– Hola, Helmut -dijo Becker con una risita, cogiendo otra revista. Grunia de satisfaccion mientras iba pasando las paginas-. Es guarro de verdad -dijo volviendo a reir.

– Sirvanse ustedes mismos, caballeros -dijo el hombre llamado Helmut-. Si estan buscando algo especial, pidanlo. No lo duden.

Se recosto en la silla y saco una caja de rape del bolsillo de su sucio chaleco gris, que abrio con la sucia una del pulgar. Tomo un pellizco, golosina que consumio de una forma tan ofensiva para el oido como cualquiera de los materiales impresos disponibles lo eran para la vista.

Con el maximo detalle ginecologico, pero muy mala fotografia, la revista que yo estaba mirando estaba dedicada en parte a textos destinados a poner a prueba los botones de la bragueta. Si habia que creerlos, las jovenes enfermeras alemanas copulaban sin pensarselo mas que cualquier gata callejera.

Becker tiro su revista al suelo y cogio otra.

– «La noche de bodas de la virgen» -leyo.

– No es de su estilo, Herr Becker -dijo Helmut.

– ?«Historia de un consolador»?

– Esa no esta nada mal.

– «Violada en el U-Bahn.»

– Ah, esa si que es buena. Sale una chica con la almeja mas jugosa que he visto en mi vida.

– Y has visto unas cuantas, ?eh, Helmut?

El hombre sonrio con modestia, mirando por encima del hombro de Becker mientras prestaba una mayor atencion a las fotos.

– Muy parecida al tipo de chica del piso de al lado, ?no cree?

Becker solto un grunido.

– Si da la casualidad de que vives al lado de la caseta de una perra en celo.

– Ah, muy bueno. -Helmut se echo a reir y empezo a limpiarse el monoculo. Al hacerlo, una mecha larga y muy gris de su lacio pelo castano se despego de la mal disimulada calva, como un edredon que resbala de la cama, y quedo colgando con un aspecto ridiculo al lado de una de sus rojas orejas translucidas.

– Estamos buscando a un hombre que disfruta mutilando a chicas jovenes -dije-. ?Tendrias algo a medida de los gustos de ese tipo de persona?

Helmut sonrio y nego con la cabeza con aire triste.

– No, senor, me temo que no. No nos interesa mucho trabajar para el sector sadico del mercado. Dejamos las palizas y la brutalidad para otros.

– Y una puta mierda -dijo Becker sarcastico.

Probe a abrir el archivador, pero estaba cerrado con llave.

– ?Que tienes ahi?

– Algunos papeles, senor, la caja para los gastos pequenos, los libros de contabilidad… cosas asi. Nada que pueda interesarle, creo.

– Abrelo.

– De verdad, senor, no hay nada que tenga interes ahi. -Las palabras se le helaron en los labios cuando vio el mechero en mi mano. Le di a la ruedecilla y lo coloque debajo de la revista que habia estado leyendo. Ardio con una lenta llama azul.

– Becker, ?cuanto dirias que valia esta revista?

– Bueno, senor, son caras. Diez Reichsmarks cada una, por lo menos.

– Lo que hay en esta ratonera debe valer como minimo un par de miles.

– Por lo menos. Que lastima si hubiera un incendio.

– Espero que lo tenga asegurado.

– ?Quiere ver dentro del archivador? -dijo Helmut-. Solo tenia que decirlo.

Le entrego la llave a Becker mientras yo dejaba caer la revista en llamas, sin causar ningun dano, dentro de la papelera de metal.

No habia nada en el cajon de arriba aparte de una caja de dinero, pero en el de abajo habia otro monton de revistas pornograficas. Becker cogio una y paso la portada.

– «El sacrificio de la virgen» -dijo leyendo el titular-. Eche una ojeada a esto, senor.

Me mostro una serie de fotografias que representaban la degradacion y castigo de una chica, que parecia en edad de estar en secundaria, a manos de un hombre viejo y feo que llevaba un tupe que no le iba bien. Los verdugones que su baston habia dejado en las nalgas desnudas de la chica parecian muy reales.

– Repugnante -dije.

– Comprendanlo, yo solo soy el distribuidor -dijo Helmut, sonandose con un panuelo mugriento-; no las hago yo.

Una de las fotos era especialmente interesante. En ella la chica desnuda estaba atada de pies y manos y yacia en el altar de una iglesia como si fuera un sacrificio humano. Le habian penetrado la vagina con un enorme pepino. Becker miro con ferocidad a Helmut.

– Pero sabes quien las produce, ?verdad?

Helmut solo permanecio en silencio hasta que Becker lo agarro por el cuello y lo abofeteo en la boca.

– Por favor, no me pegue.

– Probablemente te gusta, asqueroso pervertido -dijo con un grunido, empezando a disfrutar de la tarea-. Venga, cuentamelo a mi o se lo contaras a esto.

Saco una corta porra de goma del bolsillo y la apreto contra la cara de Helmut.

– Es Poliza -grito Helmut.

Becker le estrujo la cara.

– Repitelo.

– Theodor Poliza. Es un fotografo. Tiene un estudio en la Schif fbauerdamm, al lado del Teatro de la Co media. El es quien buscan.

– Si nos has mentido, Helmut -dijo Becker incrustandole la porra en la mejilla-, volveremos. Y no prenderemos fuego solo a todo este material, sino a ti tambien. Espero que lo hayas entendido.

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