-Sacudio la cabeza-. No, el problema que tengo es el siguiente. ?Que voy a hacer con ese capitan de la Gestapo de Wurzburgo? ?Como se llamaba? ?Weinberger?
Asenti.
– Sabe demasiado de mi.
Asenti de nuevo.
– Digame, Gunther. ?Esta casado? ?Tiene hijos? ?Alguien a quien ame, con quien pueda amenazarlo, si se sale del buen camino?
Sacudi la cabeza.
– Afirmo con toda sinceridad que la unica persona a la que quiere verdaderamente es a si mismo. Al menos en ese aspecto, responde a las caracteristicas de cualquiera que trabaje en la Gestapo. Lo unico que le preocupa es su carrera y prosperar, al precio que sea.
Reles asintio y dio un breve paseo por la cubierta.
– Al menos en ese aspecto, ha dicho. ?En que otro es diferente?
Sacudi la cabeza y me di cuenta de que me dolia horriblemente, un dolor de los que parece que te van a dejar ciego.
– No entiendo bien adonde quiere ir a parar.
– ?Es marica? ?Le gustan las chicas? ?Se deja sobornar? ?Cual es su talon de Aquiles? ?Tiene alguna debilidad? -Se encogio de hombros-. Mire, probablemente podria hacer que lo matasen, pero cuando se cargan a un poli, se levanta mucho oleaje, como paso este verano, que se cargaron a uno a la puerta del Excelsior. La pasma de Berlin armo mucho revuelo con eso, ?no?
– Digamelo a mi.
– No quiero deshacerme de el, pero todo el mundo tiene un punto debil. El suyo es Noreen Charalambides; el mio, esa puta carta que esta en el cajon de un poli, ?no es eso? Bien, ?cual es la debilidad de ese capitan Weinberger?
– Ahora que lo menciona, hay una cosa.
Chasqueo los dedos dirigiendose a mi.
– Bien, oigamosla.
No dije nada.
– Que te jodan, Gunther. Esto no es una cuestion de conciencia, es Noreen lo que esta en juego. Piense que puede abrir la puerta una noche y encontrarse con mi hermanito Abe en el umbral. La verdad es que el pincho se me da mejor a mi que a el. Hay pocos que me superen, salvo mi viejo, quiza, y el medico que se lo enseno. A mi lo mismo me da usar una pistola. Tambien cumple su cometido. Sin embargo, Abe… -Max Reles sacudio la cabeza y sonrio-. Una vez, en Brooklyn, cuando estabamos trabajandonos a los hermanos Shapiro (unos personajes del hampa del barrio), el chico se cargo a un tipo en un tren de lavado porque no le habia limpiado bien el coche. Le habia dejado las ruedas sucias. Al menos, eso fue lo que me conto el. A plena luz del dia, lo dejo sin sentido y luego le clavo el picahielo en el oido. Ni una senal. La poli creyo que le habia dado un ataque cardiaco. ?Y los Shapiro? Murieron tambien. En el mes de mayo, enterramos vivo a Bill en el arenal de un parque, Abe y yo. Es uno de los motivos por los que vine a Berlin, Gunther, para dejar que se calmasen los animos un poco. -Hizo una pausa-. En resumen, ?me he explicado bien? ?Quiere que tenga que decirle al chico que entierre viva a la puta esa, como a Bill Shapiro?
Dije que no con la cabeza.
– De acuerdo -conteste-, se lo voy a decir.
SEGUNDA PARTE
1
Cuando sopla viento del norte, el mar embiste contra el muro del Malecon como desatado por un ejercito de sitiadores dispuestos a abatir La Habana por la revolucion. Saltan por el aire galones de agua y caen en forma de lluvia sobre la ancha via costera, arrastrando parte del polvo de los grandes coches estadounidenses que viajan hacia el oeste y empapando a los peatones que, osados o incautos, se atreven a pasear por alli en invierno.
Me quede unos minutos contemplando el batir del mar a la luz de la luna con verdadera esperanza. Las olas se acercaban mucho, pero no lo suficiente para alcanzar el gramofono de unos jovenes cubanos que habian pasado casi toda la noche oyendo rumbas -la musica que suena en toda la isla- enfrente de mi edificio de apartamentos, impidiendome dormir a mi y, seguramente, a otros cuantos vecinos mas. A veces echaba de menos el ritmo rustico y monstruoso de las bandas alemanas de metales, por no hablar de las granadas de mano y sus propiedades para despejar las calles.
Incapaz de dormir, se me ocurrio que podia ir a Casa Marina, pero lo descarte, porque a esas horas, lo mas seguro era que mi chica predilecta ya no estuviera libre. Por otra parte, Yara estaba durmiendo en mi cama y, aunque jamas habria puesto objeciones a que saliese tan tarde a dar una vuelta, seria desperdiciar los diez dolares que tendria que pagar a dona Marina, porque yo ya no podia cumplir debidamente la tarea de hacer el amor dos dias seguidos, conque no digamos dos veces en una sola noche. Asi pues, me sente a terminar el libro que estaba leyendo.
El libro era en ingles.
Llevaba una temporada estudiando esa lengua con la intencion de convencer a un ingles, llamado Robert Freeman, de que me diese trabajo. Freeman era empleado de Gallaher, el gigante britanico del tabaco, y dirigia una empresa subsidiaria, la J. Frankau, que tenia la exclusiva de la distribucion de puros habanos en Gran Bretana desde 1790. Lo rondaba con la esperanza de convencerlo de que me mandase a Alemania -por cuenta propia, anado-, a abrir nuevos mercados en Alemania Occidental. Suponia que bastaria una carta de presentacion y unas cuantas cajas de puros de muestra para facilitar el regreso a Alemania a Carlos Hausner, argentino descendiente de alemanes, y a mi, de paso.
No es que Cuba no me gustase. Ni mucho menos. Habia salido de Argentina con cien mil dolares americanos y vivia muy holgadamente en La Habana, pero suspiraba por un lugar sin insectos que picasen, donde la gente se fuese a dormir a una hora prudencial y donde las bebidas se tomasen sin hielo: estaba harto de ganarme un dolor de cabeza helado cada vez que iba a un bar. Otro motivo para querer volver a Alemania era que mi pasaporte argentino no duraria eternamente. Sin embargo, en cuanto estuviera alli sano y salvo, podria desaparecer sin peligro. Una vez mas.
Naturalmente, de volver a Berlin, ni hablar. Por un motivo: la ciudad habia quedado sin salida al mar, sitiada, en poder de los comunistas en la Republica Democratica de Alemania. Y por otro mas: era facil que la policia de Berlin me tuviese en busca y captura en relacion con el homicidio de dos mujeres en Viena en 1949. No es que las hubiese matado yo. He hecho muchas cosas en mi vida de las que me siento menos orgulloso, pero jamas he matado a una mujer, sin contar a una sovietica a la que pegue un tiro en el largo y torrido verano de1941; pertenecia a un escuadron de la muerte de la nkvD que acababa de matar en sus celdas a unos cuantos millares de prisioneros desarmados. Sin embargo, supongo que los rusos me considerarian un criminal, otra buena razon para no volver a Berlin. Hamburgo parecia mejor plan: se encontraba en la Republica Federal y no conocia a nadie alli. Y lo que es mas importante: nadie me conocia a mi.
Entre tanto, vivia bien. Tenia lo que deseaba la mayoria de los habaneros: un apartamento grande en el Malecon, un gran coche americano, una mujer que me proporcionaba relaciones sexuales y una que me hacia la comida. Algunas veces, coincidian las dos en la misma persona. Sin embargo, mi apartamento de Vedado se encontraba a unas pocas y tentadoras manzanas de la esquina con la calle Cuarenta y Cinco y, mucho antes de que Yara se convirtiera en mi amante ama casa, habia adquirido yo la costumbre de visitar con regularidad la casa
