Me di media vuelta y volvi al archivador. Me quede callado al tropezarme con otro nombre que conocia. El nombre de una chica a quien durante dos meses me habia dedicado a buscar en vano. Una chica que fue importante para mi. Admitire que incluso estuve enamorado de ella. El trabajo es asi algunas veces. Una persona desaparece sin dejar huella, el mundo sigue su curso y te tropiezas con una informacion que, en el momento oportuno, habria aclarado el caso por completo. Dejando a un lado la evidente irritacion que sientes al recordar lo lejos de la verdad que estabas, mayormente aprendes a vivir con ello. Mi negocio no encaja exactamente con quienes tienen una disposicion pulcra. Ser un investigador privado te deja con mas cabos sueltos en las manos que si fueras un tejedor de alfombras ciego. De cualquier modo, no seria humano si no admitiera que encuentro una cierta satisfaccion en atar esos cabos. Pero este nombre, el nombre de la chica que Arthur Nebe menciono hacia ya tantas semanas cuando nos reunimos una noche en las ruinas del Reichstag, significaba mucho mas para mi que la mera satisfaccion de descubrir una tardia solucion a un enigma. Hay veces que un descubrimiento tiene la fuerza de una revelacion.
– Ese hijo de puta -dijo Lange, mientras pasaba las paginas de su propio historial.
– Lo mismo estaba pensando yo.
– «Un neurotico afeminado» -cito-. ?Yo? ?Como podia pensar una cosa asi de mi?
Pase al siguiente cajon, escuchando solo a medias lo que decia.
– Dimelo tu, es tu amigo.
– ?Como puede decir esas cosas? No puedo creerlo.
– Vamos, Reinhart. Ya sabes lo que pasa cuando nadas entre tiburones. Tienes que dar por hecho que te van a pegar un bocado en las pelotas de vez en cuando.
– Lo matare -dijo lanzando los papeles con furia al otro lado del despacho.
– No antes que yo -dije, encontrando la carpeta de Weisthor finalmente y cerrando de golpe el cajon-. Bien. Ya la tengo. Ahora podemos salir de este sitio.
Estaba a punto de coger la manija de la puerta cuando un pesado revolver entro por ella, seguido de cerca por Lanz Kindermann.
– ?Le importaria decirme que cono esta pasando aqui?
Volvi a entrar en la habitacion.
– Bueno, esto si que es una sorpresa agradable -dije-, precisamente estabamos hablando de usted. Pensabamos que quiza se habria ido a su clase de Biblia en Wewelsburg. Por cierto, yo tendria cuidado con esa pistola si fuera usted. Mis hombres tienen este sitio bajo vigilancia. Son muy leales, ?sabe? En la policia somos asi ahora. Detestaria pensar en lo que harian si averiguaran que me ha pasado algo malo.
Kindermann miro a Lange, que no se habia movido, y luego a las carpetas que yo tenia bajo el brazo.
– No se cual es su juego
Puse las carpetas en el escritorio y empece a decir algo acerca de que tenia una orden de registro, pero Reinhart Lange ya habia tomado la iniciativa, si es asi como lo llamas cuando eres lo bastante insentato para echarte encima de un hombre que te apunta con una arma del calibre 45 amartillada. Sus primeras tres o cuatro palabras de vociferante indignacion acabaron abruptamente cuando el ensordecedor disparo le arranco la mitad del cuello. Con un gorgoteo horrible, Lange se retorcio como un derviche danzante, agarrandose desesperadamente la garganta con las manos todavia esposadas y adornando el papel de la pared con rosas rojas mientras caia al suelo.
Las manos de Kindermann eran mas adecuadas para un violin que para algo tan grande como un 45, y con la pistola amartillada se necesita el indice de un carpintero para hacer funcionar un gatillo de esa potencia, asi que tuve un monton de tiempo para coger el busto de Dante que habia en el escritorio de Kindermann y partirselo en pedazos en la cabeza.
Con Kindermann inconsciente, mire hacia donde Lange se habia enroscado en un rincon. Con el ensangrentado antebrazo apretado contra lo que quedaba de su yugular, permanecio con vida algo mas de un minuto y luego murio sin decir ni una palabra mas.
Le quite las esposas y se las estaba poniendo a un Kindermann que gemia de dolor cuando, atraidas por el disparo, dos enfermeras entraron precipitadamente en la habitacion y se quedaron mirando fijamente, aterrorizadas, la escena que tenian ante los ojos. Me limpie las manos en la corbata de Kindermann y luego me acerque a su escritorio.
– Antes de que lo pregunten, aqui su jefe ha matado de un tiro a su amigo el mariquita. -Cogi el telefono-. Telefonista, pongame con la comisaria de policia de la Ale xanderplatz, por favor.
Observe como una de las enfermeras le buscaba el pulso a Lange y la otra ayudaba a Kindermann a sentarse en el divan mientras yo esperaba la comunicacion.
– Esta muerto -dijo la primera enfermera. Las dos me miraban con desconfianza.
– Aqui el
Al cabo de una corta espera, Becker se puso al telefono.
– Estoy en la clinica Kindermann -explique-. Nos detuvimos a recoger el historial medico de Weisthor y Lange se las arreglo para que lo mataran. Perdio los nervios y un trozo del cuello. Kindermann llevaba un hierro.
– ?Quiere que organice el furgon de la carne?
– Si, esa es la idea. Solo que yo no estare aqui cuando llegue. Sigo con mi plan original, salvo que ahora me voy a llevar a Kindermann en lugar de a Lange.
– De acuerdo, senor. Yo me encargo. O, por cierto, ha llamado
– ?Ha dejado algun mensaje?
– No, senor.
– ?Nada en absoluto?
– No, senor. Senor, ?sabe lo que esa necesita, si no le importa que se lo diga?
– Prueba a sorprenderme.
– Me parece que necesita…
– Pensandolo mejor, no te molestes.
– Bueno, ya conoce el percal, senor.
– No, Becker, no exactamente. Pero mientras voy conduciendo, sin duda que pensare en ello. Puedes estar seguro.
Sali de Berlin hacia el oeste, siguiendo las senales amarillas que indicaban trafico de largo recorrido, en direccion a Potsdam y a Hannover.
La
Al cabo de un rato me di cuenta de que Kindermann estaba sentado, derecho, en el asiento trasero del Mercedes.
– ?Adonde vamos? -pregunto desanimado.
Eche una mirada por encima del hombro. Con las manos esposadas a la espalda, no creia que fuera tan estupido como para tratar de golpearme con la cabeza, especialmente ahora que la tenia vendada, algo que las dos enfermeras de la clinica habian insistido en hacer antes de permitirme que me llevara al doctor.
– ?No reconoce la carretera? -dije-. Vamos de camino hacia una pequena ciudad al sur de Paderborn: Wewelsburg. Estoy seguro de que la conoce. Crei que no querria perderse su Tribunal de Honor de las SS por culpa mia.
Con el rabillo del ojo vi que sonreia y se recostaba en el asiento, o al menos lo intentaba.
– Eso me va muy bien.
– ?Sabe?, me causo un gran inconveniente,
– ?Y que le hace pensar que encajare en ese papel? -dijo riendo.
– Detesto imaginar lo que podria pasarle si me decepciona.
– Mirandole, yo diria que esta acostumbrado a que le decepcionen.
