– De acuerdo, tu ganas. Renunciare, pero no somos amigos.
– De acuerdo. Seguramente llorare un poco esta noche, cuando llegue a casa, pero creo que podre superarlo.
Iba cruzando el vestibulo de la entrada cuando Hedda Adlon me llamo la atencion con un gesto de la mandibula y pronunciando mi nombre completo. Ella era la unica persona que pronunciaba mi nombre de pila como si de verdad significase lo que significa, «oso valiente», aunque, en realidad, se discute si la particula hard no querra decir en realidad «temerario».
La segui, a ella y a los dos pequineses que siempre la acompanaban, hasta el despacho del subdirector del hotel, que era el suyo. Cuando Louis, su marido, se ausentaba -cosa frecuente en cuanto se levantaba la veda de caza-, era ella quien se encargaba de todo.
– A ver -dijo al tiempo que cerraba la puerta-, ?que sabemos del pobre Herr Rubusch? ?Ha llamado usted a la policia?
– No, todavia no. Iba hacia el Alex cuando me ha llamado usted. Queria contarselo a la policia personalmente.
– ?Ah! ?Y por que?
Hedda Adlon tenia treinta y pico anos, era mucho mas joven que su marido. Aunque habia nacido en Alemania, habia pasado gran parte de su juventud en los Estados Unidos y hablaba aleman con un leve acento americano. Igual que Max Reles, pero ahi se terminaba el parecido. Era rubia y tenia un tipo completamente aleman, pero estupendo, tanto como varios millones de marcos. Es imposible tener un tipo mas estupendo. Le gustaba hacer fiestas y cabalgar -habia participado con entusiasmo en la caza del zorro, hasta que Hermann Goering prohibio la caza con perros en Alemania- y era muy sociable, lo cual debio de ser uno de los motivos por los que Louis Adlon, quien hablaba muy poco, se habia casado con ella. Daba al hotel una nota mas de encanto, como nacar incrustado en las puertas del paraiso. Sonreia mucho, se le daba bien hacer que la gente se encontrase a gusto y sabia hablar con cualquiera. Me acorde de una cena en el Adlon, en la que ella estaba sentada al lado de un jefe pielrroja que llevaba su tocado nativo completo: hablo con el durante toda la velada como si se tratase del embajador de Francia. Desde luego, cabe la posibilidad de que en realidad lo fuese. A los franceses -sobre todo a los diplomaticos- les encanta lucir sus plumas y condecoraciones.
– Iba a preguntar a la policia si seria posible llevar el asunto con discrecion, Frau Adlon. A juzgar por las apariencias, Herr Doctor Rubusch, que era casado, habia estado con una joven en su habitacion poco antes de su muerte. A ninguna viuda le gustaria recibir la noticia de su viudedad con una postdata de esa clase. Al menos, segun mi experiencia. Asi pues, por el bien de ella y por el buen nombre del hotel, tenia esperanzas de poner el asunto directamente en manos de un investigador de Homicidios que es antiguo amigo mio, una persona con el tacto suficiente para tratar el caso con delicadeza.
– Es usted muy considerado, Bernhard, y se lo agradecemos mucho, pero, ?ha dicho usted homicidio? Creia que se trataba de muerte natural.
– Aunque hubiese muerto en la cama y con la Biblia en las manos, tendra que haber una investigacion de Homicidios. Es la ley.
– Pero, ?esta usted de acuerdo con el doctor Kuttner en que ha sido muerte natural?
– Probablemente.
– Aunque, claro, no con la Biblia en las manos, sino con una joven. ?Debo suponer que se refiere usted a una prostituta?
– Es muy posible. Les damos caza y las echamos del hotel como gatos, donde podamos y a la hora que podamos, pero no siempre es facil. La nuestra llevaba una diadema de diamantes.
– Un bonito detalle -Hedda puso un cigarrillo en la boquilla-, e inteligente, porque, ?quien va a enfrentarse a alguien que lleve una diadema de diamantes?
– Yo, quiza, si fuese un hombre quien la llevara.
Sonrio, encendio el cigarrillo, chupo la boquilla y despues solto el humo, pero sin tragarselo, como los ninos cuando imitan a los adultos. Me recordo a mi mismo, que imito a los detectives y cumplo todos los pasos con el regusto de una autentica investigacion en la boca, pero poco mas. Detective de hotel: terminos contradictorios, en realidad, como nacionalsocialismo, pureza racial o superioridad aria.
– Bien, si no hay nada mas, sigo mi camino hacia el Alex. Los chicos de Homicidios son un poco diferentes de la mayoria de la gente. Quieren saber las malas noticias cuanto antes.
10
Naturalmente, gran parte de lo que habia contado a Hedda Adlon eran tonterias. No tenia ningun viejo amigo en Homicidios. Ya no. Otto Trettin estaba en Fraude y Falsificacion y Bruno Stahlecker en Inspeccion G, la seccion juvenil. Ernst Gennat, que llevaba Homicidios, ya no era amigo mio. Dejo de serlo cuando la purga de 1933 y, desde luego, en Homicidios no habia nadie con tacto para asuntos delicados. ?De que servia, a la hora de detener a judios y a comunistas… cuando habia tanto que hacer para construir la nueva Alemania? Y lo que es mas, algunos polis de Homicidios eran peores que otros, autenticos gorilas, y lo que yo pretendia era evitarlos, por Frau Rubusch y Frau Adlon. Y por el buen nombre del hotel. Todo por cortesia de Bernie Gunther, heroe del Ciclo del Anillo, del bando de los buenos, especializado en matar dragones.
En el Alex, cerca del mostrador principal, vi a Heinz Seldte, el policia joven que parecia demasiado inteligente para llevar uniforme de schupo. Era un buen comienzo. Lo salude cordialmente.
– ?Que investigadores estan de turno en Homicidios? -pregunte.
Seldte no contesto. Ni siquiera me miro. Estaba totalmente concentrado en ponerse firme y miraba algo detras de mi.
– ?Has venido a entregarte por homicidio, Bernie?
Puesto que, en efecto, me habia cargado a alguien hacia poco, me volvi con toda la despreocupacion de la que fui capaz, pero con el corazon desbocado, como si hubiese llegado corriendo desde Unter den Linden.
– Depende de a quien se suponga que me he cargado, senor. Se me ocurren dos o tres personas a las que pondria la mano encima con mucho gusto. Solo por eso valdria la pena, siempre y cuando supiese que estaban muertos de verdad.
– Agentes de policia, tal vez.
– Ah, eso es mucho decir, senor.
– Veo que sigues siendo el mismo joven cabron de siempre.
– Si, senor, aunque ya no tan joven.
– Ven a mi despacho. Tenemos que hablar.
No discuti. Nunca es conveniente discutir con el jefe de la Policia Criminal de Berlin. En 1932, cuando estaba yo en el Alex, Erich Liebermann von Sonnenberg todavia no era mas que un director de criminologia. Fue el ano en que se afilio al Partido Nazi, con lo cual se aseguro el ascenso con ellos a partir de 1933. A pesar de todo, yo lo respetaba por un motivo: siempre habia sido un policia eficaz. Y por otro mas: era amigo de Otto Trettin, ademas de coautor de su estupido libro.
Entramos en su despacho y cerro la puerta.
– No es necesario que te recuerde quien ocupaba este despacho la ultima vez que estuviste aqui.
Mire alrededor. Habian pintado la habitacion y ya no habia linoleo en el suelo, sino una moqueta nueva. Habia desaparecido de la pared el mapa de las incidencias de las SA contra la violencia roja y, en su lugar, se encontraba una vitrina llena de polillas marrones moteadas, del mismo tono que el pelo de Sonnenberg.
– Bernard Weiss.
– Un buen policia.
– Me alegra oirselo decir, senor, habida cuenta de las circunstancias de su renuncia.
Weiss era judio y lo habian obligado a dejar la policia y a huir de Alemania en 1932.
– Tu tambien eras un buen policia, Bernie. La diferencia es que probablemente tu podrias haberte quedado.
– En aquel momento no me apetecio.
