verde. Llevaba tambien un sombrero negro muy echado hacia atras, como un halo de fieltro y, en la mano, la misma correa del perro invisible. No bien hubo aparecido, los hombres empezaron a arremolinarse a su alrededor, como si fuese a dar el Sermon de la Montana, y sus dos discipulos lo protegieron estirando los gruesos brazos. Yo tambien me acerque un poco, empenado en parecer tan necesitado de trabajo como los demas.

– ?Atras, malditos judios! Os veo perfectamente -gruno Goerz-. ?Os habeis creido que esto es un concurso de belleza? ?Atras he dicho! Si me tirais, como la semana pasada, hoy no trabaja ninguno de vosotros, ?entendido? Cien hombres, ?me ois? Tu, ?donde esta el dinero que me debes? Te dije que no queria verte por aqui hasta que me lo pagases.

– ?Como voy a pagarte, si no puedo trabajar? -dijo una voz planidera.

– Haberlo pensado antes -dijo Goerz-. Hazlo como quieras. Vende a la puta de tu hermana o lo que sea. ?A mi que me importa!

Los dos discipulos agarraron al hombre y lo apartaron de la vista de Goerz.

– Tu -le dijo a otro-. ?Cuanto sacaste de los tubos de cobre?

El hombre al que se dirigia murmuro unas palabras.

– Trae aqui -gruno Goerz, y le arrebato unos billetes de la mano.

Concluidos por fin todos esos asuntos, empezo a elegir hombres para las cuadrillas de trabajo y, a medida que las iba completando, los que quedaban sin escoger se iban desesperando mas y mas, cosa que parecia deleitar a Goerz. Me recordo a un escolar caprichoso seleccionando companeros para un partido de futbol importante. Cuando completo la ultima cuadrilla, un hombre dijo:

– Te doy dos mas por mi turno.

– Y yo, tres -dijo el que estaba a su lado.

Enseguida recibio uno de los resguardos que el discipulo iba repartiendo entre los afortunados a los que Goerz senalaba para trabajar ese dia.

– Queda un dia -dijo con una amplia sonrisa-. ?Quien lo quiere?

Feigenbaum se abrio paso hasta la primera fila de la muchedumbre que todavia rodeaba a Goerz.

– Por favor, Herr Goerz -dijo-. ?Deme un respiro! Hace una semana que no me toca un solo dia. Lo necesito muchisimo. Tengo tres hijos.

– Es lo malo de los judios. Sois como conejos. No me extrana que la gente os aborrezca.

Goerz me miro.

– Tu, boxeador. -Quito el ultimo resguardo de la mano a su discipulo y me lo tiro a la mano-. Ahi tienes trabajo.

Me senti mal, pero cogi el resguardo a pesar de todo y procure no mirar a Feigenbaum al seguir a los hombres elegidos escaleras abajo, hacia la orilla del rio. Eran unos treinta o cuarenta peldanos, tan empinados como la escalera de Jacob; tal vez fuera esa la intencion de Guillermo IV, el emperador prusiano cuyas romanticas ideas sobre la caballeria habian dado lugar a ese peculiar monumento. Habia bajado mas de la mitad, cuando divise el camion que esperaba para llevar la mano de obra ilegal de Eric Goerz a su lugar. Al mismo tiempo, oi unos pasos a mi espalda que se iban acercando. No era un angel, sino Goerz. Me solto un golpe con la porra, pero fallo e, igual que Jacob, me vi obligado a forcejear un momento con el, hasta que perdi el equilibrio, me cai por las escaleras y me di de cabeza contra la pared de piedra.

Tuve la sensacion de haber estado tumbado en un arpa de concierto mientras alguien la golpeaba fuertemente con una almadena. Me vibraba incontrolablemente hasta la ultima parte del cuerpo. Me quede alli tumbado un momento, mirando al cielo de la manana con la certidumbre de que Dios, al contrario que Hitler, tenia sentido del humor. Al fin y al cabo, lo decian los salmos. El que mora en el Cielo se reira. ?Que otra explicacion tenia que, para quedarse con el turno que me habian dado a mi, Feigenbaum, un judio, hubiese informado al antisemita de Goerz de que yo le habia hecho preguntas sobre Isaac y Joey Deutsch? El que mora en el Cielo se estaba riendo, de acuerdo. Era razon suficiente para desternillarme. Rece con los ojos cerrados. Le pregunte si tenia algo en contra de los alemanes, pero la respuesta era muy evidente y, al abrirlos otra vez, descubri que no habia diferencia perceptible entre tenerlos cerrados o abiertos, salvo que ahora los parpados me parecian lo mas pesado del mundo. Me pesaban tanto como si fuesen de piedra. Quiza la piedra fuese una lapida sobre una tumba profunda, oscura y fria, una piedra que ni el angel de Jacob habria podido apartar. Por los siglos de los siglos. Amen.

21

Hedda Adlon siempre decia que, para llevar un hotel grande de verdad, ella necesitaria que los huespedes pasasen dieciseis horas durmiendo y las otras ocho descansando tranquilamente en el bar. Por mi, estupendo. Queria dormir mucho y, preferiblemente, en la cama de Noreen. Y lo habria hecho, de no haber sido porque ella estaba apagando un cigarrillo en mi rabadilla o, al menos, eso me parecio. Intente apartarme, pero entonces algo me golpeo la cabeza y los hombros. Abri los ojos y descubri que estaba sentado en un suelo de madera, cubierto de serrin y atado de espaldas a una estufa de porcelana: un calentador de ceramica con forma de fuente publica, de los que suelen verse en un rincon en muchas salas de estar alemanas, como si fuera un familiar senil sentado en una mecedora. Puesto que yo apenas paraba en casa, la estufa de mi sala apenas se encendia y, por lo tanto, practicamente nunca estaba caliente, pero, incluso a traves de la chaqueta, note que esta lo estaba… y mas que el tubo de la chimenea de un remolcador en plena faena. Arquee la espalda para reducir la zona de contacto con la ardiente ceramica, pero solo consegui quemarme las manos; al oirme gritar de dolor, Eric Goerz volvio a azotarme con la correa de perro. Al menos ahora sabia para que la llevaba. Sin la menor duda, se consideraba todo un supervisor, como el egipcio conductor de esclavos a quien mato Moises en el Exodo. No me habria importado matar a Goerz con mis propias manos.

Cuando dejo de fustigarme, levante la cabeza, vi que tenia en las manos mi tarjeta de identidad y me maldije por no haberla dejado en el hotel, en el bolsillo del traje. Detras de mi, a poca distancia, se encontraban el alto y cadaverico chofer de Goerz y el tipo cuadrado del monumento. Su cara parecia una escultura de marmol inacabada.

– Bernhard Gunther -dijo Goerz-. Aqui dice que eres empleado de hotel, pero que antes eras poli. ?Que hace aqui un empleado de hotel preguntando por Isaac Deutsch?

– Desatame y te lo cuento.

– Cuentamelo y a lo mejor te desato.

No vi motivo para no decirle la verdad, ninguno en absoluto. Es un efecto frecuente de la tortura.

– En el hotel se aloja una periodista americana -dije-. Esta escribiendo un articulo sobre los judios en el deporte aleman y sobre Isaac Deutsch en particular. Se propone conseguir que los Estados Unidos boicoteen las Olimpiadas y me paga por ayudarla a investigar.

Hice una mueca y procure no pensar en el calor de la espalda, aunque era como estar en el infierno e intentar no hacer caso de un diablillo armado con una horca candente y mi nombre en su parte del dia.

– Mentira -dijo Goerz-, eso es mentira, porque casualmente leo la prensa y por eso se que el Comite Olimpico de los Estados Unidos ha votado en contra del boicot. -Levanto la correa del perro y empezo a azotarme otra vez.

– ?Es judia! -grite a pesar de los golpes-. Cree que si cuenta la verdad sobre lo que ocurre en este pais a gente como Isaac Deutsch, los Amis tendran que cambiar de opinion. Deutsch es el centro de su articulo. Cuenta que lo expulsaron de su asociacion regional de boxeo y acabo trabajando aqui y que sufrio un accidente. No se lo que paso con exactitud. Se ahogo, ?verdad? En el tunel del suburbano, ?no es eso? Y despues lo arrojaron al canal, en la otra punta de la ciudad.

Goerz dejo de fustigarme. Parecia haberse quedado sin aliento. Se aparto el pelo de los ojos, se enderezo la corbata, se colgo la correa del cuello y la agarro con las dos manos.

– ?Y como has averiguado lo que le paso?

– Un ex colega, un gorila del Alex, me enseno el cadaver en el deposito y me dio el expediente. Nada mas. Es que yo trabajaba en Homicidios, ?sabes? Se quedaron sin ideas sobre las circunstancias de la muerte y creyo que yo podria enfocarlo de otra manera.

Goerz miro a su chofer y se rio.

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