colgadas entre varias olimpicas, adornaban un atril situado al lado de las puertas. Por un momento pense en preguntarle que habia pasado, pero solo habria conseguido que me pisotease, como si una plantacion de te intentase contener a un elefante loco.

Behlert entro detras de mi y, en cuanto Reles y yo cruzamos una mirada, le oi decir algo sobre Laurel y Hardy antes de que su severo rostro esbozase una sonrisa y su recio corpachon adoptase una actitud de disculpa, apaciguadora, casi diplomatica, que no habria avergonzado ni al mismisimo principe Metternich.

– Todo ha sido un gran malentendido -dijo-. ?No estan ustedes de acuerdo, caballeros?

Podria haberlo creido, de no haber sido por lo revuelto que tenia el pelo y por la sangre de la boca.

Con una mirada, Reles busco apoyo entre sus companeros de mesa. En alguna parte, entre un cumulonimbo de humo de puros, murmuraron con desaliento varias voces, como un conclave papal que se hubiese olvidado de pagar al deshollinador de la Capilla Sixtina.

– ?Lo ven? -Reles levanto sus manazas en el aire como si lo hubiese yo apuntado con una pistola y, no se por que, tuve la sensacion de que, de haber sido asi, el habria reaccionado de la misma forma. Ese hombre habria sabido mantener la calma incluso en manos de un dentista borracho con la fresa en la mano-. Una tormenta en una taza de te. -En aleman no sonaba bien y, con un chasquido de sus gruesos dedos, anadio-: Es decir, una tormenta en un vaso de agua, ?es eso?

Behlert asintio rotundamente.

– Si, eso es, Herr Reles -dijo- y permitame que le diga que tiene usted un excelente nivel de aleman.

Sin que viniera a cuento, Reles parecio avergonzarse.

– Pues hay que reconocer que es una lengua dificilisima de dominar -dijo-, teniendo en cuenta que debio de inventarse para hacer saber a los trenes el momento en que debian salir de la estacion.

Behlert sonrio afectadamente.

– Sea como fuere -dije al tiempo que cogia del mantel una de las muchas copas rotas-, parece que tormenta si que ha habido, y de Bohemia, por mas senas. Valen cincuenta pfennigs cada una.

– Naturalmente, pagare todos los desperfectos. -Reles me senalo y sonrio a sus invitados, que parecian complacientes-. ?Pueden creerselo? ?Este tipo quiere que pague los desperfectos!

La imagen viva de la satisfaccion es un hombre de negocios aleman con un puro.

– ?Ah, nada de eso, Herr Reles! -dijo Behlert y me lanzo una mirada de reproche, como si tuviese yo barro en los zapatos o algo peor-. Gunther, si Herr Reles dice que ha sido un accidente, no hay necesidad de llevar las cosas mas alla.

– No ha dicho que fuese un accidente, sino un malentendido, que es justo lo que va del error al delito.

– ?Esa frase es de su Gaceta Policiaca de Berlin? -Reles cogio un puro y lo encendio.

– Quiza deberia serlo. Claro que, si lo fuera, yo seguiria siendo un policia de Berlin.

– Solo que no lo es. Usted trabaja en este hotel, en el que el cliente soy yo, y un cliente que gasta mucho, me permito anadir. Herr Behlert, diga al sumiller que nos traiga seis botellas de su mejor champan.

Se oyo un rotundo murmullo de aprobacion en la mesa, pero ninguno de los comensales queria mirarme a los ojos; no eran mas que un punado de caras bien alimentadas y bien regadas que solo pensaban en volver a abrevar. Un retrato de grupo de Rembrandt en el que todo el mundo se hacia el desentendido: Los sindicos del gremio de los paneros. Fue entonces cuando lo vi sentado al fondo de la sala, como Mefistofeles esperando pacientemente una palabra silenciosa de Fausto. Llevaba smoking, como los demas, y salvo por su cara de saco de arena, satirica y grotesca, y la circunstancia de que estaba limpiandose las unas con una navaja de resorte, parecia casi respetable. Como el lobo de Caperucita disfrazado de abuelita.

Jamas olvido una cara, sobre todo la de un hombre que habia dirigido un ataque armado de las SA a miembros de un club social obrero que celebraban un baile en el Eden Palace de Charlottenburg. Cuatro muertos, entre ellos, un amigo mio de mi antigua escuela. Probablemente se cargase a mucha gente mas, pero la que yo recordaba en particular era aquella, la del 23 de noviembre de 1930. Ademas, me vino su nombre a la cabeza: Gerhard Krempel. Habia pasado una temporada en la carcel por aquello, al menos hasta que los nazis entraron en el gobierno.

– Pensandolo bien, que sean doce botellas.

En circunstancias normales, habria dicho algo a Krempel -un epiteto ingenioso o algo peor-, pero a Behlert no le habria gustado. En las guias Baedeker no estaba bien visto que un empleado de hotel soltase un punetazo en la garganta a un cliente. Y, por lo que hacia a nosotros, Krempel era el nuevo ministro de Igualdad de Condiciones y Deportividad. Por otra parte, Behlert ya me estaba encaminando hacia la puerta del Salon Raphael, es decir, mientras pedia perdon a Max Reles y le hacia inclinaciones de cabeza.

En el Adlon siempre se pedia perdon a los clientes, no se les presentaban excusas. Era otra de las maximas de Hedda Adlon, pero esa era la primera vez que veia a un empleado pidiendo perdon por interrumpir una pelea. Porque a mi no me cabia ninguna duda de que Max Reles habia golpeado al hombre que se habia marchado antes ni de que este le habia devuelto el golpe. La verdad es que esperaba que asi hubiese sido. No me habria importado sacudirle un punetazo yo tambien.

Una vez fuera del salon, Behlert se me encaro de mal humor.

– Por favor, Herr Gunther, ya se que le parece que su trabajo consiste en esto, pero procure no olvidar que Herr Reles ocupa la suite Ducal y, por lo tanto, es un huesped muy importante.

– Ya lo se. Acabo de oirle pedir una docena de botellas de champan. De todos modos, se ha buscado algunas malas companias.

– Tonterias -dijo Behlert y, sacudiendo la cabeza, se fue a llamar a un sumiller-. Tonterias, tonterias.

Tenia razon, desde luego. Al fin y al cabo, en la nueva Alemania de Hitler, estabamos todos en malisima compania. Y tal vez la del Guia fuese la peor.

9

La habitacion 210 estaba en el segundo piso, en el ala de Wilhelmstrasse. Costaba quince marcos la noche y tenia cuarto de bano incorporado. Era una bonita habitacion, unos metros mas espaciosa que mi apartamento.

Cuando llegue eran algo mas de las doce del mediodia. Habia un cartel de no molesten colgado en la puerta y una tarjeta rosa con un aviso de que el cliente tenia un mensaje en recepcion. Se llamaba Herr Doctor Heinrich Rubusch y, por lo general, la camarera de piso no lo habria molestado, si no hubiera sido porque el ocupante debia dejar el hotel a las once. La mujer llamo a la puerta, pero no contesto nadie, en vista de lo cual intento entrar en la habitacion; fue entonces cuando se dio cuenta de que la llave estaba puesta en la cerradura por dentro. Despues de llamar inutilmente varias veces mas, informo a Herr Pieck, el subdirector, el cual, temiendose lo peor, me llamo a mi.

Fui a la caja fuerte del hotel a buscar una llave falsa de las que se guardaban alli: una sencilla herramienta metalica del tamano de un diapason, ideada para poder introducirla en cualquier cerradura del hotel y hacer girar la llave puesta por el otro lado. Habia seis en total, pero faltaba una, lo cual probablemente querria decir que la tenia Muller, el otro detective, porque se le habria olvidado devolverla. Normal: Muller era un poco borrachin. Cogi otra y me fui al segundo piso.

Herr Rubusch seguia en la cama. Tenia yo esperanzas de que se despertase, nos diese unas voces y nos dijese que nos largaramos y lo dejasemos dormir, pero no fue asi. Le tome el pulso en la carotida, pero estaba tan gordo que desisti; le desabroche la casaca del pijama y acerque el oido al fiambre de jamon que tenia por pecho.

– ?Aviso al doctor Kuttner? -pregunto Pieck.

– Si, pero dile que no hay prisa. Esta muerto.

– ?Muerto?

Me encogi de hombros.

– Estar en un hotel se parece un poco a la vida: hay que marcharse en algun momento.

– ?Ay, Dios! ?Esta seguro?

– Ni el baron Frankenstein haria moverse a este personaje.

La camarera, que estaba en el umbral, empezo a persignarse. Pieck le dijo que fuese inmediatamente a

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