Lo aparto de un empujon.
Helmut se llevo el panuelo a la boca que le sangraba.
– Si, senor -dijo-, lo he entendido.
Una vez fuera, escupi en la cuneta.
– Te deja un repugnante sabor en la boca, ?no es verdad, senor? Me alegro de no tener una hija, de verdad que si.
Me hubiera gustado decir que estaba de acuerdo con el. Solo que no lo estaba.
Cogimos el coche y nos dirigimos hacia el norte.
?Que ciudad era aquella para los edificios publicos, tan inmensos como montanas de granito gris! Los construian asi de grandes para recordarte la importancia del Estado y la comparativa insignificancia del individuo. Es justo la muestra de como empezo todo aquel asunto del nacionalsocialismo. Resulta dificil no sentirse apabullado por un gobierno, cualquier gobierno, que se aloja en unos edificios tan grandiosos. Y las largas y anchas avenidas que cruzaban rectas de un barrio a otro parecian no haber sido construidas para nada que no fueran columnas de soldados en marcha.
Recuperando rapidamente la estabilidad del estomago, le dije a Becker que detuviera el coche frente a una tienda de comida preparada en la Fri edrichstrasse y compre un plato de lentejas para cada uno. De pie en uno de los pequenos mostradores, contemplamos como las amas de casa berlinesas hacian cola para comprar salchichas, que descansaban enrolladas sobre el largo mostrador de marmol como si fueran los muelles oxidados de la suspension de algun enorme automovil, o brotaban de las paredes de azulejos en grandes manojos, como platanos demasiado maduros.
Puede que Becker estuviera casado, pero no habia perdido el gusto por las senoras e hizo algunos comentarios casi obscenos sobre la mayoria de las mujeres que entraron en la tienda mientras estuvimos alli. Y yo no habia pasado por alto que se habia quedado con un par de revistas pornograficas. ?Como podria no haberlo visto? No habia tratado de esconderse. Abofetear a alguien, hacer que la boca le sangre, amenazarlo con una porra de goma, llamarlo repugnante degenerado y luego quedarse con algunas de sus revistas guarras; eso era lo que significaba estar en la Kri po.
Volvimos al coche.
– ?Conoce a ese tal Poliza? -pregunte.
– Nos hemos visto -dijo-. ?Que puedo decirle de el, excepto que es una mierda pegada al zapato?
El Teatro de la Co media de la Schif fbauerdamm estaba en el lado norte del Spree; era una reliquia con una torre en su parte superior, ornamentado con tritones, delfines y un surtido de ninfas desnudas, todo de alabastro. El estudio de Poliza estaba en un sotano cerca de alli.
Bajamos unas escaleras y recorrimos un largo callejon. A la puerta del estudio de Poliza nos tropezamos con un hombre vestido con un
Poliza nos lanzo una mirada y decidio que no estabamos alli para venderle un aspirador. No era gran cosa corriendo. Tenia un culo demasiado gordo, unas piernas demasiado cortas y probablemente unos pulmones demasiado endurecidos. Pero para cuando nos dimos cuenta de lo que pasaba, ya estaba a unos diez metros callejon abajo.
– Cabron de mierda -murmuro Becker.
La voz de la logica tendria que haberle dicho a Poliza que estaba haciendo algo estupido, que a Becker y a mi no iba a costarnos mucho atraparlo, pero debia de tenerla tan enronquecida por el miedo que le sonaria tan inquietantemente carente de atractivo como nosotros mismos.
Becker no contaba con ninguna voz de ese tipo, ronca o no. Gritandole a Poliza que se detuviera, echo a correr, con agilidad y potencia. Me esforce por mantenerme a su lado, pero al cabo de solo unos pocos pasos me habia sacado bastante delantera; algunos segundos mas y habria alcanzado al hombre.
Entonces vi la pistola que llevaba en la mano, una Parabellum de canon largo, y les chille a los dos que se detuvieran.
Casi inmediatamente Poliza se paro en seco. Empezo a levantar los brazos como si quisiera taparse las orejas para no oir el ruido del disparo, volviendose mientras caia y la sangre y un liquido acuoso brotaban, gelatinosos, del agujero de bala que tenia en el ojo, o en lo que quedaba de el.
Nos detuvimos al lado del cuerpo de Poliza.
– ?Cual es tu problema? -dije jadeando-. ?Tienes callos? ?Te aprietan los zapatos? ?O pensabas que los pulmones no te aguantarian? Escucha Becker, te llevo diez anos y podria haber atrapado a este tipo incluso vestido con un traje de buzo.
Becker suspiro y meneo la cabeza.
– Joder, lo siento, senor -dijo-. Solo queria darle en el brazo.
Miro contrito la pistola, casi como si no pudiera creerse que acababa de matar a un hombre.
– ?Darle en el brazo? ?A que apuntabas, al lobulo de la oreja? Escucha, Becker, cuando tratas de darle en un brazo a un tipo, a menos que seas Buffalo Bill, apuntas a las piernas, no tratas de hacerle un jodido corte de pelo. -Mire alrededor, incomodo, casi esperando que se hubiera reunido una muchedumbre, pero el callejon seguia vacio. Senale la pistola con un gesto-. Ademas, ?que canon es ese?
Becker levanto el arma.
– Una Parabellum de artilleria, senor.
– Joder, ?no has oido hablar de la Con vencion de Ginebra? Esa pistola serviria para perforar buscando petroleo.
Le ordene que fuera a telefonear al furgon de la carne y, mientras no estaba, eche un vistazo al estudio de Poliza.
No habia mucho que ver. Un surtido de instantaneas de entrepiernas abiertas secandose colgadas de una cuerda en el cuarto oscuro, un par de pilas de revistas como las que habiamos encontrado en el despacho de Helmut… nada que indicara que Poliza podia haber asesinado a las cinco chicas.
Cuando sali de nuevo vi que Becker habia regresado con un policia de uniforme, un sargento. Los dos estaban mirando el cuerpo de Poliza como dos ninos contemplando a un gato muerto en la cuneta; el sargento incluso empujaba el costado de Poliza con la punta de la bota.
– Justo a traves de la ventana -le oi decir, con cierto tono de admiracion-. Nunca crei que hubiera tanta gelatina ahi dentro.
– Que porqueria, ?no? -dijo Becker sin mucho entusiasmo.
Los dos levantaron la mirada cuando me oyeron llegar.
– ?Viene la furgoneta? -pregunte.
Becker asintio.
– Bien. Ya redactaras el informe mas tarde. -Me dirigi al sargento-. Hasta que llegue, quedese aqui con el cuerpo, sargento.
Se enderezo.
– Si, senor.
– ?Has acabado de admirar tu labor?
– Senor -dijo Becker.
– Entonces, vamonos.
Volvimos al coche.
– ?Adonde vamos?
– Me gustaria ir a un par de esos salones de masaje.
– Evona Wylezynska es con quien hemos de hablar. Es la duena de varios salones. Se lleva el veinticinco por ciento de lo que sacan las chicas. Lo mas probable es que este en el que tiene en la Ric hard Wagner Strasse.
– ? La Ric hard Wagner Strasse? ?Donde diablos cae eso?
– Antes era la Se senheimerstrasse, que iba a dar a la Spre estrasse. Ya sabe, donde esta la Opera.
– Supongo que tenemos suerte de que a Hitler le guste la opera en lugar del futbol.
Becker sonrio. Conducir hasta nuestro destino parecio animarlo de nuevo.
– ?Le importa que le haga una pregunta muy personal, senor?
