detras de unas piernas bonitas y hacerles dos lineas rectas en las pantorrillas.

Stock no era tan agradable a la vista como su secretaria, sino exactamente como lo habia descrito Heinz Seldte en el Alex: una figura berlinesa de cera.

– Esto es sumamente embarazoso -se quejo-. Ha habido un error y lo lamento muchisimo. -Se acerco tanto que le oli el aliento: pastillas de menta, una variacion agradable respecto a la mayoria de la gente que hablaba conmigo; prosiguio con sus abyectas disculpas-. Lo lamento muchisimo, senor. Al parecer, nadie robo la caja cuya desaparicion denuncie. Solo se habia extraviado.

– ?Extraviado? ?Como es posible?

– Hemos trasladado las colecciones Fischer del antiguo Museo Etnologico, el de Prinz-Albrecht Strasse, a nuestra nueva sede, aqui, en Dahlem, y esta todo patas arriba. La guia oficial de nuestras colecciones esta agotada. Se han clasificado y atribuido mal muchos objetos. Me temo que ha hecho usted el viaje en balde. En metro ha dicho, ?verdad? Quizas el museo pueda pagarle un taxi de vuelta al Praesidium. Es lo menos que podemos hacer, por las molestias.

– ?Me esta diciendo que ha recuperado la caja? -dije, sin responder a su gimoteo.

Se le volvio a poner la cara rara.

– ?Podria verla? -dije.

– ?Por que?

– ?Por que? -Me encogi de hombros-. Porque usted denuncio el hurto, nada mas. Ahora dice que la ha encontrado. Senor, la cuestion es que tengo que presentar un informe por triplicado. Es necesario cumplir el procedimiento debido y, si no puede ensenarme la caja de la dinastia Ming, no se como voy a cerrar el expediente de su desaparicion. Vera, senor, en cierto sentido, desde el momento en que haga constar que la caja ha aparecido, me hago responsable de ella. Es logico, ?no le parece?

– Pues, la cuestion es que… -Miro a la taquimecanografa y se le crispo la cara un par de veces, como si lo tuviesen agarrado por alguna parte con una cana de pescar.

Ella me echo una mirada llena de alfileres.

– Es mejor que venga a mi despacho, Herr…

– Trettin. Comisario Trettin.

Lo segui hasta su despacho y cerro la puerta tan pronto como hube entrado. De no haber sido por el tamano y la opulencia de la estancia, puede que me hubiese compadecido de el. Habia cacharros chinos y cuadros japoneses por todas partes, aunque tambien podian ser cuadros chinos y cacharros japoneses. Ese ano andaba yo un poco flojo en conocimiento de antiguedades orientales.

– Trabajar en un sitio asi debe de ser muy interesante.

– ?Le interesa la historia, comisario?

– He aprendido una cosa: que si nuestra historia fuese un poco menos interesante, tal vez estariamos mucho mejor ahora. Bien, ?que hay de esa caja?

– ?Por Dios! -dijo-. ?Como se lo explico yo sin que suene sospechoso?

– No intente suavizarlo -le dije-, cuentemelo tal cual. Digame solo la verdad.

– Es lo que siempre procuro -replico pomposamente.

– Seguro que si -dije, y empece a ponerme duro-. Mire, no me haga perder mas tiempo, Herr Doctor. ?Tiene usted la caja o no?

– Por favor, no me apure tanto.

– Naturalmente, no tengo nada mas que hacer en todo el dia.

– Es que es un poco complicado, comprendalo.

– Creame, le aseguro que la verdad casi nunca es complicada.

Me sente en un sillon. No me habia invitado, pero en ese momento no importaba, no tenia que convencerlo de nada. Tampoco iba a convencerme el a mi aunque me quedase alli plantado como un poste. Saque una libreta y me toque la lengua con la punta de un lapicero. La gente se pone de los nervios cuando te ve tomar notas.

– Pues, vera: el museo es competencia del Ministerio del Interior. Cuando las colecciones estaban en Prinz- Albrecht Strasse, Herr Frick, el ministro, fue a verlas por casualidad y decidio que algunos objetos podian ser mucho mas utiles como regalos diplomaticos. ?Entiende lo que quiero decir, comisario Trettin?

– Creo que si, senor. -Sonrei-. Una especie de soborno, pero legal.

– Le aseguro que una practica perfectamente normal en todas las relaciones exteriores. A veces es necesario engrasar el mecanismo de la diplomacia… o eso me dicen.

– ?Herr Frick?

– No, el no. Uno de los suyos. Herr Breitmeyer, Arno Breitmeyer.

– Hummm hum -tome nota del nombre-. Por supuesto, tambien hablare con el -dije-; pero permitame que intente aclarar este lio. Herr Breitmeyer cogio un objeto de las colecciones Fischer…

– Si, si. Adolph Fischer, un gran coleccionista de arte oriental, difunto ya.

– En concreto, una caja china. ?Y se la dio a un extranjero?

– No, un solo objeto no. Vera, en el ministerio creian que las colecciones que quedaban en el antiguo museo no estaban destinadas a la exposicion -Stock se ruborizo de verguenza-. Que, a pesar de su gran valor historico…

Reprimi un bostezo.

– … no eran apropiadas en el contexto del parrafo ario. Vera, Adolph Fischer era judio. El ministerio tenia la impresion de que, en las actuales circunstancias, la coleccion no era apta para exposiciones a causa de su procedencia. Que estaba (son sus palabras, no las mias) tenida racialmente.

Asenti como si todo fuera perfectamente razonable.

– Y, cuando lo hicieron, se les olvido decirselo a usted, ?verdad?

Stock asintio con pesadumbre.

– Alguna persona del ministerio considero que no tenia usted importancia suficiente para informarle de las medidas que se tomaron -dije, pasandoselo un poco por las narices-. Por eso, cuando vio que faltaba el objeto, supuso que lo habian robado y lo denuncio inmediatamente.

– Exacto -dijo, un tanto aliviado.

– ?No sabra por casualidad el nombre de la persona a quien Herr Breitmeyer regalo la caja Ming?

– No. Esa pregunta tendria que hacersela a el.

– Se la hare, no lo dude. Gracias, doctor, ha sido usted de gran ayuda.

– ?Puedo dar el asunto por terminado?

– Por lo que respecta a nosotros, si, senor.

El alivio se le torno euforia… o lo mas parecido que pudiera sentir jamas una persona tan poco expresiva.

– Bien, entonces -dije-, a ver donde esta ese taxi que me va a llevar de nuevo a la ciudad.

8

Dije al taxista que me llevase al Ministerio del Interior, en Unter den Linden. Era un feo edificio sucio y gris, situado al lado de la embajada griega, a la vuelta de la esquina del Adlon. Pedia una hiedra a gritos.

Entre en el cavernoso vestibulo y, en el mostrador, di mi tarjeta a uno de los funcionarios de turno. Tenia cara de animal sobresaltado, de las que hacen pensar que Dios tiene un sentido del humor un tanto retorcido.

– ?Seria usted tan amable de ayudarme? -dije afectadamente-. El hotel Adlon desea invitar a Herr Breitmeyer (es decir, Arno Breitmeyer) a una recepcion de gala que se celebrara dentro de un par de semanas. Nos gustaria saber que tratamiento debemos darle para dirigirnos a el, asi como a que departamento debemos enviarle la invitacion.

– Ojala me invitasen a mi a una recepcion de gala en el Adlon -comento el funcionario, y consulto un directorio de departamentos encuadernado en piel que tenia encima de la mesa.

– Si le digo la verdad, suelen ser muy protocolarias. A mi, el champan, ni fu ni fa. ?Donde esten la cerveza y las salchichas…!

El funcionario sonrio con tristeza, como poco convencido, y encontro el nombre que buscaba.

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