de putas mas famosa y lujosa de la ciudad.

Yara me gustaba, pero nada mas. Se quedaba cuando le apetecia, no porque se lo pidiese yo, sino porque queria ella. Me parece que era negra, aunque en Cuba no es facil distinguir esas cosas con certeza. Era alta y delgada, unos veinte anos mas joven que yo y tenia cara de caballito muy querido. No era prostituta, porque no cobraba por ello, solamente lo parecia. Casi todas las mujeres de La Habana lo parecian. Casi todas las prostitutas parecian la hermana menor de uno. Yara no lo era porque se ganaba mejor la vida robandome. No me importaba. Asi me evitaba tener que pagarle. Ademas, solo me robaba lo que creia que podia sobrarme. No escupia ni fumaba puros y era creyente de la santeria, una religion que me parecia un poco como el vudu. Me hacia gracia que rezase por mi a unos dioses africanos. Seguro que funcionaban mejor que los dioses a los que habia rezado yo.

Tan pronto como se desperto el resto de la ciudad, me fui por el paseo del Prado en mi Chevrolet Styline. Probablemente ese modelo fuera el mas normal en Cuba y, muy posiblemente, uno de los de mayor tamano. Tenia mas metal que Aceros Bethlehem. Aparque delante del Gran Teatro. Era un edificio neobarroco con una lujosa fachada tan atestada de angeles que, evidentemente, el arquitecto debia de creer que era mas importante ser dramaturgo o actor que apostol. En estos tiempos, cualquier cosa es mas importante que ser apostol. Sobre todo en Cuba.

Habia quedado con Freeman en el fumadero de la cercana fabrica de puros Partagas, pero era pronto, conque me fui al hotel Inglaterra y me puse a desayunar en la terraza. Alli me encontre con el tipico elenco de personajes cubanos, salvo las prostitutas: todavia era demasiado temprano para ellas. Habia oficiales navales estadounidenses de permiso, procedentes de un buque de guerra anclado en la bahia, algunas matronas turistas, unos cuantos hombres de negocios chinos del cercano Barrio Chino, un par de hampones con traje de sarga y pequeno sombrero Stetson y tres oficiales del gobierno con chaqueta oscura de raya diplomatica, la cara mas oscura que las hojas de tabaco y gafas mas oscuras todavia. Tome un desayuno ingles y luego cruce el bullicioso Parque Central, lleno de palmeras, y me acerque a mi tienda predilecta de La Habana.

Hobby Centre, en la esquina de Obispo y Berniz, vendia maquetas de barcos, coches de juguete y, lo mas importante para mis propositos, trenes electricos. Yo tenia un Dublo de sobremesa con tres carriles. No se parecia en nada al que habia visto en una ocasion en casa de Hermann Goering, pero me gustaba mucho. En la tienda, recogi una locomotora nueva con vagoneta que habia pedido a Inglaterra. Tenia muchas maquetas inglesas, pero tambien habia hecho varios elementos de mi juego yo mismo, en mi taller de casa. A Yara le desagradaba el taller casi tanto como temia el juego del tren. Le parecia que todo aquello era un poco demoniaco. No porque emulase el movimiento de los trenes de verdad. No; no era tan primitiva. Lo que consideraba un tanto hipnotico y demoniaco era que pudiese fascinar tanto a un hombre adulto.

La tienda estaba a pocos metros de La Moderna Poesia, la mayor libreria de La Habana, aunque mas bien parecia un refugio antiaereo de cemento. Me cobije en el interior y elegi un libro de ensayos de Montaigne en ingles, no porque ardiese en deseos de leer al autor, porque solo lo conocia vagamente de oidas, sino porque me parecio un libro para mejorar y, la verdad, practicamente cualquiera de Casa Marina podria haberme recomendado mejorar un poco. Pense que, como minimo, necesitaba empezar a ponerme gafas con mayor frecuencia. Por un momento crei tener una vision. Alli, en la libreria, habia una persona a la que habia visto por ultima vez en otra vida, hacia veinte anos.

Era Noreen Charalambides.

Solo que no lo era. Habia dejado de ser Noreen Charalambides, igual que habia dejado yo de ser Bernhard Gunther. Hacia mucho tiempo que se habia separado de Nick, su marido, y habia vuelto a ser Noreen Eisner, que era como la conocia el mundo lector ahora, por ser autora de mas de diez novelas de exito y varias obras de teatro famosas. Estaba firmando un libro bajo la ferviente mirada de una empalagosa turista estadounidense, en la caja en la que iba yo a pagar el libro de Montaigne, es decir, que nos vimos los dos al mismo tiempo. De lo contrario, es facil que me hubiese largado a la chita callando. Lo habria hecho porque estaba en Cuba con un nombre falso y, cuanta menos gente lo supiera, mejor. Y tambien por otro motivo: no estaba yo nada favorecido fisicamente. Habia dejado de estarlo en la primavera de 1945. Ella, por el contrario, no habia cambiado nada. En su pelo castano se veia alguna hebra blanca; tambien un par de arrugas en la frente, pero seguia siendo guapisima. Llevaba un bonito broche de zafiro y un reloj de oro. Escribia con una estilografica de plata y de su brazo colgaba un caro bolso de cocodrilo.

Al verme, se tapo la boca con la mano, como si hubiera visto un fantasma. Y a lo mejor era cierto. Cuanto mayor me hago, mas facil resulta creer que mi pasado es el de otro y que no soy mas que un espiritu en el limbo o un holandes errante, condenado a surcar los mares eternamente.

Me toque el ala del sombrero solo por comprobar si la cabeza seguia en su sitio y dije «Hola», pero en ingles, cosa que debio de confundirla un poco mas. Pensando que no se acordaria de mi nombre, fui a quitarme el sombrero, pero no lo hice. Quiza fuese mejor asi, hasta que le dijese el nuevo.

– ?De verdad eres tu? -musito.

– Si.

Se me puso en la garganta un nudo mas grande que un puno.

– Creia que habias muerto, con toda probabilidad. Lo daba por cierto, la verdad. No puedo creer que seas tu.

– A mi me pasa lo mismo, cada vez que me levanto por la manana y me voy cojeando al cuarto de bano. Siempre tengo la sensacion de que me han cambiado el cuerpo por el de mi padre mientras dormia.

Noreen sacudio la cabeza. Se le saltaron las lagrimas. Abrio el bolso y saco un panuelo que no habria servido ni para enjugar el llanto de un raton.

– Puede que seas la respuesta a mi oracion -dijo.

– Pues habras rezado a la santeria -dije-, a algun espiritu vudu disfrazado de santo catolico… o peor todavia.

Me calle un momento pensando en que antiguos demonios, que poderes infernales se habrian apoderado de Bernie Gunther y lo habrian convertido misteriosa y perversamente en respuesta a una oracion inutil.

Cohibido, mire alrededor. La turista untuosa era una senora gorda de unos sesenta anos, con guantes finos y un sombrero de verano con velo que recordaba a un apicultor. Nos miraba a Noreen y a mi con una atencion como si estuvieramos en el teatro. Cuando no observaba la conmovedora escenita del reencuentro, contemplaba la firma de su libro, como si no pudiera terminar de creer que la habia estampado la autora.

– Oye -dije-, aqui no podemos hablar. Quedemos en el bar de la esquina.

– ?El Floridita?

– Nos vemos alli dentro de cinco minutos. -Entonces, mire a la cajera y le dije-: Cargue esto a mi cuenta, por favor. Me llamo Hausner. Carlos Hausner.

Lo dije en espanol, pero estaba seguro de que Noreen lo entenderia. Siempre entendia rapidamente cualquier situacion. Le lance una mirada y asenti con un gesto. Ella asintio tambien, como dandome a entender que mi secreto estaba bien guardado. De momento.

– Bien, en realidad ya he terminado -dijo Noreen. Sonrio a la turista; esta sonrio tambien y le dio las gracias profusamente, como si, en vez de un libro, le hubiese firmado un cheque de mil dolares-. En tal caso, ?por que no nos vamos juntos? -Me agarro del brazo y me llevo hasta la salida-. La verdad es que no quiero que desaparezcas ahora, que he vuelto a encontrarte.

– ?Por que iba a desaparecer?

– ?Ah! Se ocurren muchos motivos -dijo-, «senorHausner». A fin de cuentas, soy escritora.

Salimos de la libreria y subimos una cuesta suave en direccion al Floridita.

– Ya lo se. Incluso he leido un libro tuyo, el de la Guerra Civil Espanola: Lo peor es lo mejor para el valiente.

– ?Y que te parecio?

– ?Sinceramente?

– Intentalo, digo yo, «Carlos»

– Me gusto.

– Conque no mientes solo sobre tu nombre, ?eh?

– En serio, me gusto.

Estabamos fuera del bar. Un hombre abrio la capota de un Oldsmobile y nos saludo interponiendose en nuestro camino.

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