de marmol de Siena, que era del tamano de la cercana Puerta de Brandeburgo, parecia opinar lo mismo.
– ?Oiga!
– ?Quien? ?Yo, senor?
– ?Que hace aqui, Gunther? -dijo el Kaiser retorciendose la punta del bigote, que tenia forma de albatros en vuelo-. Deberia estar trabajando por su propia cuenta. Corren tiempos hechos a la medida de escoria como usted. En esta ciudad desaparece tanta gente que un tipo emprendedor como usted podria ganarse muy bien la vida ejerciendo de detective privado. Y cuanto antes, mejor, anado. Al fin y al cabo, este empleo no es para tipos como usted, ?verdad?, con esos pies que tiene, por no hablar de los modales.
– ?Que tienen de malo mis modales, senor?
El Kaiser se rio.
– Oigase. Para empezar, el acento. Es horrible y lo que es peor: ni siquiera sabe decir «senor» con la debida conviccion. Carece usted del menor sentido de la adulacion, cosa que practicamente lo incapacita para la hosteleria. No comprendo como ha podido contratarlo Louis Adlon. Es usted un maton y siempre lo sera. ?Por que, si no, habria matado a Krichbaum? ?Pobre hombre! Creame, usted aqui no pinta nada.
Eche un vistazo general al suntuoso vestibulo, a las cuadradas columnas de marmol, del color de la mantequilla clarificada. Aun habia mas marmol en los suelos y en las paredes, como si hubiesen hecho rebajas en una cantera. No le faltaba razon al Kaiser. Si me quedaba alli mucho mas tiempo, a lo mejor me convertia en marmol yo tambien, musculoso y sin pantalones como un heroe griego.
– Me gustaria marcharme, senor -le dije-, pero no me lo puedo permitir, de momento. Para instalarse por cuenta propia hace falta dinero.
– ?Por que no recurres a alguien de tu tribu que te lo preste?
– ?Mi tribu? ?Se refiere a…?
– Una cuarta parte de judio. Seguro que eso sirve de algo, a la hora de recaudar un poco de dinero contante y sonante.
Me indigne y me enfade como si me hubiesen abofeteado. Podia haberle contestado una groseria, ya que era un maton. En eso tenia razon el. En cambio, preferi hacer caso omiso del comentario. Al fin y al cabo, se trataba del Kaiser.
Subi al ultimo piso y empece la ronda nocturna por la tierra de nadie en que, a esas horas, sumidos en la penumbra, se convertian los pasillos y los rellanos. Tenia los pies grandes, eso era verdad, pero hacia tan poco ruido sobre las alfombras turcas que, de no haber sido por el leve crujido de cuero de mis mejores zapatos Salamander, parecia el fantasma de Herr Jansen, el subdirector del hotel que se habia suicidado en 1913 a raiz de un escandalo relacionado con el espionaje ruso. Se decia que Jansen habia envuelto el revolver en una gruesa toalla de bano para que el estampido no alarmase a los huespedes. Seguro que se lo agradecieron mucho.
Al llegar al ala de Wilhelmstrasse y volver un recodo del pasillo, vi la silueta de una mujer que llevaba un abrigo ligero de verano. Llamo discretamente a una puerta. Me detuve y espere a ver que pasaba. La puerta no se abria. La mujer volvio a llamar y, al momento, pego la cara a la madera y dijo:
– Oiga, abra. Ha llamado usted a la pension Schmidt y ha solicitado compania femenina, ?se acuerda? Pues, aqui me tiene. -Espero otro poco y anadio-: ?Quiere que se la mame? Me gusta mamarla y se me da bien. -Solto un suspiro de desesperacion-. Mire usted, se que he llegado un poco tarde, pero no es facil encontrar un taxi cuando llueve, conque abrame, ?de acuerdo?
– En eso tiene razon -dije-, a mi me ha costado lo mio cazar uno. Un taxi.
Nerviosa, se volvio a mirarme. Se llevo la mano al pecho y solto una bocanada de aire que se convirtio en risa.
– ?Ay, que susto me ha dado! -dijo.
– Lo siento, no era mi intencion.
– No, no pasa nada. ?Es esta su habitacion?
– No, por desgracia -dije con sinceridad.
A pesar de la poca luz, se notaba que era una belleza. Lo cierto era que olia como si lo fuera. Me acerque.
– Pensara usted que soy muy tonta -dijo-, pero el caso es que se me ha olvidado el numero de mi habitacion. Estaba cenando abajo con mi marido, discutimos por un asunto, me marche hecha una furia… y ahora no se si nuestra habitacion es esta o no.
Frieda Bamberger la habria echado y habria avisado a la policia y, en circunstancias normales, yo tambien, pero, en alguna parte del trayecto entre el Pavilion y el Adlon, habia decidido volverme un poco mas tolerante, un poco menos expeditivo a la hora de juzgar… por no decir un poco menos rapido a la hora de atizar un punetazo en el estomago a cualquiera. Sonrei, me habia hecho gracia el valor de la mujer.
– A lo mejor puedo ayudarla -dije-. Trabajo en el hotel. ?Como se llama su marido?
– Schmidt.
Un nombre acertado, teniendo en cuenta la posibilidad de que la hubiese oido decirlo antes. El unico inconveniente era que yo sabia que la pension Schmidt era el burdel mas lujoso de Berlin.
– Hummm… hum.
– Lo mejor seria bajar al vestibulo y preguntar al recepcionista, a ver si puede decirme a que habitacion tengo que ir.
Eso lo dijo ella, no yo, con la frialdad de un carambano.
– ?Ah! Seguro que no se ha equivocado de habitacion. Que se sepa, Kitty Schmidt jamas se ha equivocado en algo tan elemental como dar el numero de habitacion correcto a una de sus chicas. -Senale la puerta con el ala del sombrero-. Solo que, a veces, los pajaros cambian de opinion. Se acuerdan de su mujer, de sus hijos y de su salud sexual y se rajan. Probablemente este ahi oyendolo todo y haciendose el dormido, dispuesto a quejarse ante el director si lo despertamos y lo acusamos de haber solicitado los servicios de una chica.
– Creo que ha habido un error.
– Y lo ha cometido usted. -La agarre del brazo-. Es mejor que me acompane, fraulein.
– ?Y si empiezo a chillar?
– Entonces -dije, sonriendo-, despertara a los clientes, pero eso no le conviene. Vendria el director de noche, yo me veria obligado a llamar a la pasma y la encerrarian hasta manana. -Suspire-. Por otra parte, es tarde, estoy cansado y preferiria sacarla de aqui por la oreja sin mas.
– De acuerdo -dijo ella con brio.
Y se dejo llevar por el pasillo hasta las escaleras, que estaban mejor iluminadas.
Al poder mirarla convenientemente, vi que su abrigo largo terminaba en un bonito remate de pieles. Debajo llevaba un vestido de color violeta de una tela tan fina como la gasa, medias blancas, opacas y satinadas, un par de elegantes zapatos grises, dos largas sartas de perlas y un sombrerito cloche de color violeta, tambien. Llevaba el pelo castano y bastante corto, tenia los ojos verdes y era una preciosidad, conforme al canon de mujer delgada y de apariencia de muchacho que todavia se llevaba, aun en contra de los esfuerzos de los nazis por convencer a las mujeres alemanas de que lo bueno era parecerse, vestirse y, por lo que yo se, tambien seguramente oler como las lecheras. La chica que estaba en las escaleras a mi lado no habria podido parecer una lechera ni aunque hubiese llegado en alas del cefiro a bordo de un obus.
– ?Me promete que no me entregara a los gorilas? -dijo mientras bajabamos.
– Si se porta bien, si, se lo prometo.
– Porque, si tengo que presentarme ante el juez, me encerrara y perdere mi trabajo.
– ?Asi lo llama usted?
– ?Ah, no! No me refiero al fulaneo -dijo ella-. Solo lo hago un poco cuando necesito un pequeno sobresueldo para ayudar a mi madre. No, me refiero a mi trabajo de verdad. Si lo pierdo, tendre que hacer de pelandusca a jornada completa y no me gustaria. Hace unos anos no habria sido asi, pero ahora las cosas han cambiado. Hay mucha menos tolerancia.
– ?Que cosas se le ocurren!
– De todos modos, parece usted buena persona.
– No todos opinan lo mismo -dije con resentimiento.
– ?A que se refiere?
– A nada.
– No es usted judio, ?verdad?
