denuncia.

El agente tenia veintitantos anos y, cosa rara para tratarse de un schupo, era tan brillante como el distintivo que llevaba en la cartuchera. Casi acababa de empezar a mecanografiar mi denuncia cuando se detuvo, se mordio las unas, bastante mordidas ya, encendio un cigarrillo y, sin decir palabra, se acerco a un archivo mas grande que un Mercedes que habia en el centro de la inmensa habitacion. Era mas alto de lo que me esperaba. Y mas delgado. Todavia no llevaba alli tanto tiempo como para aficionarse a la cerveza y ganarse una tripa de embarazada, como los autenticos schupos. Volvio leyendo, cosa que en el Alex era un milagro en si mismo.

– Me lo parecia -dijo al tiempo que pasaba el expediente a Otto, pero mirandome a mi-. Ayer vinieron a denunciar el hurto de un objeto igual que el suyo. Yo mismo tome los datos.

– Una caja china de mimbre y laca -dijo Otto al tiempo que ojeaba el informe-. Cincuenta centimetros, por treinta, por diez.

Intente convertirlo al sistema metrico imperial, pero desisti.

– Siglo xvii, dinastia Mong. -Otto me miro-. Parece la misma, ?eh, Bernie?

– Dinastia Ming -dije-. Se dice Ming.

– Ming, Mong, ?que mas da?

– O se trata de la misma caja o son mas corrientes que los pretzels. ?Quien puso la denuncia?

– Un tal doctor Martin Stock -dijo el policia joven-, del Museo de Arte Asiatico. Estaba muy preocupado por la desaparicion.

– ?Como era ese hombre? -pregunte.

– Pues, ya sabe, el tipico que se imagina uno trabajando en un museo: unos sesenta anos, bigote gris, perilla blanca, calvo, miope, rechoncho… Me recordo a la morsa del zoo. Llevaba pajarita…

– A ese lo he visto yo -dijo Otto-. Una morsa con pajarita.

El agente sonrio y continuo:

– Polainas, nada en las solapas… Quiero decir, ni insignias del Partido ni nada por el estilo. El traje que llevaba era de Bruno Kuczorski.

– Eso lo dice solo por alardear -dijo Otto.

– Es que vi la etiqueta del interior de la chaqueta cuando saco el panuelo para enjugarse la frente. Un tipo nervioso, pero eso se notaba solo con ver el panuelo.

– ?De fiar?

– Como si lo llevara escrito en la frente.

– ?Como te llamas, hijo? -le pregunto Otto.

– Heinz Seldte.

– Bien, Heinz Seldte, opino que deberias dejar este trabajo de oficinista gordo que te han dado y hacerte policia.

– Gracias, senor.

– ?A que juegas, Gunther? -dijo Otto-. ?Me estas tomando el pelo?

– A mi si que me lo han tomado, me temo. -Arranque la hoja y las copias de la maquina de Seldte y las arrugue-. Voy a tener que ir a soltar unos trinos a alguien al oido, como Johnny Weissmuller, y a ver que sale corriendo de la espesura. -Cogi la hoja del doctor Stock del archivo-. ?Me la prestas, Otto?

Otto miro a Seldte y este se encogio de hombros.

– Por nosotros no hay problema, creo -dijo Otto-, pero informanos de las novedades, Bernie. En estos momentos, el hurto de la dinastia Ming Mong es objeto de investigacion prioritaria especial en la KRIPO. Tenemos que hacer honor a nuestro nombre.

– Me pongo a ello inmediatamente, te lo prometo.

Y lo dije en serio. Iba a ser estupendo volver a ejercer de detective autentico, y no de pelele de hotel. Sin embargo, como dijo Immanuel Kant, es curioso lo mucho que podemos equivocarnos con muchas cosas que nos parecen verdad.

Casi todos los museos de Berlin se encontraban en un islote en el centro de la ciudad, rodeados por las oscuras aguas del rio Spree, como si sus constructores hubiesen tenido la idea de que la ciudad debia conservar su cultura aislada del Estado. Tal como estaba a punto de descubrir, esa idea debia de ser mucho mas acertada de lo que podria pensarse.

Sin embargo, el Museo Etnologico, situado antiguamente en Prinz-Albrecht Strasse, se encontraba ahora en Dahlem, en el extremo occidental de la ciudad. Fui en el metropolitano -en la linea de Wilmersdorf, hasta Dahlem-Dorf- y luego a pie en direccion sureste hasta el nuevo Museo de Arte Asiatico. Era un edificio relativamente moderno de ladrillo rojo, tres pisos y rodeado de lujosas casas de campo y casas solariegas con grandes verjas y perros aun mas grandes. Puesto que los barrios como Dahlem estaban protegidos por la legislacion, costaba entender que hacian dos hombres de la Gestapo en un W negro aparcado a la entrada de una iglesia confesionista, hasta que me acorde de que en Dahlem habia un sacerdote llamado Martin Niemoller, famoso por su oposicion al llamado «parrafo ario». O eso o los dos hombres tenian algo que confesar.

Fui al museo, abri la primera puerta en la que ponia privado y me encontre con una taquimecanografa bastante atractiva, sentada ante una Carmen de tres filas de teclas; tenia ojos de Maybelline y la boca mejor pintada que el retrato predilecto de Holbein. Llevaba una camisa de cuadros y un surtido completo de pulseras metalicas de zoco que tintineaban en su muneca como telefonos diminutos; tenia una expresion tan seria que casi me obligo a repasarme el nudo de la corbata.

– ?Que desea?

Lo sabia, pero no me apetecia decirselo. Me limite a sentarme en una esquina de su mesa con los brazos cruzados, solo por no ponerle las manos en los pechos. A ella no le gusto. Tenia la mesa tan pulcra como un escaparate de grandes almacenes.

– ?Se encuentra Herr Stock en la casa?

– Seguro que si tuviera usted cita con el, sabria que es el doctor Stock.

– No. No tengo cita.

– Pues esta ocupado.

Sin querer, miro hacia la puerta del otro lado de la habitacion, como deseando que desapareciese yo antes de que volviera a abrirse.

– Supongo que es lo normal. Los hombres como el siempre tienen muchas ocupaciones. En cambio, yo, en su lugar, estaria dictandole algo a usted o cantandole unas cartas para que las mecanografiase con esas manos tan bonitas que tiene.

– ?Ah! Entonces, usted sabe escribir.

– Claro, incluso a maquina. No tan bien como usted, seguro, pero eso lo puede juzgar por si misma. -Meti la mano en la chaqueta y saque el atestado del Alex-. Mire -dije, y se lo pase-. Echele un vistazo y digame que le parece.

Lo miro y los ojos se le abrieron varios grados, como el diafragma de una camara.

– ?Es usted de la policia del Praesidium de Alexanderplatz?

– ?No se lo he dicho? He venido directamente de alli en metro.

Lo cual era cierto, pero solo hasta cierto punto. Si ella o Stock me pedian que les ensenase la placa, ya podia dar por terminada mi mision, por eso me comportaba como lo hacen muchos policias del Alex. Los berlineses creen que lo mejor es portarse con un poquito menos de amabilidad de lo que consideran necesario los demas, pero muchos polis de la capital ni siquiera se aproximan a tan elevado modelo de civismo. Encendi un cigarrillo, expulse el humo en su direccion y luego, con un movimiento de cabeza, senale una piedra que habia en una repisa, detras de su bien peinada cabeza.

– ?Es una esvastica lo que sostiene esa piedra?

– Es un sello -dijo ella- de la civilizacion del valle del Indo, del ano 1500 antes de Cristo, aproximadamente. La cruz esvastica era un simbolo religioso importante de nuestros antepasados remotos.

Le sonrei y dije:

– O bien querian prevenirnos de algo.

Salio de detras de la maquina de escribir y cruzo el despacho con rapidez para ir a buscar al doctor Stock. Me dio tiempo a contemplar sus curvas y las costuras de sus medias, tan perfectas, que parecian de clase de dibujo lineal. Nunca me gusto el dibujo lineal, pero podria haberme aficionado mas si me hubieran mandado sentarme

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