»De verdad, no se hace idea de la cantidad de cerdos carroneros que quieren comer en ese pesebre. Claro esta, que necesitaban a una persona como yo, que les ensenara como se hace. Es decir, como nosotros (la gente a quien represento en los Estados Unidos), que tanto hicimos en el treinta y dos, con las Olimpiadas de Los Angeles. Hay que reconocer que los nazis saben negociar. Brundage no se lo podia creer cuando llego aqui. Fue el quien nos aviso a los de Chicago de la cantidad de dinero que podia moverse aqui.
– Y los artilugios orientales son parte de la recompensa.
– Justo. Piezas sueltas de las que colecciona y tanto aprecia el, pero que aqui no va a echar de menos nadie. Tambien le va a caer un buen contrato para construir una embajada alemana nueva en Washington. Esa es la verdadera guinda, si le digo la verdad. Vera, con Hitler no hay limite. Tengo el placer de decir que ese hombre no tiene ni idea de economia. Cuando quiere algo, lo coge sin pensar en los gastos. Al principio, el presupuesto de las Olimpiadas era de… ?cuanto? ?Veinte millones de marcos? Ahora se ha multiplicado por cuatro o cinco y calculo que la prima debe de estar entre el quince y el veinte por ciento. ?Se lo imagina?
»Por supuesto, las negociaciones no siempre se hacen directamente con Hitler. Es un hombre caprichoso, ?comprende? Fijese, yo ya habia comprado una empresa que fabrica hormigon armado, hice un trato con el arquitecto, Werner March, y de pronto me entero de que a Hitler no le gusta el puto cemento. Aborrece todo lo que huela a moderno. No le importa un rabano que todos los edificios nuevos de Europa se hagan con el puto cemento. El no lo quiere y no hay mas que hablar.
»Cuando Werner March le enseno los planos y el presupuesto del nuevo estadio, Hitler se puso como loco. Solo la piedra caliza era apropiada, pero no cualquier puta caliza, ?lo entiende? Tenia que ser alemana. Entonces, tuve que comprar a toda prisa una empresa (Calizas del Jura Wurzburg) y asegurarme de que ganase la licitacion. Demasiadas prisas, a decir verdad. Con un poco mas de tiempo, habria hecho las cosas con mas suavidad, pero… En fin, esa parte ya la conoce usted, hijoputa. Me he quedado con montanas de cemento, pero usted me va a ayudar a deshacerme de una parte, Gunther. Estos tres bloques de bovedilla en los que estoy sentado van a ir a parar al fondo del lago Tegel y usted con ellos.
– Como Isaac Deutsch -dije con voz ronca-. Seguro que Eric Goerz trabaja para usted.
– En efecto, trabaja para mi. Ese Eric es un buen hombre, aunque le falta experiencia en esta clase de trabajo. Por eso ahora voy a hacerlo yo personalmente, para asegurarme de que se haga bien. No queremos que salga del fondo, como Deutsch. Siempre digo que, para deshacerse de alguien correctamente, es mejor hacerlo con las propias manos. -Suspiro-. Son cosas que pasan, ?verdad? Hasta a los mejores, como yo.
Dio unas caladas al puro y echo al aire un chorro de humo que podia haber salido de la chimenea que se levantaba por encima de mi cabeza. La embarcacion debia de medir unos nueve metros de longitud y me parecia que la habia visto en alguna parte.
– Supongo que fue un error echar al canal a aquel hijoputa de Isaac. Nueve metros. Es poca profundidad. Sin embargo, aqui son dieciseis. No es el lago Michigan ni el rio Hudson, pero servira. Si, ademas, da la casualidad de que no soy nuevo en esta mierda, conque relajese, esta en buenas manos. Solo me queda una pregunta que hacerle, Gunther, y es importante desde su punto de vista, de modo que preste atencion. No se si tirarlo al agua muerto o vivo. He visto las dos cosas y, despues de haberlo pensado detenidamente, creo que es mejor mandarlo al fondo muerto. Ahogarse no es tan rapido, creo. Yo preferiria una bala en la cabeza, previamente.
– Procurare no olvidarlo.
– Pero no se deje influir por mi. Usted decide. Solo necesito que me cuente lo que sabe, Gunther. Todo. A quien le ha hablado de mi y que le ha dicho. Pienselo un poco. Tengo ir a echar una meada y a ponerme un abrigo. Aqui fuera hace un poco de frio, ?no le parece? Dora, dale otro vaso de agua. A lo mejor le ayuda a hablar.
Dio media vuelta y se marcho. Krempel se fue detras de el y, a falta de escupidera personal, escupi en su direccion.
Dora me dio mas agua. La bebi con avaricia.
– Supongo que dentro de nada podre beber toda la que quiera -dije.
– Eso no tiene ninguna gracia. -Me limpio la boca con mi corbata.
– Se me habia olvidado lo guapisima que eres.
– Gracias.
– No. Todavia no te ries. Supongo que eso tampoco tiene gracia.
Me echo una mirada fulminante, como si fuera yo la dermatitis personificada.
– Oye, en Grand Hotel, Joan Crawford no se enamora de Wallace Beery -dije.
– ?Max? No es tan malo.
– Procurare recordarlo cuando este en el fondo del lago.
– Supongo que tu te crees John Barrymore.
– Con el perfil que tengo, no; sin embargo, un cigarrillo si que me apetece, si lo tienes. Consideralo mi ultimo deseo, puesto que ya te he visto desnuda. Al menos ahora se cuando llevas peluca.
– Eres todo un Kurt Valentin, ?verdad?
Debajo del abrigo llevaba un vestido de punto de color malva que le envolvia el cuerpo como una emulsion y de su muneca colgaba un bolso de cordon con una preciosa pitillera de oro y un mechero dentro.
– Parece que ya ha venido Papa Noel -dije, cuando me puso un cigarrillo entre los resecos labios y me dio fuego-. Al menos hay alguien que piensa que has sido buena.
– A estas alturas deberias haber aprendido a no meter las narices en los asuntos ajenos -dijo.
– Ah, si, lo he aprendido, seguro. A lo mejor quieres decirselo a el. Puede que una buena palabra tuya le haga mas efecto que una mia o, mejor todavia, a lo mejor todavia tienes la pistola. Diria que, con Max Reles, una Mauser vale mas que mil palabras.
Me quito el cigarrillo, le dio una calada y me lo volvio a poner entre los labios con unos dedos frios, casi tan cargados de perfume como de anillos.
– ?Que te induce a pensar que traicionaria a un hombre como Max por un perro como tu, Gunther?
– Lo mismo que hace tan atractivo a un hombre como el para chicas como tu. El dinero. Mucho dinero. Veras, Dora, opino que, con dinero suficiente, traicionarias al Nino Jesus y da la casualidad de que, en el cuarto de bano de Max Reles, en su habitacion del Adlon, hay eso y mas. Hay una bolsa llena detras de la cubierta que oculta la cisterna del retrete. Miles de marcos, dolares, francos suizos de oro… De todo, encanto. Lo unico que necesitas es un destornillador. Reles tiene uno en alguna parte, en los cajones. Eso era lo que buscaba cuando me interrumpiste tu con tu conejo.
Se inclino hacia mi, tanto que saboree el cafe que todavia le impregnaba el aliento.
– Tendras que mejorar la oferta, polizonte, si quieres que te ayude.
– Pues no. Veras, encanto, no te digo todo esto para que me ayudes, sino por si quieres ayudarte a ti misma y, en el intento, te lo tienes que cargar de un tiro, aunque quiza te lo de el a ti. Desde luego, a mi me sera indiferente, porque estare en el fondo del lago Tegel.
– Cabron -dijo levantandose bruscamente.
– Cierto, pero, ya ves, asi al menos puedes estar segura de que lo de la pasta es verdad de la buena. Porque la hay, vaya si la hay, suficiente para empezar una nueva vida en Paris o comprarte un piso en un barrio elegante de Londres. ?Dios! Hay tanto que podrias comprarte todo Bremerhaven.
Se echo a reir y desvio la mirada.
– No me creas, si no quieres. A mi tanto me da, pero piensa lo siguiente, Dora, querida. Un tipo como Max Reles y la clase de gente a la que tiene que pagar por seguir en el negocio. No son de los que se conforman con un cheque personal. Los chanchullos son cuestion de pasta, Dora. Lo sabes. Lo unico que hace falta para que funcionen es mucha pasta.
Se quedo en silencio unos momentos, como si estuviera pensando en otra cosa. Seguramente se imaginaba a si misma paseando por Bond Street con un sombrero nuevo y un buen fajo de billetes de libra en la liga. No me importo imaginarmela yo tambien. Era muy preferible a pensar en mi situacion.
Max Reles reaparecio en cubierta, seguido de cerca por Krempel. Reles llevaba un grueso abrigo de pieles y un gran Colt 45 automatico colgado del cuello con un acollador, como si temiera perderlo.
– Siempre digo que, con las armas, todo cuidado es poco, cuando se va a matar a un hombre desarmado - dije.
– Yo solo mato a gente desarmada -se rio Max-. ?Me tomas por un loco capaz de enfrentarse a un hombre armado? Soy un hombre de negocios, Gunther, no Tom Mix.
