taquigrafia y mecanografia?
Reles se mordio los nudillos.
– ?Maldita lagarta! -exclamo con rabia.
El puro salio disparado otra vez y se colo por la puerta del cuarto de bano adyacente; choco contra las baldosas de porcelana de la pared y fue a parar, sano y salvo, a la banera, que era del tamano de un submarino aleman. Behlert levanto las cejas hasta el nacimiento del flequillo y fue a recogerlo una vez mas.
– Es cierto -dije-. Fui policia. Estuve en Homicidios casi diez anos, hasta que mi lealtad a la vieja republica y a los principios basicos de la justicia me convirtieron en no apto, conforme a los nuevos requisitos. Sin embargo, mientras estuve alli, se me desarrollo bastante el olfato para la investigacion de delitos. Resumiendo: entiendo que usted cree que se lo llevo ella y, lo que es mas, tiene una idea bastante aproximada de por que lo hizo. Si estuviesemos en comisaria, le preguntaria sobre ese detalle, pero, puesto que es usted huesped del hotel, cuentenoslo o no, como desee, senor.
– Discutimos por dinero -dijo en voz baja-, por el numero de horas que trabajaba.
– ?Nada mas?
– Desde luego. ?Que insinua usted, caballero?
– No insinuo nada, pero conocia muy bien a Fraulein Szrajbman. Era muy concienzuda, precisamente por eso se la recomendo a usted el Adlon.
– Es una ladrona -dijo Reles, tajante-. ?Que demonios piensa hacer al respecto?
– Voy a poner el asunto en manos de la policia inmediatamente, senor, si es lo que desea.
– Ha dado en el clavo, maldita sea. Usted limitese a decir a sus antiguos colegas que se pasen por aqui, que ya firmare yo la orden o lo que hagan en esta fabrica de salchichas a la que llaman pais. ?Cuadrilla de patosos! Que vengan cuando quieran. Ahora, larguense de aqui antes de que me salga de mis casillas.
A punto estuve de contestarle que, para salirse de sus casillas, primero tendria que entrar y que, aunque sus padres le hubiesen ensenado a hablar aleman muy bien, se les habia olvidado ensenarle los buenos modeles que lo acompanan. Sin embargo, cerre la boca, cosa muy importante, como solia decirme Hedda Adlon, para llevar un buen hotel.
Ahora tambien era muy importante para ser un buen aleman, pero eso no tenia nada que ver.
6
Un par de schupos con polainas e impermeable de goma, porque llovia a mares, montaba guardia a la entrada principal del Praesidium de la policia de Berlin, situado en Alexanderplatz. La palabra praesidium viene del latin y significa «proteccion», pero, teniendo en cuenta que ahora el Alex estaba en manos de un punado de matones y homicidas, no era facil saber quien protegia a quien de quien. Los dos polis de uniforme tenian un dilema similar: al reconocerme, no supieron si saludarme o tumbarme de una paliza.
Como de costumbre, el vestibulo olia a tabaco, cafe barato, cuerpos sin lavar y salchichas. Llegue en el momento en que aparecia el vendedor local de wurst con sus salchichas cocidas para los agentes que almorzaban en la mesa de trabajo. Ese Max -siempre los llamaban asi- llevaba chaqueta blanca, sombrero de copa y el tradicional bigotito pintado en la cara con lapiz de ojos. Sus bigotes, en cambio, eran mas largos de lo que recordaba yo y seguramente no fuera a cambiarselos mientras Hitler siguiera llevando un sello de correos en el labio superior. A menudo me preguntaba si alguna vez se habria atrevido alguien a preguntar a Hitler si tenia olfato para el gas, porque eso era precisamente lo que parecia: un olfateador de gas. A veces se veia a los olfateadores encajando un tubo largo en un agujero de la calle, por el que despues olian para detectar posibles escapes. Siempre les quedaba la misma senal delatora en el labio superior.
– Hacia tiempo que no lo veia por aqui, HerrCommissar -dijo Max.
Llevaba colgado del cuello con una correa un gran hervidor cuadrado de metal que parecia un acordeon de vapor.
– He estado ausente una temporada. Seguro que me sento mal algo que comi.
– Muy gracioso, senor, desde luego.
– Diselo, Bernie -tercio una voz-. En el Alex tenemos mas salchichas de las que queremos, pero falta alegria.
Di media vuelta y vi a Otto Trettin, que entraba por la puerta del vestibulo.
– ?Que demonios haces aqui otra vez? -pregunto-. No me digas que tambien eres un violeta de marzo.
– He venido a denunciar un delito cometido en el Adlon.
– El mayor delito que se comete en el Adlon es lo que cobran por un plato de salchichas, ?verdad, Max?
– Nada mas cierto, Herr Trettin.
– No obstante -dije-, pensaba invitarte a una cerveza despues.
– La cerveza primero -dijo Otto-, luego pones la denuncia.
Cruzamos la calle para ir al Zum, que estaba en los arcos de la estacion del suburbano de la zona. A los polis les gustaba, porque los trenes pasaban con tanta frecuencia por arriba que era dificil oir lo que decian. Supuse que, en el caso de Otto Trettin, ese detalle era particularmente importante, porque, como sabia todo el mundo, manipulaba sus cuentas y tal vez no tuviera reparos en untarse el pan con un poco de mantequilla de muy dudosa procedencia. De todos modos, no dejaba de ser un buen policia, uno de los mejores que quedaban en el Alex de antes de la purga del cuerpo y, aunque no estaba afiliado al Partido, parecia que a los nazis les caia bien. Otto siempre habia tenido la mano un poco dura: en una ocasion, dio una paliza historica a los hermanos Sass -cosa que en aquel momento se consideraba una violacion grave de la etica policial, aunque la verdad es que se lo merecian- y sin duda la hazana le habia granjeado el favor del nuevo gobierno. A los nazis les gustaba emplear un poco de mano dura de vez en cuando. En ese aspecto, quiza fuera asombroso que no estuviera yo trabajando alli tambien.
– Landwehr Top para mi -dijo Trettin.
– Que sean dos -dije al camarero.
Una Landwehr Top era una cerveza con brandy y debia su nombre al famoso canal berlines, en cuyas aguas flotaba a menudo una capa de aceite o gasolina. Las apuramos rapidamente y pedimos dos mas.
– Eres un cabron, Gunther -dijo Otto-. Desde que te fuiste, no tengo con quien hablar, es decir, nadie en quien confiar.
– ?Y Erich, tu amado coautor?
El ano anterior Trettin y Erich Liebermann von Sonnenberg habian publicado juntos un libro. Casos criminales no era mas que una serie de relatos escritos a toda prisa, basados en un rastreo por los archivos mas antiguos de la KRIPO. Sin embargo, nadie dudaba que les habia dado pasta. Entre la manipulacion de sus cuentas, la acumulacion de horas extra, algun que otro soborno y con el libro traducido ya al ingles, parecia que Otto Trettin sacaba dinero hasta de las piedras.
– ?Erich? Ahora que es el jefe de la KRIPO municipal, ya no nos vemos tanto. Ultimamente se le han subido mucho los humos. Me dejaste bien plantado, por si no lo sabias.
– No me das ninguna pena y menos despues de leer el librejo ese. Escribiste un caso mio y, lejos de reconocermelo, le pusiste la medalla a Von Bachman. Si fuese nazi, lo entenderia, pero ni siquiera lo es.
– Me pago por ponerlo a el. Cien marcos por hacerle quedar bien.
– Bromeas.
– No, aunque ahora ya no importa. Ha muerto.
– No lo sabia.
– Seguro que si, solo que se te habia olvidado. Asi es Berlin ultimamente: muere gente de todas clases y nos olvidamos de ella. Fatty Arbuckle. Stefan George. Hindenburg. Lo mismo pasa en el Alex. El poli al que se cargaron el otro dia, sin ir mas lejos. Ya no nos acordamos ni de su nombre.
– August Krichbaum.
– Seras el unico. -Sacudio la cabeza-. ?Ves a lo que me refiero? Eres un buen policia, no deberias haberte ido. -Levanto el vaso-. Por los muertos. ?Donde estariamos sin ellos?
– Calmate -dije al ver que vaciaba el segundo vaso.
– He tenido una manana de perros. He ido al penal de Plotzensee con un monton de peces gordos de la
