Habia unos ciento cincuenta hombres reunidos en la oscuridad, bajo los invisibles pinos, que advertian de su presencia con el murmullo de la brisa del amanecer. El propio monumento queria ser un arbol estilizado, coronado por una cruz de la que colgaba un escudo. Seguramente tendria algun significado para quien gustase de monumentos religiosos feos. A mi me parecia una farola sin su mas que necesaria bombilla… o tal vez un poste de piedra para quemar en la hoguera a los arquitectos de la ciudad. Entonces si que habria sido un monumento valioso, sobre todo en Berlin.
Rodee ese obelisco de tamano economico al tiempo que escuchaba algunas conversaciones. En general, hablaban de los dias que habian trabajado recientemente o de los que se habian quedado sin trabajar, que parecia el caso mas habitual.
– La semana pasada, me dieron un dia -dijo un hombre- y la anterior, dos. Hoy tengo que trabajar; si no, mi familia no podra comer.
Otro empezo a vilipendiar a Goerz, pero alguien lo hizo callar rapidamente.
– La culpa la tienen los nazis, no Goerz. De no ser por el, ninguno tendriamos trabajo. El se arriesga tanto como nosotros e incluso mas, quiza.
– Si quieres que te diga la verdad, a el le pagan muy bien por arriesgarse.
– Es la primera vez que vengo -dije al hombre que estaba a mi lado-. ?Que hay que hacer para que te elijan?
Le ofreci un cigarrillo; se quedo mirando con extraneza al paquete y a mi, como receloso de que alguien que de verdad necesitase trabajar pudiera tener dinero para lujos tan caros y sensuales. De todos modos, lo acepto y se lo puso detras de la oreja.
– No hay metodo -dijo-. Llevo seis meses viniendo aqui y sigue pareciendome arbitrario. Unos dias parece que le gusta tu cara, pero otros ni siquiera te ve.
– A lo mejor solo pretende repartir el trabajo al maximo -di-je-, para que sea mas justo.
– ?Justo? -se burlo el hombre-. La justicia no tiene absolutamente nada que ver. Un dia se lleva a cien hombres y, al otro, a setenta y cinco. Es otra forma de fascismo, me parece a mi. Goerz nos recuerda el poder que tiene.
Le sacaba yo una cabeza de altura; era pelirrojo y tenia las facciones muy marcadas: una cara como un hacha muy oxidada. Llevaba una gruesa chaqueta verde, gorra de obrero y, alrededor del cuello, un panuelo verde intenso semejante al de sus ojos, que miraban a traves de unas gafas de montura fina. Del bolsillo le sobresalia un libro de Dostoievsky y casi parecia que el joven judio de aspecto estudioso acabase de salir de entre las paginas completamente hecho: neurotico, pobre, mal alimentado y desesperado. Se llamaba Solomon Feigenbaum, lo cual, a mis oidos practicamente arios, sonaba tan judio como un gueto de sastres.
– Pues, si es la primera vez, casi seguro que te cogen -dijo Feigenbaum-. A Goerz le gusta alegrar el dia a los nuevos, para que lo prueben.
– Es un alivio.
– Si tu lo dices. Aunque no parece que necesites dinero desesperadamente; la verdad es que ni siquiera pareces judio.
– Eso decia mi madre a mi padre. Supongo que por eso se caso con el. Para ser judio no basta con tener la nariz ganchuda y ponerse la kipa. ?Que me dices de Helene Mayer?
– ?Quien es?
– Una judia del equipo olimpico aleman de 1932, de carreras de vallas. Parecia la chica de los suenos de Hitler. Tenia mas pelo rubio que el suelo de un barbero suizo. ?Y Leni Riefenstahl? Has tenido que oir rumores.
– Bromeas.
– No, en absoluto. Su madre era judia polaca.
Parecia que la cosa le hacia cierta gracia.
– Mira, hace semanas que no trabajo. Un amigo mio me hablo de este plagen. La verdad es que pensaba que me lo encontraria aqui.
Mire alrededor, a la multitud de hombres congregada al pie del monumento, como con esperanzas de ver a Isaac Deutsch, y sacudi la cabeza con desilusion.
– ?Te conto tu amigo como era el trabajo?
– Solo que no se hacian preguntas.
– ?Nada mas?
– ?Hay algo mas que saber?
– Pues que emplean mano de obra judia para los trabajos que, por lo peligrosos que son, teniendo en cuenta lo que ahorran en seguridad para poder terminar el estadio a tiempo, quiza no quieran los llamados obreros alemanes. ?Te hablo tu amigo de eso?
– ?Pretendes que me eche atras?
– Solo te digo lo que pasa. Me da la sensacion de que, si tu amigo era un amigo de verdad, podria habertelo contado. Que a lo mejor hay que estar un poco desesperado para aceptar los riesgos que esperan que aceptes. Aqui no te dan casco, amigo mio. Si te cae una piedra en la cabeza o te hundes en un agujero, a nadie le va a sorprender ni nadie va a lamentarlo. Los judios que trabajan ilegalmente no tienen seguridad social. A lo mejor no les ponen ni una lapida. ?Lo entiendes?
– Entiendo que pretendes que me eche atras para tener mas posibilidades de que te cojan a ti.
– Lo que quiero decirte es que nos protegemos los unos a los otros, ?sabes? Si no, no lo hace nadie. Cuando bajamos al pozo, somos como los tres mosqueteros.
– ?El pozo? Creia que ibamos a las obras del estadio.
– Eso es para la categoria superior, los obreros alemanes. No para nosotros. Casi todos trabajamos en el tunel de la nueva linea del suburbano que ira desde el estadio hasta Koniggratzer Strasse. Si vas hoy, descubriras lo que es convertirse en topo. -Miro al cielo, que todavia estaba oscuro-. Bajamos de noche, trabajamos en la oscuridad y salimos cuando se ha ido el sol.
– Es verdad, eso no me lo conto mi amigo -dije-. Lo logico seria que me lo hubiese dicho. De todos modos, hace ya algun tiempo que no lo veo, ni a su tio. Oye, a lo mejor tu los conoces. Isaac y Joey Deutsch.
– No los conozco -dijo Feigenbaum.
Pero los ojos se le estrecharon y me miraba con atencion, como si, a fin de cuentas, quiza hubiese oido hablar de ellos. No me pase diez anos en el Alex en balde: sabia cuando alguien mentia. Se tiro de la oreja un par de veces y luego, nerviosamente, desvio la mirada. Ahi tenia la clave.
– Seguro que si -dije con firmeza-. Isaac era boxeador, una autentica promesa, hasta que los nazis excluyeron a los judios de los combates y le quitaron la licencia. Joey era su entrenador. ?Seguro que sabes quienes son!
– Te he dicho que no -replico Feigenbaum con firmeza.
Encendi un cigarrillo.
– Si tu lo dices. Bueno, a mi que mas me da. -Di una calada para que lo oliese un poco. Comprendi que se moria de ganas de fumar, aunque todavia tenia detras de la oreja el que le habia dado antes-. Seguro que todo eso de los tres mosqueteros y de cuidarse unos a otros no es mas que palabreria. Palabreria.
– ?Que insinuas? -Se le abrieron las aletas de la nariz al oler el tabaco y se lamio los labios.
– Nada -dije-, nada en absoluto. -Tome otra calada y se la eche en la cara-. Anda, terminalo tu. Sabes que estas deseandolo.
Feigenbaum me cogio el cigarrillo de entre los dedos y se puso a fumar como si fuese una pipa de opio. A algunas personas les pasa lo mismo con las unas; llega uno a pensar que quizas una cosa tan insignificante como un cigarrillo sea verdaderamente nociva. A veces resulta un tanto inquietante ver a un adicto en plena accion.
Mire hacia el otro lado con una sonrisa indiferente.
– Asi es mi vida, supongo. No me refiero a nada en concreto. A lo mejor ni tu ni yo nos referimos a nada, ?verdad? Estamos aqui y, de repente, ya no. -Me mire la muneca y entonces me acorde de que habia dejado el reloj en el hotel adrede-. Maldito reloj. Siempre se me olvida que tuve que empenarlo. Pero, bueno, ?donde esta ese Goerz? ?No tendria que haber llegado ya?
– Llegara cuando llegue -dijo Feigenbaum y, sin dejar de fumar mi cigarrillo, se alejo.
Eric Goerz llego al cabo de diez minutos. Lo acompanaban su alto chofer y un tipo musculoso. Goerz fumaba los mismos cigarrillos franceses fuertes que el dia anterior y, debajo de una gabardina gris, llevaba el mismo traje
