Dejo el Colt en el acollador, rodeo a Dora con un brazo y le hizo presionarse la entrepierna con los dedos. Todavia llevaba el puro en la otra mano.

Dora no se molesto en retirarle la mano y Max se puso a frotarle el conejo. Parecia que ella incluso queria pasarselo bien, pero me di cuenta de que estaba pensando en otra cosa. Probablemente en la cisterna de la suite 114.

– Un hombre de negocios como Little Rico -dije-. Si, eso esta claro.

– ?Vaya! Tenemos aqui a un aficionado al cine, Gerhard. ?Y Veinte mil leguas de viaje submarino? ?La ha visto? Es igual. Dentro de unos minutos la vivira en directo y sabra lo que es bueno.

– Es usted quien va a saber lo que es bueno, Reles, no yo. Vera, tengo una poliza de seguros. No es con Germania Life, pero servira y surte efecto en el instante en que muera yo. No es usted el unico que tiene contactos, amigo americano. Tambien los tengo yo y le aseguro que no son los mismos que sus amigotes alemanes.

Reles sacudio la cabeza y aparto a Dora a un lado.

– Es curioso que nadie piense nunca que se va a morir, pero, por muy llenos que esten los cementerios, siempre hay sitio para un cadaver mas.

– No veo cementerios por aqui cerca, Reles. Lo cierto es que me ha dado una alegria trayendome aqui, al agua, porque nunca he pagado cuota de entierro.

– De verdad que me cae muy bien -dijo-. Se parece usted a mi.

Retiro el percutor del Colt y me apunto al centro de la cara. Lo tenia tan cerca que veia el fondo el canon, adivinaba el mecanismo del seguro y olia el aceite. Con un Colt 45 automatico en la mano, Tom Mix habria podido impedir la irrupcion de las peliculas habladas.

– De acuerdo, Gunther. Veamos sus cartas.

– Hay un sobre en el bolsillo de mi abrigo que contiene los borradores de una carta dirigida a un amigo mio. Un tipo que se llama Otto Schuchardt. Trabaja en la Gestapo, a las ordenes del subcomisario Volk, en Prinz- Albrecht Strasse. Puede corroborar los nombres facilmente. Cuando desaparezca del Adlon, otro amigo mio del Alex, un comisario de investigacion, enviara la copia limpia de esos borradores a Schuchardt. Entonces, lo asaran a usted con mantequilla.

– ?Y que interes puede tener en mi la Gestapo? Soy ciudadano estadounidense, como bien ha dicho usted.

– Un tal capitan Weinberger me enseno lo que el FBI habia mandado a la Gestapo de Wurzburgo. Nada concluyente. Solo es usted sospechoso de unas cuantas cosas. No hay para tanto, dira usted; sin embargo, sobre el homicida de su hermano menor, Abe, el FBI sabe lo suficiente, asi como sobre su padre, Theodor. Un tipo muy interesante, desde luego. Por lo visto, cuando se fue a vivir a America, la policia de Viena lo buscaba por un homicidio perpetrado con un picahielo. Naturalmente, siempre es posible que todo fuese un montaje. Los austriacos tratan a los judios mucho peor que nosotros, aqui en Berlin, pero eso era lo que queria decir yo a mi amigo Otto Schuchardt. Resulta que el trabaja en lo que la Gestapo llama el Negociado de Asuntos Judios. Supongo que se hara una idea de la clase de gente que le interesa.

Reles se dirigio a Krempel.

– Trae aqui su abrigo -dijo. Despues me miro con mala cara-. Si descubro que miente sobre este asunto, Gunther -me apreto la rodilla con el Colt-, antes de tirarlo por la borda le pego un tiro en cada pierna.

– No miento. Lo sabe perfectamente.

– Lo veremos, ?no es eso?

– Me intriga la reaccion que tendran todos sus amigos nazis cuando descubran lo que es, Reles. Von Helldorf, por ejemplo. ?Recuerda lo que paso cuando descubrio lo de Erik Hanussen, el vidente? ?Como no va a acordarse! Esta embarcacion era de Hanussen, precisamente, ?verdad?

Con un movimiento de cabeza senale un salvavidas que estaba sujeto a la baranda. Tenia escrito el nombre de la embarcacion: URSEL IV. Era la que habia visto por la ventana del despacho de Von Helldorf, en el Praesidium de Potsdam. Eso me arranco una sonrisa.

– ?Sabe? Pensandolo bien, es muy curioso, Reles, que sea precisamente usted quien tenga el Ursel. ?Le vendio Von Helldorf esta banera o no es mas que un prestamo de amigo aristocrata que se va a llevar una gran decepcion cuando descubra la verdad sobre usted, Max? Que es judio. Una decepcion tremenda, diria yo. Incluso se sentira traicionado. Conozco a los polis que encontraron el cadaver de Erik Hanussen y, segun me dijeron, lo torturaron antes de acabar con el. Incluso me dijeron que lo habian hecho en este mismo barco, para que nadie lo oyera gritar. Von Helldorf es implacable, Max, y desequilibrado. Le gusta fustigar. ?Lo sabia? Claro, que tambien podria ser usted su judio mimado. Dicen que hasta Goering tiene uno ultimamente.

Krempel volvio con mi abrigo hecho un guinapo en una mano y, en la otra, el sobre con los borradores de la carta que habia entregado la vispera al botones del Adlon para que la echara al correo. Max Reles la leyo con una mezcla de ansiedad y verguenza.

– Es asombroso lo que somos capaces de llegar a hacer en caso de necesidad -dije-. Jamas pense que escribiria una carta a la Gestapo para denunciar a alguien. Por no hablar de que el fundamento de la denuncia sea la discriminacion racial. En cualquier otra circunstancia, me habria dado asco a mi mismo, Max, pero, tratandose de usted, ha sido un autentico placer. Casi deseo que me mate. Valdria la pena solo por pensar en la cara que pondrian todos ellos, incluido Avery Brundage.

Reles estrujo la carta con un puno muy enfurecido y la arrojo por la borda.

– No pasa nada -dije-. Guarde una copia.

El Colt 45 seguia en la otra mano. Parecia un hierro 4 de golf.

– Es listo, Gunther. -Solto una risita, pero la falta de color de su cara me indico que no era autentica-. Ha jugado bien esas cartas, lo reconozco. Sin embargo, aunque le perdone la vida, seguire metido en un buen lio. Si, senor, un lio tremendo. -Dio unas caladas al puro y lo tiro por la borda-. Aun asi, me parece que tengo la solucion. Si, creo que si.

– Sin embargo, tu, querida mia -se volvio a Dora, que habia sacado la polvera del bolso y estaba retocandose el perfilado de los labios-, sabes demasiado.

Se le cayo la polvera. A nadie nos extrano, porque Reles la estaba apuntando a ella con el Colt, en vez de a mi.

– ?Max? -Sonrio, nerviosamente, quiza, pensando por medio instante que era una broma-. ?Que dices? Te quiero, mi amor. No te traicionaria jamas, Max. Lo sabes, ?verdad?

– Los dos sabemos que no y, aunque creo que tengo una manera de garantizar que Gunther, aqui presente, no llegue a denunciarme a la Gestapo, en tu caso no es lo mismo. Me gustaria que se me ocurriese otra solucion, de verdad, pero eres lo que eres.

– ?Max! -Dora grito su nombre esta vez.

Dio media vuelta y echo a correr, como si tuviera algun sitio adonde ir.

Reles dejo escapar un suspiro que casi me hizo sentir lastima de el. Vi que lamentaba tener que matarla, pero yo no le habia dejado alternativa. Eso era ya evidente. Apunto el arma y disparo en direccion a Dora. Sono como un canonazo de barco pirata. El tiro la abatio como un guepardo a una gacela y su cabeza parecio reventar con un pensamiento sonrosado, integramente compuesto de sangre y sesos.

Volvio a disparar, pero ya no apuntaba a Dora Bauer. Ella habia caido de cara a mi, yacia en un charco de sangre roja y espesa que empezaba a extenderse por la cubierta, se estremecia un poco, pero seguramente estaba muerta. El segundo tiro fue para Gerhard Krempel. Lo pillo desprevenido y le levanto la tapa de los sesos como si fuese un huevo duro. El impacto fue tan fuerte que lo tumbo contra la barandilla, desde donde cayo al agua.

Un intenso olor a cordita impregno el aire y se mezclo limpiamente con el acre del miedo cerval que tenia yo.

– ?Ah, mierda! -gimio Reles mirando por la borda-. Queria hundirlos juntos con un peso, como en la opera, una de esas operas alemanas de mierda que no terminan nunca. -Puso el seguro a la pistola y la encajo en el acollador-. No hay mas remedio que dejarlo ahi. No se puede hacer otra cosa. Y ahora, Dora. ?Dora?

Meticulosamente, dio la vuelta alrededor del charco de sangre y le toco la nuca suavemente con la punta de su zapato blanco. Despues le dio un poco mas fuerte, como para asegurarse de si estaba muerta. Sus ojos, inmoviles y abiertos de miedo todavia, me miraban acusadoramente, como si me hiciese responsable absoluto de lo que le habia sucedido. Y tenia razon, naturalmente. Reles jamas podria confiar en ella.

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