30

Entre en la suite 114 y cerre la puerta antes de encender la luz. La puertaventana estaba abierta y la habitacion, fria. Los visillos bailoteaban por detras del sofa como dos fantasmas de comedia y el chaparron habia empapado el borde de la cara moqueta. La cerre. A Reles no le preocuparia, solo pensaria que lo habria hecho la doncella.

Habia varios paquetes abiertos por el suelo, cada uno con un objeto de arte oriental protegido entre paja. Me fije en uno de ellos. Era una estatuilla de bronce o, posiblemente, de oro de una deidad oriental con doce brazos y cuatro cabezas, de unos treinta centimetros de altura; parecia bailar un tango con una muchacha muy ligera de ropa, que me recordo mucho a Anita Berber. Anita habia sido la reina de las bailarinas desnudas de Berlin, en el White Mouse Club de Jagerstrasse, hasta que una noche tumbo a un cliente con el casco de una botella de champan. La cuestion fue que el hombre se opuso a que la artista ejecutase su numero en su mesa: orinarse. Eche de menos el viejo Berlin.

Volvi a guardar la estatuilla en su nido y eche un vistazo alrededor de la habitacion. Al otro lado de una puerta entreabierta se veia el dormitorio, que estaba a oscuras. La del cuarto de bano estaba cerrada. Me pregunte si la metralleta Thompson, el dinero y las monedas de oro seguirian detras de la loseta de la cisterna del retrete.

Al mismo tiempo, me llamo la atencion el cubo de hielo, que estaba al lado de la bandeja de las botellas, en el aparador. Junto al cubo estaba el pincho.

Lo cogi. Media unos veinticinco centimetros de largo y estaba mas afilado que un estilete. El macizo mango, de forma rectangular, tenia una letras labradas: citizens ice 100% pure en una cara y citizens en la otra. Resultaba curioso que alguien se trajese de America un objeto asi, pero solo hasta que se sabia que posiblemente fuese el arma blanca predilecta de su dueno. La verdad es que lo parecia, y muy eficaz. He visto navajas de resorte menos amenazadoras en manos de un hombre. De todos modos, no me parecio que tuviese mucho sentido tomarlo prestado con la esperanza de que alguien del Alex le hiciese algunas pruebas. Al menos, mientras Max Reles lo usase tambien para ponerse hielo en la bebida.

Lo deje en su sitio y me fui a mirar la maquina de escribir. Todavia habia una carta sin terminar en el rodillo de la brillante Torpedo portatil. Lo hice girar hasta sacar el papel de la guia y del sujetahojas. Era para Avery Brundage, dirigida a una direccion de Chicago, y estaba en ingles, pero eso no me impidio observar que la letra «g» de la Torpedo subia medio milimetro mas que las otras teclas.

Tenia la presunta arma del crimen, la maquina de escribir con la que Reles habia falsificado las ofertas para los contratos olimpicos, una copia del informe del FBI y un formulario de la KRIPO de Viena. Lo unico que me faltaba por hacer era comprobar si la metralleta seguia donde yo pensaba. Justificar la tenencia de semejante arma no seria facil ni para un hombre como Max Reles. Mire por encima buscando el destornillador, pero, como no lo vi, me puse a abrir cajones.

– ?Buscas algo en particular?

Era Dora Bauer. Estaba en el umbral de la puerta del dormitorio, desnuda, aunque el objeto que llevaba en las manos era tan grande que habria podido taparse con el. Era suficientemente grande. Una Mauser Bolo es mucha arma. Me pregunte cuanto tiempo aguantaria el peso con los brazos estirados sin cansarse.

– Creia que no habia nadie -dije-. Desde luego, no esperaba verte a ti, querida Dora, ni tanto de ti.

– No es la primera vez que se le salen los ojos a alguien de tanto mirarme, polizonte.

– ?De donde sacas esa idea? Yo, un polizonte. ?Que ocurrencias!

– No me digas que estas registrando los cajones para llevarte algo. Tu no, no das el tipo.

– ?Quien lo dice?

– No -sacudio la cabeza-. Este trabajo me lo encontraste tu y ni siquiera me pediste comision. ?Que ladron lo haria?

– Eso demuestra que me debes una, ?ves?

– Ya te la he pagado.

– ?Si?

– Claro. Entra aqui un tio con una botella en el bolsillo y se pone a revolver los cajones: podria haberte disparado hace cinco minutos, pero no creas que no voy a apretar el gatillo porque no lo haya hecho ya, seas poli o dejes de serlo. Por lo que se de ti, Gunther, tus antiguos colegas del Alex podrian tomarselo como un favor personal.

– Es a mi a quien estas haciendo un favor, fraulein. No habia visto tanta cantidad de chica bonita desde que cerraron Eldorado. ?Es ese el uniforme que te pones para escribir a maquina y tomar notas? ?O es como terminas, cada vez que Max Reles te hace un dictado? Sea lo que sea, no me quejo. Hasta con un arma en la mano eres un regalo para la vista.

– Estaba durmiendo -dijo-. Al menos, hasta que empezo a sonar el telefono. Supongo que eras tu, a ver si habia moros en la costa.

– Es una lastima que no respondieses. Te habria ahorrado el sofoco.

– Puedes mirarme el conejo cuanto quieras, polizonte, que no me voy a sofocar.

– Oye, ?por que no retiras el arma y te pones una bata? Despues hablamos. El motivo por el que estoy aqui es muy sencillo.

– Me parece que se por que has venido, Gunther. Max y yo te estabamos esperando desde que fuiste de excursion a Wurzburgo.

– Una ciudad pequena y bonita, aunque al principio no me gusto. ?Sabias que alli esta una de las mejores catedrales goticas de Alemania? La construyeron los principes obispos de la localidad, para compensar el homicidio de un pobre sacerdote irlandes, san Kilian, perpetrado por los ciudadanos en el ano 689. Si Reles va alli algun dia, encajara perfectamente, aunque seguro que va pronto, ahora que es propietario de una o dos canteras proveedoras del Comite Olimpico de Alemania. Ademas, no lo olvidemos, ha matado a una persona con ese picahielo que hay en el aparador.

– Tendrias que trabajar en la radio.

– Escuchame, Dora. En estos momentos, es Max quien se juega el cuello. ?Te acuerdas de Myra Scheidemann, la homicida de la Selva Negra? Por si se te habia olvidado, aqui, en este gran pais nuestro, tambien se ejecuta a las mujeres. Seria una lastima que terminases como ella, conque se prudente y deja el arma. Puedo ayudarte, igual que la otra vez.

– Callate. -Me apunto con el largo canon de la Mauser y luego senalo el cuarto de bano-. ?Adentro! -dijo con furia.

Obedeci. Se el dano que puede hacer una bala de Mauser. Lo que me preocupaba no era el agujero que abre al entrar, sino el que abre al salir. La diferencia es lo que va de un cacahuete a una naranja.

Abri la puerta del cuarto de bano y encendi la luz.

– Quita la llave de la cerradura -dijo- y vuelve a ponerla por este lado.

Por otra parte, Dora habia sido prostituta. Probablemente siguiera siendolo y ellas no suelen tener remilgos a la hora de disparar, sobre todo a los hombres. Myra Scheidemann era una prostituta que habia matado a tres clientes suyos en el bosque de un tiro en la cabeza, en pleno acto sexual. A veces tengo la impresion de que muchas prostitutas no aprecian gran cosa a los hombres. Me parecio que a esta en concreto no le importaria nada descerrajarme un tiro, de modo que saque la llave de la cerradura y la puse por el lado de fuera, tal como me habia ordenado.

– Ahora, cierra.

– ?Y perderme el espectaculo?

– No me obligues a demostrar que se manejar un arma.

– Podrias presentarte con el equipo olimpico de tiro. Creo que te seria muy facil impresionar al jurado de seleccion, asi vestida. Claro, que a lo mejor resulta complicado sujetarte la medalla en el pecho, aunque siempre podrias recurrir al picahielo.

Dora estiro el brazo, me apunto a la cabeza deliberadamente y agarro la Mauser con firmeza.

– Esta bien, esta bien.

Cerre la puerta de una patada, furioso conmigo mismo por no haber pensado en llevarme la pequena automatica que le habia quitado a Eric Goerz. Al oir el mecanismo de la cerradura, acerque el oido a la puerta e intente seguir la conversacion.

– Creia que eramos amigos, Dora. Al fin y al cabo, fui yo quien te proporciono el trabajo con Max Reles, ?te

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