– No, nada. Entonces, ?por que no se ha encargado del caso el departamento de Muhlendamm?
– Porque hay cierto misterio en la identidad del hombre y en la causa de la muerte. El hombre se ahogo, pero el cuerpo estaba lleno de agua marina, ?comprende? Por lo tanto, no pudo haberse ahogado en el rio Spree. -Me enseno unas fotografias-. Ademas, como ve, intentaron hundir el cadaver. Seguramente el peso se solto de la cuerda que le ataron a los tobillos.
– ?Que profundidad hay alli? -pregunte mientras pasaba las fotografias que habian tomado en el lugar de los hechos y en el deposito.
– Unos nueve metros.
Lo que veia era el cuerpo de un hombre de cincuenta y pico anos. Corpulento, rubio y tipicamente ario, salvo por el detalle de que le habian hecho una fotografia del pene y lo tenia circuncidado. Eso era un poco raro entre los alemanes.
– Como puede ver, es posible que fuese judio -dijo Bomer-, aunque, a juzgar por todo lo demas, nadie lo diria.
– Hoy en dia lo es quien menos te lo esperas.
– Quiero decir que mas bien parece un ario tipico, ?no cree?
– Claro, como los de los carteles de las SA.
– Bien, esperemos que asi sea.
– ?A que te refieres?
– A lo siguiente: si resulta que es aleman, evidentemente nos gustaria descubrir todo lo posible, pero si resulta que es judio, tengo ordenes de no molestarme en investigar. Se entiende que estas cosas pueden ocurrir en Berlin y no se debe perder tiempo de horario laboral en investigarlas.
Me quede pegado por la calma con que lo dijo, como si fuese el criterio mas natural del mundo. No dije nada. No tenia obligacion. Segui mirando las fotografias del muerto, pero no dejaba de pensar en mi cuello.
– Nariz rota, orejas de coliflor, manos grandes. -Tire el cigarrillo y procure concentrarme en lo que estaba mirando, aunque solo fuese por olvidar un rato la muerte de August Krichbaum-. Este tipo no era un nino de coro. Es posible que fuese judio, a fin de cuentas. Interesante.
– ?Que?
– Esa marca triangular del pecho. ?Que es? ?Un moreton? El informe no lo dice, lo cual es un descuido. En mi epoca no pasaba esto. Seguro que el cadaver me diria mucho mas. ?Donde se encuentra ahora?
– En el hospital Charite.
De pronto se me ocurrio que ir a ver al Landwehr Top de Bomer era la mejor manera de olvidarme de August Krichbaum.
– ?Tienes coche?
– Si.
– Vamos a echarle un vistazo. Si alli nos preguntan que hacemos, estas ayudandome a buscar a mi hermano, que se encuentra en paradero desconocido.
Nos dirigimos al noroeste en un Butz descapotable. Llevaba un remolque de dos ruedas, casi como si tuviese intencion de irse de acampada cuando terminase conmigo. No me equivoque mucho.
– Dirijo una tropa de juventudes hitlerianas, de ninos entre diez y catorce anos -dijo-. Salimos de acampada el pasado fin de semana, por eso llevo el remolque enganchado al coche todavia.
– Espero de todo corazon que se hayan quedado alli.
– Adelante, riase. En el Alex se rie todo el mundo, pero resulta que yo creo en el futuro de Alemania.
– Y yo tambien, por eso espero que los hayas encerrado. Me refiero a los miembros de tu tropa juvenil. ?Pandilla de enanos brutos y repugnantes! El otro dia vi a unos cuantos jugando al balon prisionero con un viejo sombrero judio. De todos modos, supongo que es mejor olvidarlo. Quiero decir que es comprensible que en Berlin pasen estas cosas.
– Personalmente, no tengo nada en contra de los judios.
– Pero… Siempre hay un pero detras de ese sentimiento en particular. Es como un estupido remolque pequeno enganchado a un coche.
– Pero si creo que nuestra nacion se habia debilitado y estaba degenerando y que la mejor manera de cambiar esa tendencia consiste en hacer que ser aleman parezca muy importante. Para conseguirlo, debemos convertirnos en algo especial, en una raza aparte. Tenemos que llegar a parecer exclusivamente alemanes, incluso hasta el extremo de decir que no es bueno ser primero judio y despues aleman. No hay sitio para nada mas.
– Tal como lo cuentas, parece muy divertido ir de acampada, Bomer. ?Es eso lo que cuentas a los chicos alrededor de la hoguera? Ahora entiendo la utilidad del remolque. Supongo que estara lleno de literatura degenerada para alimentar la hoguera.
Sonrio y sacudio la cabeza.
– ?Dios! ?Hablaba asi cuando era investigador en el Alex?
– No. En aquel entonces todavia podiamos decir lo que nos venia en gana.
Se rio.
– Lo unico que intento es explicar por que me parece necesario el gobierno que tenemos ahora.
– Richard, cuando los alemanes esperan que el gobierno arregle las cosas, estamos jodidos de verdad. En mi opinion, somos un pueblo facil de gobernar. Basta con promulgar una ley nueva todos los anos que diga: «Haced lo que os manden».
Cruzamos Karlsplatz y llegamos a Luisenstrasse pasando por el monumento a Rudolf Virchow, el llamado padre de la patologia y uno de los primeros abogados de la pureza racial, seguramente la unica razon para no haber retirado de alli su estatua. Al lado del hospital Charite se encontraba el Instituto de Patologia. Aparcamos y entramos.
Un interno pelirrojo que llevaba chaqueta blanca nos acompano al antiguo deposito, donde un hombre armado con un fumigador manual y un producto acre despachaba los ultimos restos de insectos veraniegos que quedaban. Me pregunte si el producto funcionaria con los nazis. El hombre del fumigador nos llevo a la camara frigorifica, aunque, a juzgar por el olor, no estaba suficientemente fria. Echo insecticida al aire y nos dio un paseo alrededor de doce cadaveres tapados con sabanas y tumbados en planchas que parecian un pueblo de tiendas de campana, hasta que encontramos el que queriamos ver.
Saque el tabaco y ofreci un cigarrillo a Bomer.
– No fumo.
– Lastima. Todavia hay mucha gente que cree que en la guerra fumabamos todos para tranquilizarnos, pero casi siempre era por contrarrestar el olor de los muertos. Deberias aficionarte al tabaco, y no solo para paliar situaciones malolientes como esta. Fumar es esencial para un detective. Nos ayuda a convencernos de que estamos haciendo algo, aunque en realidad no hagamos gran cosa. Cuando seas investigador, ya veras con cuanta frecuencia no ocurre casi nada.
Retire la sabana y mire detenidamente el cadaver de un hombre de la talla del hermano mayor de Schmeling y del color de la masa cruda del pan. Casi parecia que fueran a recogerlo con una pala para meterlo a cocer y devolverlo a la vida. La piel de la cara tenia el aspecto de una mano que ha estado demasiado tiempo en el agua del bano: arrugada como un albaricoque seco. No lo habria reconocido ni su oculista. Y lo que es peor, el forense habia trabajado con el. Una cicatriz rudamente cosida, que parecia un tramo de via ferrea de juguete, le cruzaba el cuerpo desde la barbilla hasta el vello pubico. La cicatriz pasaba por el centro de la marca triangular del ancho pecho del hombre. Me quite el cigarrillo de la boca y me agache a verlo mas de cerca.
– No es un tatuaje -dije-. Es una quemadura. Se parece un poco a la punta de una plancha, ?no te parece?
Bomer asintio.
– ?Tortura?
– ?Tiene otras parecidas en la espalda?
– No lo se.
Lo agarre por el ancho hombro.
– Vamos a moverlo un poco. Sujetalo tu por la cadera y las piernas. Yo lo giro, lo levantamos hacia nosotros y echo un vistazo desde aqui.
