– Esta manana en concreto, no.
23
Al anochecer acompane a Noreen al hotel. Subio a su habitacion a darse un bano con la intencion de acostarse temprano. El hallazgo del cadaver de Joey Deutsch la habia agotado emocional y fisicamente. Me imaginaba perfectamente su estado de animo.
Iba de camino a mi despacho cuando me llamo Franz Joseph y, despues de interesarse amablemente por las senales que me cruzaban la cara, me dijo que tenia un paquete para mi, de Otto Trettin, el del Alex. Supe que era la caja china de Max Reles. De todos modos, al llegar a mi mesa, la abri solo por ver el objeto que tanto revuelo habia levantado.
Parecia una caja de grapas sujetapapeles digna de un emperador chino. Supongo que era bastante bonita, para quien guste de esas cosas. En mi caso, las prefiero de plata, con encendedor de sobremesa a juego. La tapa, lacada en negro, tenia una escena idilica de colores llamativos perfilada en oro en la que se veia un lago, unas montanas, un hermoso sauce lloron, un cerezo, un pescador, un par de arqueros a caballo, un coolie cargado con un gran saco de colada de hotel y un grupo de Fu Manchues en el tipico meson de comida china, que parecian discutir sobre el peligro amarillo y sobre los detalles mas delicados de la esclavitud blanca. Supongo que, si vivia uno en la China del siglo xvii, nunca se cansaria de mirarla, a menos que tuviera a mano una pintura para contemplar como iba secandose. A mi me parecia un recuerdo vulgar de un dia en Luna Park.
La abri; dentro habia algunas cartas con ofertas de trabajo de empresas de zonas tan remotas como Wurzburgo y Bremerhaven. Las ojee sin mucho interes, me las meti en el bolsillo para fastidiar a Reles, por si eran importantes para el y pensaba que se habian perdido, y me fui a su habitacion.
Llame a la puerta. Abrio Dora Bauer. Llevaba un vestido plisado marron claro, de guinga, con cuello de esclavina a juego y cerrado sobre el hombro con un gran lazo. Una onda de pelo mas grande que un maremoto le cruzaba la frente hasta la ceja, una ceja tan fina como una pata de arana. El arco de su boca, mas parecido al de una Clara de cine que al de Cupido, se abrio en una sonrisa tan amplia como un felpudo de bienvenida, pero adquirio un rictus de dolor en cuanto se fijo en el correazo de la cara.
– ?Ayyy! ?Que le ha pasado?
Por lo demas, parecia alegrarse de verme, al contrario que Reles, quien se asomo por detras de ella con su habitual expresion de desprecio. Llevaba yo la caja china a la espalda y tenia ganas de entregarsela en cuanto me hubiese soltado la letania de insultos de costumbre, con la vana esperanza de que se avergonzase o retirase sus palabras.
– No sera el agente de la Continental -dijo.
– No tengo tiempo para novelas de detectives -dije.
– Supongo que esta muy ocupado leyendo el libro del Guia.
– Tampoco tengo tiempo para sus cuentos.
– Mas vale que tenga cuidado con esas cosas tan irrespetuosas que dice. A lo mejor le hacen dano. -Me escruto con el ceno fruncido-. A lo mejor ya se lo han hecho, ?o solo ha sido una pelea con otro huesped del hotel? Es lo mas seguro, diria yo. No me lo imagino haciendo de heroe, no se por que.
– Max, por favor -dijo Dora en tono reprobatorio, pero no paso de ahi.
– No se imagina las cosas que tengo que hacer en cumplimiento del deber, Herr Reles -dije-. Estrujar los huevos a uno que no quiere pagar la cuenta, dar un tiron de orejas a los pelmas del bar, partir la boca a un representante de ligas… ?Demonios! ?Incluso he recuperado objetos perdidos!
Saque el brazo que escondia y le entregue la caja como si fuera un ramo de flores. Un ramo de hostias es lo que me habria gustado darle.
– ?Vaya! ?No te fastidia? ?La ha encontrado! Usted ha sido policia de verdad, ?a que si? -Cogio la caja, se aparto de la puerta y me indico que entrase-. Pase, Gunther. Dora, pon un trago a Gunther, haz el favor. ?Que le apetece, detective? ?Schnapps? ?Whisky? ?Vodka?
Senalo una serie de botellas que habia en el aparador.
– Gracias, que sea schnapps, por favor.
Cerre la puerta sin dejar de mirarlo, esperando el momento en que abriese la caja. Cuando lo hizo, tuve la satisfaccion de ver un pequeno estremecimiento de desilusion.
– ?Que lastima! -dijo.
– ?Que, senor?
– Aqui dentro habia algo de dinero y unas cartas, pero ya no estan.
– No dijo usted nada del contenido, senor. -Sacudi la cabeza-. ?Desea que informe a la policia, senor?
Dos «senor» seguidos: a lo mejor todavia estaba a tiempo de hacer carrera en un hotel, despues de todo.
Sonrio de mal humor.
– No tiene mayor importancia, supongo.
– ?Hielo? -Dora se encontraba junto a un cubo que tenia una barra de hielo, con un picahielo en la mano: recordaba bastante a lady Macbeth.
– ?Hielo en el schnapps? -sacudi la cabeza-. No, no, gracias.
Dora clavo el pincho en la barra un par de veces, puso unos fragmentos en un vaso largo y se lo paso a Reles.
– Una costumbre americana -dijo el-. Lo tomamos todo con hielo, pero con el schnapps me gusta mucho. Pruebelo alguna vez.
Dora me paso un vaso mas pequeno. Estaba observandola, por si veia alguna senal de recaida en sus viejas costumbres de prostituta, pero me dio la sensacion de que no habia nada entre ellos que pudiese ver yo. Incluso se protegia un poco cada vez que se le acercaba demasiado. La maquina de escribir parecia trabajar mucho, como siempre, y la papelera estaba a rebosar.
Brinde con Reles en silencio.
– ?Adentro! -dijo el, y tomo un trago largo de schnapps con hielo.
Yo di un sorbito al mio como una viuda de alcurnia y nos quedamos mirandonos en silencio, incomodamente. Espere un momento y apure el vaso.
– Bien, si no hay nada mas, detective -dijo-, tenemos mucho que hacer, ?verdad, Fraulein Bauer?
Devolvi el vaso a Dora y me dirigi a la puerta. Reles se me adelanto, la abrio y me despidio rapidamente.
– Y gracias de nuevo -dijo- por haber recuperado mi propiedad. Se lo agradezco. Me ha devuelto la fe en el pueblo aleman.
– Se lo comunicare, senor.
Solto una risita, penso en alguna respuesta cortante, pero, al parecer, prefirio abstenerse y espero pacientemente a que saliera yo de la suite.
– Gracias por el trago, senor.
El asintio y cerro la puerta.
Me fui rapidamente por el pasillo y baje las escaleras. Cruce el vestibulo de la entrada y me dirigi a la centralita de telefonos, donde habia cuatro chicas sentadas en banquetas bajo una ventana, ante algo que parecia un piano de pared de tamano doble. Detras de ellas, a una mesa de escritorio se sentaba Hermine, la supervisora, quien vigilaba la voluble tarea de pasar llamadas telefonicas que hacian las «chicas digame» del hotel. Era una mujer remilgada, pelirroja, con el pelo corto y la piel mas blanca que la leche. Al verme, se levanto y a continuacion fruncio el ceno.
– Esa senal de la cara -dijo- parece de latigo.
Unas cuantas chicas se dieron media vuelta y se rieron.
– Fui a montar con Hedda Adlon -dije-. Oiga, Hermine, necesito una lista de todas las llamadas que haga esta noche el de la uno catorce. Herr Reles.
– ?Lo sabe Herr Behlert?
Le dije que no sin palabras. Me acerque un poco mas clavijero y Hermine se acerco atentamente a mi.
– No le gustaria que espiase a los clientes, Herr Gunther. Necesita usted un permiso por escrito.
