Finalmente, se encendio una luz en el vestibulo y oimos descorrerse un cerrojo.

La puerta se abrio con la cadena puesta y vimos la palida cara de Lange atisbando nerviosamente desde detras.

– Policia -dijo Becker-. Abra la puerta.

– ?Que sucede? -dijo tragando saliva-. ?Que quieren?

Becker dio un paso atras.

– Cuidado, senor -dijo, y le dio una patada a la puerta con la suela de la bota.

Oi chillar a Lange como un cerdo cuando Becker dio la segunda patada. Al tercer intento la puerta se abrio con un tremento ruido de madera astillada para mostrar a Lange que huia escaleras arriba en pijama.

Becker fue tras el.

– No lo mates, por todos los santos -dije chillando.

– Oh, Dios, socorro -gorjeo Lange cuando Becker lo cogio por el tobillo y empezo a arrastrarlo por las escaleras. Retorciendose, trato de librarse de Becker dandole patadas, pero no le sirvio de nada y, siguiendo a Becker, que tiraba de el, bajo rebotando por las escaleras sobre su gordo trasero. Cuando llego abajo, Becker lo agarro por la cara y tiro de las mejillas hacia las orejas.

– Cuando digo que abras la puerta, abres la jodida puerta, ?entiendes? -Luego puso toda la mano sobre la cara de Lange y le golpeo la cabeza contra la escalera-. ?Lo has entendido, maricon? -Lange protesto a voz en grito y Becker lo cogio por el pelo y lo abofeteo dos veces, con fuerza-. He dicho que si lo has entendido, maricon.

– Si -respondio aullando.

– Ya es suficiente -dije apartandolo por el hombro.

Se puso de pie respirando pesadamente y me sonrio.

– Dijo usted un frac, senor.

– Ya te dire cuando necesita mas de lo mismo.

Lange se seco el labio que le sangraba y contemplo la sangre que le habia manchado la palma de la mano. Tenia los ojos llenos de lagrimas pero seguia arreglandoselas para mostrarse indignado.

– Oigan -berreo-, ?que demonios es todo esto? ?Que creen que hacen metiendose asi en mi casa?

– Explicaselo -dije.

Becker le asio por el cuello del batin de seda y se lo retorcio contra el rechoncho cuello.

– Te has ganado un triangulo rosa, gordito -dijo-. Un triangulo rosa con distintivo si hemos de fiarnos de las cartas a tu amigo Kindermann, el tapaculos.

Lange se arranco la mano de Becker del cuello y lo miro furioso.

– No se de que esta hablando -dijo entre dientes-. ?Un triangulo rosa? ?Que significa eso, por todos los santos?

– Articulo 175 del codigo penal aleman -dije.

Becker cito el articulo de memoria:

– Cualquier varon que se permita practicar actividades delictivas indecentes con otro varon o consienta en participar en esas actividades, sera castigado con la carcel. -Le dio unos cachetes, como jugando, con el dorso de los dedos-. Eso quiere decir que estas arrestado, gordo tapaculos.

– Pero esto es ridiculo.Yo nunca he escrito ninguna carta a nadie. Y no soy homosexual.

– Ah, no eres homosexual -dijo Becker, sarcastico-. Y yo no meo por el pito. -Del bolsillo de la chaqueta saco las dos cartas que yo le habia dado y las blandio ante la cara de Lange-. Y supongo que estas se las escribio al ratoncito Perez, ?verdad?

Lange hizo un amago de coger las cartas, pero no lo consiguio.

– Que malos modales -dijo Becker abofeteandolo de nuevo, pero mas fuerte.

– ?De donde las ha sacado?

– Yo se las di.

Lange me miro y luego volvio a mirarme.

– Un momento -dijo-. Lo conozco. Usted es Steininger. Estaba alli, esta noche, en… -Se callo a tiempo de no decir donde me habia visto.

– Exacto, estaba en la pequena fiesta de Weisthor. Se una buena parte de lo que esta pasando. Y tu me vas a ayudar con el resto.

– Esta malgastando el tiempo, quienquiera que sea. No voy a decirle nada.

Le hice un gesto a Becker, que empezo a golpearlo de nuevo. Yo observe, indiferente, mientras primero le daba con la porra en las rodillas y los tobillos y luego una vez, ligeramente, en la oreja, odiandome por mantener vivas las mejores tradiciones de la Ges tapo y por la fria y deshumanizada brutalidad que sentia en las entranas. Le dije que parara.

Esperando que Lange dejara de lloriquear, anduve un poco por alli, husmeando. En completo contraste con el exterior, el interior de la casa de Lange era cualquier cosa menos tradicional. El mobiliario, las alfombras y los cuadros, de los que habia muchos, eran todos del mas caro estilo moderno, de la clase que es mas facil mirar que vivir con ella.

Cuando por fin vi que Lange se habia controlado, le dije:

– Vaya casa que tiene. Puede que no coincida con mi gusto, pero, bien mirado, yo soy un poco anticuado. Ya sabe, uno de esos tipos torpes con las articulaciones redondeadas, el tipo que pone la comodidad personal por delante del culto a la geometria. Pero apuesto a que se siente comodo aqui. ?Crees que le gustara la trena del Alex, Becker?

– ?Que, el calabozo, senor? Muy geometrico, senor. Con todos aquellos barrotes de hierro.

– Sin olvidar a todos aquellos tipos tan bohemios que estaran alli y que le dan a Berlin su vida nocturna, famosa en el mundo entero. Los violadores, los asesinos, los ladrones, los borrachos… hay muchos borrachos en la trena, vomitando por todas partes…

– Es algo asqueroso de verdad, senor, no hay duda.

– ?Sabes, Becker? No creo que podamos meter a alguien como Herr Lange alli. Me parece que no lo encontraria en absoluto de su gusto, ?no crees?

– Cabrones.

– No creo que durara una noche, senor. Especialmente si encontraramos algo especial en su guardarropa para vestirlo. Algo artistico, como conviene a un hombre de la sensibilidad de Herr Lange. Quizas incluso un poco de maquillaje, ?eh, senor? Tendria un aspecto muy agradable con un poco de carmin y colorete.

Solto una risita, entusiasmado… era un sadico innato.

– Me parece que sera mejor que hable conmigo, Herr Lange -dije.

– No me asustan, cabrones de mierda. ?Lo oyen? No me asustan.

– Es una lastima. Porque, a diferencia del Kriminalassistant Becker, aqui presente, yo no disfruto especialmente con la perspectiva del sufrimiento humano. Pero me temo que no tengo alternativa. Me gustaria hacer las cosas bien, pero, francamente, no tengo tiempo.

Lo arrastramos escaleras arriba hasta el dormitorio, donde Becker escogio un conjunto del armario-vestidor de Lange. Cuando encontro colorete y carmin, Lange solto un rugido y trato de atacarme.

– No -dijo chillando-, no me pondre eso.

Le cogi el puno y le retorci el brazo a la espalda.

– Tu, cobarde llorica. Maldita sea, Lange, lo llevaras y te gustara o puedes estar seguro de que te colgaremos cabeza abajo y te cortaremos el cuello, como a todas esas chicas que tus amigos han asesinado. Y luego puede que echemos lo que quede de ti dentro de un barril de cerveza o de un baul viejo y miremos que tal se siente tu madre cuando tenga que identificarte despues de seis semanas.

Le puse las esposas y Becker empezo a maquillarlo. Cuando acabo, comparado con el, Oscar Wilde habria tenido un aspecto tan modesto y conservador como el de un ayudante de tapicero de Hannover.

– Vamos -gruni-, acompanemos a esta nena Kit-Kat de vuelta a su hotel.

No habiamos exagerado al hablar del calabozo nocturno del Alex. Probablemente sea igual en cualquier comisaria de policia de cualquier gran ciudad. Pero como el Alex es una comisaria de policia de una ciudad muy, muy grande, en consecuencia, el calabozo es tambien muy grande. De hecho, es enorme, tan grande como un cine corriente, salvo que no tiene asientos. Tampoco tiene literas ni ventanas ni ventilacion. Solo un sucio suelo,

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