un sacerdote.
Entramos en el edificio, subimos varios pisos y recorrimos un pasillo frio y mal iluminado, hasta llegar a un despacho elegantemente amueblado y con una bonita vista del Havel, aunque lo reconoci solo porque al otro lado de la ventana emplomada, justo al pie, flotaba un yate mejor amueblado todavia e iluminado como un paseo por Luna Park.
En la chimenea del despacho, en la que se habria podido asar un buey entero, ardia un arbol. En la pared habia un gran tapiz, un retrato de Hitler y un escudo de armas tan rigido como el hombre que estaba a su lado. El hombre vestia uniforme de general de policia y tenia una actitud de superioridad aristocratica, como si hubiese preferido que me hubiera descalzado antes de poner los pies en su alfombra persa, del tamano de un aparcamiento. Supongo que teniamos los dos la misma edad, pero ahi terminaba la semejanza. Cuando hablo, lo hizo en un tono agobiado y exasperado, como si se hubiera perdido el comienzo de una opera por mi culpa o, mas probablemente en su caso, el de la funcion de cabaret homosexual de turno. En el escritorio, del tamano de una cabana de troncos, habia un tablero de backgammon preparado para jugar y el tenia en la mano un cubilete de cuero con un par de dados, que agitaba nerviosamente de vez en cuando, como un fraile mendicante.
– Sientese, por favor -dijo.
De un empujon, el del abrigo de cuero me obligo a sentarme a una mesa de reuniones y despues, de otro empujon, me puso pluma y papel a mano. Parecia que empujar se le daba bien.
– Firmelo -dijo.
– ?Que es? -pregunte.
– Es un D-11 -dijo el hombre-, una orden de detencion preventiva para usted.
– Yo tambien fui poli -dije-, en el Alex, y nunca oi eso de un D-11. ?Que significa?
Abrigo de Cuero miro a Von Helldorf, quien replico:
– Si lo firma, significa que esta de acuerdo en que lo envien a usted a un campo de concentracion.
– No quiero ir a un campo de concentracion. Ni estar aqui, por cierto. Sin animo de ofender, pero es que he tenido un dia de perros.
– Firmar el D-11 no significa que lo vayan a mandar -dijo Von Helldorf-, solo que esta de acuerdo con ello.
– Disculpeme, senor, pero no estoy de acuerdo.
Von Helldorf se balanceo sobre los tacones de sus botas y agito el cubilete con las manos a la espalda.
– Eso podria decirlo despues de haber firmado -dijo-. Es una forma de garantizar su buen comportamiento en el futuro, ?comprende?
– Si, pero entonces, con el debido respeto a su persona, general, a lo mejor, si firmo, me llevan de aqui al campo de concentracion mas proximo. No me malinterprete, no me importaria tomarme unas vacaciones. Me gustaria pasarme dos semanas sentado y ponerme al dia de mis lecturas, pero, segun tengo entendido, en los campos de concentracion no es nada facil concentrarse.
– Gran parte de lo que dice es cierto, Herr Gunther -dijo Von Helldorf-. Sin embargo, si no firma, se quedara aqui, en una celda de la comisaria, hasta que lo haga. Conque ya ve: en realidad, no puede elegir.
– Es decir, mal si firmo y mal si no.
– En cierto modo, asi es, en efecto.
– Supongo que no tengo que firmar nada para que me metan en una celda, ?verdad?
– Me temo que no, pero permitame que se lo repita: firmar el D-11 no significa que lo manden a un campo de concentracion. Lo cierto es, Herr Gunther, que este gobierno hace cuanto puede por evitar el recurso de la detencion preventiva. Por ejemplo, quiza sepa que se ha cerrado recientemente el campo de concentracion de Oranienburg y que el 7 de agosto de este ano el Guia firmo la amnistia para los presos politicos. Son medidas logicas, puesto que practicamente el pais entero se ha inclinado a favor de su inspirada direccion. Tanto es asi que esperamos que en breve puedan cerrarse todos los campos de concentracion, como se ha hecho con Oranienburg.
»A pesar de todo -prosiguio Von Helldorf-, es posible que en el futuro lleguemos a una situacion en la que la seguridad del Estado se vea en peligro, por decirlo asi; cuando eso ocurra, los firmantes del D-11 seran detenidos y encarcelados sin derecho a recurrir al sistema judicial.
– Si, entiendo que puede ser muy util.
– Bien, bien. En tal caso, volvemos de nuevo al tema de su D-11.
– Si supiera los motivos que le inducen a creer que debo firmar una garantia de mi comportamiento -dije-, tal vez me inclinase a hacerlo.
Von Helldorf fruncio el ceno y miro severamente a los tres hombres que me habian llevado alli desde Adlon.
– ?No me digas que no le habeis explicado por que esta aqui!
Abrigo de Cuero nego con la cabeza, pero se habia quitado el sombrero y me hice una idea mas aproximada de la clase de ser humano que era. Tenia pinta de orangutan.
– Lo unico que se me dijo, senor, fue que debiamos recogerlo y traerlo aqui inmediatamente.
Von Helldorf agito el cubilete con rabia, como deseando que fuera la cabeza de Abrigo de Cuero.
– Por lo visto, tengo que encargarme yo de todo, Herr Gunther -dijo, y se me acerco.
Entre tanto, eche un vistazo a la habitacion, que estaba preparada como para el seductor principe de Ruritania. En una pared vi floretes y sables dispuestos geometricamente; debajo, un aparador como un transatlantico en el que reposaban una radio del tamano de una lapida y una bandeja de plata con mas botellas y licoreras que el bar de cocteles del Adlon. Habia un secretaire de dos pisos lleno de libros encuadernados en piel, algunos sobre procedimientos y pruebas criminales, pero la mayoria eran clasicos de la literatura alemana, como Zane Grey, P. C. Wren, Booth Tarkington y Anita Loos. Nunca me habia parecido tan relajado y comodo el trabajo de policia.
Von Helldorf saco una de las macizas sillas que rodeaban la mesa, se sento y se recosto en el torneado respaldo, que tenia mas traceria que una ventana de catedral gotica. A continuacion, puso las manos encima de la mesa como si fuera a tocar el piano. Hiciera lo que hiciese, yo tenia los cinco sentidos puestos en el.
– Como seguramente sabra, formo parte del Comite Olimpico -dijo-. Tengo el deber de velar por la seguridad no solo de todas las personas que van a venir a Berlin en 1936, sino tambien de todas las que participan en las obras y preparativos de los juegos. Contamos con varios centenares de contratistas, una autentica pesadilla logistica, si debemos concluirlo todo en un plazo de tiempo que parece imposible. Ahora bien, puesto que contamos con menos de dos anos para conseguirlo, cualquiera deberia comprender que en algun momento se cometa algun error o se ponga la calidad en un compromiso. Aun asi, los contratistas tienen la impresion de que algunos individuos carentes del entusiasmo general por el proyecto olimpico, en vez de esforzarse al maximo como todos los demas, los han convertido en objeto de escrutinio, y eso los incomoda. Tanto es asi, que se puede afirmar que el comportamiento de algunos de esos elementos puede interpretarse como antipatriotico y antialeman. ?Comprende lo que quiero decir?
– Si -dije-. Por cierto, general, ?le importa que fume?
Dijo que no; me puse un cigarrillo en los labios y lo encendi rapidamente, maravillado por la facilidad del general para el comedimiento eufemistico. Sin embargo, no tenia intencion de equivocarme con el ni de subestimarlo. Estaba convencido de que el guante de terciopelo ocultaba un puno contundente y, en todo caso, aunque no fuese a golpearme el en persona, en esa habitacion absurdamente grande habia otros que no tenian los mismos escrupulos de buena educacion para recurrir a la violencia.
– Dicho con toda crudeza, Herr Gunther, su amiga, Mistress Charalambides, y usted han molestado a varias personas con sus extranas pesquisas sobre la muerte de un peon judio, un tal Herr Deutsch, y la del infortunado doctor Rubusch. Las han molestado mucho, se lo aseguro. Tengo entendido que incluso ataco usted a un jefe de cuadrillas que provee mano de obra para el tunel de la nueva linea del suburbano. ?Es eso cierto?
– Si, lo es -dije-. Lo ataque, en efecto. Sin embargo, debo alegar en mi defensa que primero me ataco el a mi. La senal de la cara me la hizo el.
– Segun el, tuvo que hacerlo porque intento usted subvertir a los peones. -Von Helldorf agito otra vez los dados con impaciencia.
– Creo que «subvertir» no se ajusta bien a la realidad, senor.
– ?Como lo llamaria usted?
– Queria descubrir como habia muerto Isaac Deutsch, el peon judio a quien se ha referido usted, y si, tal
