sucias bacinillas, sucios barrotes, sucia gente y piojos. La Ges tapo metia alli a un monton de detenidos que no le cabian en la Prinz Al brecht Strasse. La Or po metia alli a los borrachos nocturnos para que se pelearan, vomitaran y durmieran la mona. La Kri po lo utilizaba igual que la Ges tapo utilizaba el canal; como sumidero para sus desperdicios humanos. Era un lugar horrible para un ser humano; incluso para uno como Reinhart Lange. Tuve que recordarme sin cesar lo que el y sus amigos habian hecho, pensar en Emmeline Steininger, metida en aquel barril como si fuera un monton de patatas podridas. Algunos de los prisioneros silbaron y lanzaron besos cuando vieron lo que traiamos y Lange se puso palido de miedo.

– Dios santo, no iran a dejarme aqui -dijo-, aferrandose a mi brazo.

– Pues entonces, sueltalo todo -dije-. Weisthor, Rahn, Kindermann. Una declaracion firmada y te conseguire una bonita celda para ti solo.

– No puedo, no puedo, no sabe lo que me harian.

– No -dije, y senale con la cabeza a los hombres de detras de los barrotes-, pero se lo que esos te haran.

El sargento de guardia abrio la enorme y pesada jaula y se aparto cuando Becker empujo a Lange dentro del calabozo.

Sus chillidos todavia me resonaban en los oidos cuando llegue de vuelta a Steglitz.

Hildegard estaba tumbada en el sofa, dormida con el cabello extendido sobre el cojin como si fuera la aleta dorsal de algun exotico pez rojo. Me sente y acaricie su suavidad de seda y luego la bese en la frente, notando el olor a alcohol de su aliento al hacerlo. Se desperto, se le abrieron los ojos, unos ojos tristes y anegados de lagrimas. Me puso la mano en la mejilla y luego en la nuca, atrayendome hacia sus labios.

– Tengo que hablar contigo -dije resistiendome.

Me puso un dedo en los labios.

– Se que esta muerta -dijo-. Ya he llorado todo lo que tenia que llorar. El pozo esta seco.

Sonrio tristemente y le bese cada parpado tiernamente, alisandole el perfumado cabello con la palma de la mano, frotando los labios contra su oreja, mordisqueandole el cuello mientras ella me estrechaba entre sus brazos, mas y mas.

– Tu tambien has tenido una noche espantosa -dijo con dulzura-. ?No es cierto, carino?

– Espantosa -dije.

– Me preocupaba saber que habias vuelto a aquella casa horrorosa.

– No hablemos de eso.

– Llevame a la cama, Bernie.

Me rodeo el cuello con los brazos y yo la cogi, sujetandola contra mi como si fuera una invalida y, levantandola, la lleve al dormitorio. La sente en el borde de la cama y empece a desabrocharle la blusa. Cuando se la hube quitado, suspiro y se dejo caer sobre el edredon. «Esta un poco bebida», pense, bajandole la cremallera de la falda y tirando de ella suavemente hacia abajo por las piernas vestidas con medias. Le quite la combinacion y le bese los pequenos pechos, el vientre y luego la parte interior de los muslos. Pero parecia que las bragas le venian muy ajustadas o que se le habian quedado enganchadas entre las nalgas y se resistian a mis tirones. Le pedi que levantara el trasero.

– Rompelas -dijo.

– ?Que?

– Que las rompas. Hazme dano, Bernie. Utilizame.

Hablaba con un ansia que la dejaba sin respiracion y sus muslos se abrian y se cerraban como las mandibulas de alguna enorme mantis religiosa.

– Hildegard…

Me golpeo con fuerza en la boca.

– Escucha, maldito seas. Hazme dano cuando te digo que me lo hagas.

La cogi por la muneca cuando iba a golpearme de nuevo.

– He tenido suficiente por una noche -dije, cogiendole la otra mano-. Basta.

– Por favor, tienes que hacerlo.

Negue con la cabeza, pero enrollo las piernas en torno a mi cintura y mis rinones se crisparon cuando sus fuertes muslos me apretaron mas.

– Basta, por todos los santos.

– Pegame, estupido cabron. ?Te habia dicho que eras estupido? Un tipico poli cabezota. Si fueras un hombre, me violarias. Pero no tienes agallas, ?verdad?

– Si lo que buscas es sentir dolor, entonces te llevare al deposito de cadaveres. -Sacudi la cabeza, negandome, le separe los muslos y luego los aparte de mi-. Pero asi no. Esto tiene que ser con amor.

Dejo de revolverse y durante un momento parecio reconocer la verdad de lo que yo le decia. Sonrio y luego, levantando la boca hacia mi, me escupio en la cara.

Despues de aquello ya no quedaba nada mas que marcharse.

Tenia un nudo en el estomago, frio y solitario igual que mi piso en la Fa sanenstrasse, y en cuanto llegue a casa me agencie una botella de conac para deshacerlo. Alguien dijo una vez que la felicidad es lo negativo, la pura abolicion del deseo y la extincion del dolor. El conac me ayudo un poco. Pero antes de caer dormido, todavia con el abrigo puesto y sentado en el sillon, me parece que me di cuenta de lo positivamente que me habia visto afectado.

22. Domingo, 6 de noviembre

Sobrevivir, especialmente en estos tiempos dificiles, tiene que contar como una hazana de algun tipo. No es nada facil conseguirlo. La vida en la Ale mania nazi exige que trabajes para lograrlo. Pero, habiendo hecho lo necesario, te queda el problema de darle algun sentido. Despues de todo, ?para que sirven la salud y la seguridad si tu vida no tiene sentido?

No solo sentia lastima de mi mismo. Como muchas otras personas, yo estoy verdaderamente convencido de que siempre hay alguien que esta peor. Ademas, en este caso lo sabia con certeza. A los judios ya los perseguian, pero si Weisthor se salia con la suya, sus sufrimientos iban a ser llevados a un nuevo extremo. Y en ese caso, ?en que lugar nos dejaba eso a ellos y nosotros juntos? ?En que condiciones quedaria Alemania?

Me dije que en verdad no era asunto mio y que los judios se lo habian buscado, pero incluso si fuera asi, ?que valia nuestro placer al lado de su dolor? ?Nuestra vida era mas dulce a sus expensas? ?Es que mi libertad me sabia mejor como resultado de su persecucion?

Cuanto mas pensaba en ello, mas cuenta me daba de la urgencia, no solo de detener a los asesinatos, sino tambien de frustrar el objetivo declarado de Weisthor de convertir la vida de los judios en un infierno, y mas sentia que actuar de otra manera me degradaria en igual medida.

No soy ningun quijote, solo un hombre curtido, con un abrigo arrugado, de pie en una encrucijada, con una vaga idea de algo que podriamos decidirnos a llamar moralidad. Por supuesto, no soy demasiado escrupuloso en las cosas que podrian beneficiar mi bolsillo y tengo tanta capacidad para inspirar a un grupo de jovenes matones a que hagan buenas obras como para ponerme en pie y cantar un solo en el coro de la iglesia. Pero de una cosa estaba seguro: ya estaba harto de mirarme las unas cuando habia ladrones en la tienda.

Tire la pila de cartas encima de la mesa frente a mi.

– Las encontramos cuando registramos tu casa -dije.

Un Reinhart Lange muy cansado y desalinado las contemplo sin demasiado interes.

– A lo mejor te interesaria decirme como llegaron a tu poder.

– Son mias -dijo encogiendose de hombros-. No lo niego. -Suspiro y hundio la cabeza entre las manos-. Mire, he firmado su declaracion. ?Que mas quiere? He cooperado, ?no?

– Casi hemos acabado, Reinhart. Solo quedan un par de cabos sueltos que quiero atar. Por ejemplo, ?quien mato a Klaus Hering?

– No se de que me esta hablando.

– Tienes muy mala memoria. Le estaba haciendo chantaje a tu madre con estas cartas que le habia robado a

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