– Puesto que no tiene tumba ni nada, podria ser como un homenaje -dije-. En su honor.
Se puso a pensarlo dando caladas al cigarrillo, aunque, en la mano, del tamano de un mazo, parecia una cerilla de seguridad.
– No es mala idea del todo -dijo finalmente-. Traemela esta noche. Se lo contare todo, si no le importa venir a los barrios bajos.
Me dio una direccion de Britz, cerca de la fabrica de conservas carnicas. La apunte en el interior del paquete de tabaco.
– ?Eric Goerz conoce esta direccion? -pregunte.
– No la conoce nadie. Ahora alli vivo solo yo, si es que puede llamarse vida. Me he abandonado un poco, desde que murio Isaac, ?sabes? Como ya no esta el, no hay motivo para arreglar la casa. En realidad, no hay motivo para nada.
– Se lo que se siente -dije.
– Hace tiempo que no recibo visitas. A lo mejor limpio y ordeno un poco antes de que…
– No te molestes.
– No es molestia -dijo en voz baja-. No es ninguna molestia. -Asintio resueltamente-. La verdad es que deberia haberlo hecho hace ya algun tiempo.
Se marcho. Busque una cabina y llame al Adlon.
Conte algo a Noreen, pero no todo. Me ahorre decirle que se lo habia cantado practicamente todo a Eric Goerz. El unico consuelo que tenia era que no habia dicho el nombre del hotel en el que se alojaba.
Dijo que venia inmediatamente.
22
Abri la puerta de par en par, pero no tanto como Noreen los ojos. Alli estaba ella, con un vestido rojo debajo del abrigo de marta cibelina, mirandome con una mezcla de susto y perplejidad, una expresion como la que debio de poner Lotte al descubrir que habia llegado a tiempo de ver que el joven Werther acababa de conseguir volarse los sesos. Suponiendo que los tuviese.
– ?Dios mio! -musito, y me toco la cara-. ?Que te ha pasado?
– Acabo de leer un fragmento de Ossian -dije-. La poesia mediocre siempre me produce este efecto.
Me empujo suavemente hacia la casa y cerro la puerta tras de si.
– Tendrias que verme cuando leo algo bueno de verdad, como Schiller. Tengo que guardar cama varios dias.
Con un movimiento de hombros se quito el abrigo y lo dejo en una silla.
– No deberias hacer eso -dije. Procure no cohibirme mucho por el estado del apartamento, pero no fue facil-. Hace un tiempo que no despiojo esa silla como es debido.
– ?Tienes yodo?
– No, pero tengo una botella de kummel. Por cierto, creo que yo tambien voy a tomarme una copa.
Fui al aparador a servir dos. No le pregunte si le apetecia. La habia visto beber otras veces.
Durante la espera, echo un vistazo alrededor. En la sala de estar habia un aparador, un sillon y una mesa plegable, ademas de unas altas estanterias empotradas en la pared y llenas de libros, de los que habia leido unos cuantos. Tambien habia estufa, una chimenea pequena con un fuego mas pequeno aun y una cama, porque resulta que la sala hacia tambien las veces de dormitorio. Al otro lado de un vano sin puerta se encontraba la zona de la basura, que coincidia con la cocina; para mayor seguridad de los ratones, la opaca ventana con reja daba a una escalera de incendios. El cuarto de bano se encontraba cerca de la entrada. La banera estaba colgada del techo boca abajo, justo encima del retrete, donde podia uno sentarse a pensar en los inconvenientes de darse un bano ante la chimenea. El suelo era integramente de linoleo, con algunas alfombras del tamano de un sello. Aunque pudiera parecer todo un poco cochambroso, para mi era un palacio o, mejor dicho, la habitacion mas misera de un palacio, la de los trastos de la servidumbre.
– Tiene que venir el interiorista a colocarme un retrato del Guia -dije-, asi quedara esto muy bonito y acogedor.
Cogio el vaso que le ofrecia y me miro atentamente la cara.
– Ese cardenal… -dijo-. Deberias ponerte algo ahi.
La atraje hacia mi.
– Tu boca, por ejemplo.
– ?Tienes vaselina?
– ?Que es eso?
– Gelatina de petroleo para primeros auxilios.
– Oye, mira, sobrevivire. Estuve en la batalla de Amiens y aqui me tienes, y te aseguro que no es facil.
Se encogio de hombros y se aparto.
– Sigue asi, hazte el duro, pero soy tan rara que me da por preocuparme por ti, lo cual significa que no me hace ninguna gracia que te hayan dado de latigazos. Si tiene que dartelos alguien, deberia de ser yo, aunque procuraria que no te quedasen senales.
– Gracias, lo tendre en cuenta. El caso es que no fue con un latigo, sino con una correa de perro.
– No me habias dicho nada de un perro.
– Es que no lo habia. Me da la impresion de que Goerz preferiria llevar latigo, pero incluso en Berlin te miran raro, si vas por ahi con uno en la mano.
– ?Crees que azota a los obreros judios con la correa?
– No me extranaria.
Me lleve el kummel a la boca, lo retuve un momento a la altura de las amigdalas y me lo trague disfrutando de la calida sensacion que se me extendio por el cuerpo. Entre tanto, Noreen habia encontrado una pomada de manzanilla y me la aplico en las contusiones mas aparentes. Creo que se quedo muy satisfecha. Me servi otro kummel y, entonces, quien se quedo satisfecho fui yo.
Fuimos a una parada de taxis y cogimos uno para ir a la direccion de Britz. Al sur de otra moderna urbanizacion de viviendas protegidas, llamada la Herradura, y cerca de la fabrica de conservas carnicas de Grossmann Coburg, un arco ruinoso daba paso a una serie de patios y bloques de pisos que habrian hecho creer a cualquier arquitecto que era un mesias venido al mundo a salvarlo de la miseria y la pobreza. Personalmente, nunca me ha importado ver un poco de miseria. La verdad es que, despues de la guerra, paso mucho tiempo sin que apenas la notase.
Despues de otro arco llegamos ante un deteriorado cartel publicitario de lamparas terapeuticas de infrarrojos pintado en la pared que, al menos, infundia un poco de optimismo. Subimos unas escaleras oscuras que nos llevaron al sepulcral interior del edificio. En alguna parte, un organillo desgranaba una melodia melancolica que acompanaba bien nuestro bajo estado de animo. Un bloque de pisos aleman podia absorber toda la luz del segundo advenimiento.
A mitad de las escaleras nos cruzamos con una mujer que bajaba. Llevaba una rueda de bicicleta en la mano y un pan bajo el brazo. Unos pasos por detras de ella iba un nino de unos diez u once anos con uniforme de las juventudes hitlerianas. La mujer sonrio y con un movimiento de cabeza saludo a Noreen o, mas probablemente, al abrigo de marta cibelina que llevaba. Eso la animo a preguntar si ibamos bien para llegar a casa de Herr Deutsch. La mujer de la rueda de bicicleta en la mano respondio respetuosamente que si y seguimos subiendo; pasamos con cuidado al lado de otra mujer que fregaba el suelo de rodillas, restregandolo con un cepillo grueso y un producto nocivo que llevaba en un cubo. Nos habia oido preguntar por Joey Deutsch y, al pasar a su lado, dijo:
– Digan al judio ese que le toca fregar las escaleras.
– Digaselo usted -replico Noreen.
– Se lo he dicho -contesto la mujer-. Se lo acabo de decir, pero no me ha hecho caso. Ni siquiera ha salido a la puerta. Por eso la estoy fregando yo.
– A lo mejor no esta en casa -dijo Noreen.
