– Aqui esta. Arno Breitmeyer. Es Standartenfuhrer de las SS, coronel, para usted y para mi. Tambien es subdirector de la Oficina de Deportes del Reich.

– ?Ah! ?Ahora es el? Claro, supongo que por eso quieren invitarlo. Si solo es viceministro, quiza debamos invitar tambien a su jefe. ?Quien cree usted que es?

– Hans von Tschammer und Osten.

– Si, claro.

El nombre me sonaba de haberlo visto en la prensa. En su momento, me habia parecido muy propio de los nazis nombrar director de Deportes a un bestia sajon de las SA, un hombre que habia participado en el linchamiento a muerte de un chico judio de trece anos. Supongo que la circunstancia de haberselo cargado en un gimnasio de Dessau fue la palanca definitiva de meritos deportivos que catapulto a Von Tschammer und Osten.

– Muchas gracias. Me ha sido usted muy util.

– Debe de ser agradable trabajar en el Adlon.

– Puede que se lo parezca, pero lo unico que lo diferencia del infierno es que las puertas de los dormitorios tienen cerradura.

Era una de las maximas que le habia oido a Hedda Adlon, la mujer del propietario. Me gustaba mucho esa mujer. Teniamos un sentido del humor muy parecido, aunque ella mas desarrollado que yo. Hedda Adlon lo tenia todo mas desarrollado que yo.

Volvi al hotel, llame a Otto Trettin y le conte parte de lo que habia descubierto en el museo.

– Es decir, que ese tal Reles -dijo Otto-, el cliente del hotel, parece que era el dueno legitimo de la caja.

– Depende de lo que consideres legitimo.

– En cuyo caso, la joven taquimecanografa, la que se fue a Danzig…

– Ilse Szrajbman.

– Tal vez robase la caja, a fin de cuentas.

– Tal vez, pero tendria sus razones.

– Porque si, ?no?

– No, es que la conozco, Otto, y tambien he conocido a Max Reles.

– ?Que quieres decir?

– Me gustaria averiguar mas cosas antes de que te vayas a Danzig a acusar a nadie.

– Y a mi me gustaria pagar menos impuestos y hacer mas el amor, pero no puede ser. ?Que te importa a ti que vaya a Danzig?

– Los dos sabemos que si vas, tienes que arrestar a alguien para justificar los gastos, Otto.

– Es verdad, el hotel Deutsches Haus de Danzig es bastante caro.

– Entonces, ?por que no llamas primero a la KRIPO local? A lo mejor encuentras a alguien alli que quiera ir a hacerle una visita a la chica. Si de verdad tiene la caja, tal vez la convenzan de que la devuelva.

– ?Y que saco yo con eso?

– No se; nada, seguramente, pero es judia y los dos sabemos lo que le pasara si la detienen. La mandaran a un campo de concentracion o a esa carcel que tiene la Gestapo en Tempelhof. Columbia Haus. No se lo merece, es solo una cria, Otto.

– Te estas volviendo blando. Lo sabes, ?verdad?

Pense en Dora Bauer y en que la habia ayudado a dejar el fulaneo.

– Eso parece.

– Me apetecia tomar el aire marino.

– Pasate por el hotel cuando quieras: le dire al chef que te prepare un buen plato de arenques de Bismarck. Te juro que te transportan a la isla de Rugen.

– De acuerdo, Bernie. Me debes una.

– Claro, y me alegro, creeme. Si fueses tu el deudor, no estoy seguro de que nuestra amistad pudiese aguantar el peso. Llamame si te enteras de algo.

El Adlon solia funcionar como un gran Mercedes oficial: un coloso suevo con carroceria artesanal, piel cosida a mano y seis Continental AG enormes. No se me puede atribuir el merito a mi, pero me tomo mis deberes -de rutina en su mayoria- con bastante seriedad. Tambien yo tenia mi maxima: «Llevar un hotel consiste en predecir el futuro y evitar que suceda», conque miraba el registro de clientes a diario, solo por si descubria algun nombre que me saltase a la vista como posible fuente de problemas. Nunca los habia, si descontamos al rey Prajadhipok con su peticion de que el chef le preparase un plato de hormigas y saltamontes, y al actor Emil Jannings, aficionado a propinar sonoras azotainas en el culo a actrices jovenes con un cepillo del pelo.

Sin embargo, el programa de actividades era otra cosa. Los actos empresariales que se celebraban en el Adlon solian ser lujosos, a menudo corria el alcohol y, a veces, las cosas se extralimitaban un poco. Aquel dia en particular habia previstos dos encuentros de hombres de negocios. En el Salon Beethoven se desarrollaba durante todo el dia la reunion de representantes del Frente Obrero Aleman; por la noche -por una coincidencia que no me paso por alto despues de haber ido al Ministerio del Interior- los miembros del Comite Olimpico Aleman, entre quienes se contaban Hans von Tschammer und Osten y Breitmeyer, coronel de las SS, ocuparian el Salon Raphael, donde se servirian bebidas y la cena.

De los dos encuentros, solo esperaba complicaciones con el del DAF, el Frente Obrero, que era la organizacion nazi que habia tomado el poder en el movimiento sindical. Su secretario general era el doctor Robert Ley, antiguo quimico, aficionado a las juergas etilicas y a la caza de mujeres, sobre todo cuando la cuenta corria a cargo del contribuyente. Los secretarios regionales del Frente Obrero solian invitar a prostitutas al Adlon y no era raro ver y oir a hombres corpulentos haciendo el amor con las putas en los lavabos. Se los identificaba enseguida por sus guerreras de color marron claro y los brazaletes rojos, lo cual me hizo pensar que los oficiales nazis y los faisanes tenian algo en comun. No era necesario saber nada personal de ellos para que te entrasen ganas de descerrajar un tiro a alguno.

Resulto que Ley no se presento y los delegados del DAF se comportaron mas o menos impecablemente: solo uno vomito en la alfombra. Tendria que haberme dado por satisfecho, supongo. Como empleado del hotel, yo tambien pertenecia al Frente Obrero. No sabia exactamente que obtenia a cambio de mis cincuenta pfennigs semanales, pero en Alemania era imposible encontrar trabajo si no estabas afiliado. Deseaba que llegase el dia de poder desfilar orgullosamente por Nuremberg con una pala brillante al hombro y, ante el Guia, consagrar mi persona y mi empleo en el hotel al concepto de trabajo, ya que no a su realidad. Sin duda, Fritz Muller, el otro detective fijo del Adlon, opinaba lo mismo. Cuando andaba el por alli, era imposible no tener en cuenta la verdadera importancia del trabajo en la sociedad alemana. Y tambien cuando no estaba presente, porque Muller rara vez daba un palo al agua. Le habia pedido que vigilase el Salon Raphael, que parecia lo mas facil, pero cuando empezo el jaleo, no hubo forma de dar con el y Behlert acudio a mi en busca de ayuda.

– Hay problemas en el Salon Raphael -me dijo sin aliento.

Mientras cruzabamos el hotel a paso rapido -a todos los empleados les estaba prohibido correr por el Adlon-, intente que Behlert me contase exactamente quienes eran esos hombres y de que habia tratado la reunion. Algunos de los nombres del Comite Olimpico eran como para no meterse con ellos sin haber leido antes la vida de Metternich, pero lo que me conto Behlert fue tan poco ilustrativo como la copia de Raphael que Von Menzel habia hecho en el salon que llevaba el nombre del pintor clasico.

– Tengo entendido que al principio de la velada habia tambien algunos miembros del comite -dijo, al tiempo que se enjugaba la frente con un panuelo del tamano de una servilleta-. Funk, de Propaganda, Conti, del Ministerio del Interior, y Hans von Tschammer und Osten, el director de Deportes. Sin embargo ahora practicamente solo quedan hombres de negocios de toda Alemania. Y Max Reles.

– ?Reles?

– Es el anfitrion.

– En tal caso, no hay problema -dije-. Por un momento pense que alguno de ellos podria querer complicarnos las cosas.

Al acercarnos al Salon Raphael oimos gritos. De repente, se abrieron las dos hojas de la puerta y salieron dos hombres muy enfurecidos. Llamenme bolchevique, si quieren, pero, a juzgar por el tamano de sus respectivos estomagos, supe que eran hombres de negocios alemanes. Uno llevaba torcida la pajarita negra, a un lado de lo que podriamos llamar su ridiculo cuello, de donde salia un rostro rojo como las banderitas nazis de papel que,

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