– Rubia, rubisima.
– Menos mal -dije.
Mentalmente, elimine a Dora Bauer de la lista de posibles sospechosas: tenia el pelo corto y castano y no era de las que podian permitirse una diadema de diamantes.
– ?Algo mas?
– Se habia echado mucho perfume. Olia muy bien, parecia Afrodita en persona.
– Me la imagino. ?La llevo usted?
– No, debio de ir por las escaleras.
– O, simplemente, se monto en un cisne y se fue volando por la ventana. Es lo que habria hecho Afrodita.
– ?Me esta llamando mentiroso, senor?
– No, en absoluto, solo romantico incurable y amante de las mujeres en general.
Wolfgang sonrio.
– Eso si que lo soy, senor.
– Y yo.
Muller estaba en el despacho que compartiamos, que era practicamente lo unico que teniamos en comun. Me aborrecia y, de haberme tomado la molestia, yo tambien lo habria aborrecido a el. Antes de entrar en el Adlon, era agente del cuerpo de policia de Potsdam: un gorila uniformado con aversion instintiva a los investigadores del Alex, como yo. Tambien habia estado en el Freikorps y era mas derechista que los nazis, otro motivo para aborrecerme: odiaba a los republicanos como el dueno de un trigal a las ratas. De no haber sido por su aficion a la bebida, habria podido quedarse en la policia. Sin embargo, se retiro pronto, se subio al tren de la abstinencia hasta conseguir trabajo en el Adlon y luego volvio a beber. Casi siempre lo llevaba bien, eso se lo reconozco. Casi siempre. A titulo de obligacion laboral, podria haberme propuesto echarlo de alli, pero no habia sido asi. Al menos, no hasta ahora. Como era logico, los dos sabiamos que Behlert o cualquiera de los Adlon no tardarian mucho en encontrarlo borracho en el trabajo. Yo esperaba que sucediese sin mi intervencion, aunque sabia que, si no llegaba a suceder, probablemente sabria vivir con la decepcion.
Estaba dormido en la silla. En el suelo, al lado de su pie, habia media botella de Bismarck y tenia en la mano un vaso vacio. No se habia afeitado y de la nariz y la garganta le salia un ruido como de arrastrar por un suelo de madera una comoda pesada. Parecia que se hubiera colado en el banquete de una boda campesina de Brueghel. Meti la mano en el bolsillo de su abrigo y le saque la cartera. Dentro habia cuatro billetes nuevos de cinco marcos, cuyo numero de serie coincidia con el de los billetes que habia visto en la habitacion de Rubusch. Me imagine que la chica alegre se la habria proporcionado Muller, o bien que se habia dejado sobornar por ella despues. Volvi a meterlos en la cartera, se la guarde de nuevo en el bolsillo y le di un puntapie en el tobillo.
– ?Oye, Sigmund Romberg! ?Despierta!
Muller se movio, olisqueo el aire y solto una bocanada que olia a suelo mohoso. Se limpio la rasposa barbilla con la mano y miro sediento alrededor.
– Lo tienes junto al pie izquierdo -dije.
Miro la botella e hizo como si no la viese, pero de manera poco convincente. Si hubiera querido hacerse pasar por Federico el Grande, no le habria quedado tan falso.
– ?Que quieres?
– Gracias, para mi es un poco pronto, pero adelante, echate un trago tu, si te ayuda a pensar. Yo me quedo aqui a mirar, me lo paso en grande imaginandome la pinta que debe de tener tu higado. Apuesto a que tiene una forma muy interesante. A lo mejor deberia dibujarlo. De vez en cuando pinto algo abstracto. A ver, por ejemplo, Bodegon de higado y cebollas. Las cebollas podrian ser tus sesos, ?de acuerdo?
– ?Que quieres?
Lo dijo en un tono mas siniestro, como si estuviera preparandose para darme un punetazo, pero yo no bajaba la guardia, me movia por la habitacion como un maestro de baile, por si tenia que soltarle un mamporro. Casi deseaba que lo intentase para poder soltarselo. Quizas un buen derechazo en la mandibula le devolviese la sobriedad.
– Y ya que hablamos de formas interesantes, ?que me dices de la zorrita que estuvo aqui anoche? La que llevaba una diadema de diamantes y fue de visita a la habitacion dos diez, la de Rubusch, Heinrich Rubusch. ?Fue el quien te dio los cuatro billetes o se los sacaste a la gatita en el pasillo? Por cierto, si casualmente te estas preguntando por que meto las narices donde no me llaman, es porque Rubusch ha muerto.
– ?Quien dice que me han dado cuatro billetes?
– Es enternecedora la preocupacion que demuestras por los clientes del hotel, Muller. El numero de serie de esos cuatro billetes nuevos que tienes en la cartera coincide con el del fajo que hay en la mesilla de la habitacion del muerto.
– ?Me has mirado la cartera?
– Quiza te intrigue por que te he contado que te he mirado la cartera. La cuestion es que podia haber venido aqui con Behlert, Pieck o incluso uno de los Adlon y haber encontrado esos billetes con publico delante, pero no ha sido asi. Ahora, preguntame por que.
– De acuerdo, te sigo el juego. ?Por que?
– No quiero que te echen, Muller, solo que te largues del hotel. Te ofrezco la posibilidad de despedirte voluntariamente. A lo mejor asi hasta te dan referencias, ?quien sabe?
– Supongamos que me niego.
– En tal caso, iria a buscarlos. Naturalmente, cuando volvieramos, te habrias deshecho de los billetes, pero daria igual, porque no te despedirian por eso, sino porque estas como una cuba. La verdad es que hueles tanto a alcohol que el ayuntamiento esta pensando en mandar aqui a un olfateador de gas a comprobarlo.
– Como una cuba, dice este. -Muller cogio la botella y la vacio-. ?Que esperas, en un trabajo asi, sin nada que hacer? ?A que va a dedicarse uno todo el dia, si no bebe?
En eso estuve a punto de darle la razon. El trabajo era aburrido, yo tambien me aburria como una lagartija al sol.
Muller miro la botella vacia y sonrio.
– Parece que necesito otro impulso para levantarme. -Me mi-ro-. Te crees muy listo, ?verdad, Gunther?
– Con la dotacion intelectual que tienes, Muller, comprendo que te lo pueda parecer, pero todavia ignoro muchas cosas. Por ejemplo, la chica esa. ?La trajiste tu al hotel o fue Rubusch?
– ?Dices que esta muerto?
Asenti.
– No me extrana. Uno gordo y grande, ?no?
Asenti de nuevo.
– Vi a la chica en las escaleras y pense que podia sacudir el arbol a ver si caia algo, ?sabes? -Se encogio de hombros-. ?Quien sobrevive, con veinticinco marcos a la semana? Dijo que se llamaba Angela, pero no se si es verdad o no, no le pedi la documentacion. Veinte marcos me parecieron identificacion suficiente, por lo que a mi respecta. -Sonrio-. Ademas estaba muy buena. No se ven busconas tan guapas como esa. Era un autentico bombon. El caso es que, como ya he dicho, no me extrana que el gordo este muerto. Solo de mirar a esa tia, se me puso el corazon a cien.
– ?Y fue entonces cuando lo viste? ?Al mismo tiempo que a ella?
– No. A el lo habia visto esa misma noche, pero antes, en el bar y en el Salon Raphael.
– ?Estaba en la fiesta del Comite Olimpico?
– Si.
– ?Y tu donde estabas? ?No tenias que estar vigilandolos un poco?
– ?Que quieres que te diga? -contesto, irritado-. Eran hombres de negocios, no estudiantes. Los deje seguir con lo suyo. Me fui a la cerveceria de la esquina de Behrenstrasse y Friedrichstrasse (Pschorr Haus) y me mame. ?Como iba yo a saber que habria problemas?
– Desea lo mejor y espera lo peor. Asi es este trabajo, colega. -Saque mi pitillera y la abri delante de su fea cara-. Entonces, ?en que quedamos? ?Una carta de renuncia o la puntera del Oxford de Louis Adlon clavada a fondo en el culo?
Cogio un cigarrillo y hasta le di fuego, solo por ser sociable.
