tenia intencion de aclarar el asunto con Walter March, me dijo, porque estaba muy interesado en nuestra piedra. Recuerdo que en ese momento le dije que tuviese cuidado con la presion arterial. Cuando se enfadaba por algo, se ponia muy colorado. Por tanto, cuando me dijeron que habia muerto, naturalmente sospeche que seria por motivos de salud.
– ?Sabe por que podia tener Max Reles una propuesta de contrato de su empresa?
– ?Es alguien del ministerio?
– Pues no; es un hombre de negocios estadounidense de origen aleman.
La mujer nego con un movimiento de cabeza.
Saque la carta que habia encontrado en la caja china y la desdoble encima de la mesita auxiliar.
– Tenia sospechas de que Max Reles estaba sacando tajada de los contratos de los proveedores, una especie de cuota o comision de servicios, pero, puesto que el contrato no fue para su esposo, no acabo de saber que relacion tendrian ni por que le preocupaba a Max Reles que hiciese preguntas sobre su marido. No es que me pusiera a preguntar desde el principio, entiendame, solo a partir del momento en que una persona relaciono a Heinrich Rubusch con Isaac Deutsch, dando por supuesto que yo ya conocia esa relacion -bostece-, cuando en realidad no tenia ni idea. Lo siento, no entendera usted nada de lo que le estoy contando. Creo que estoy cansado y, seguramente, un poco borracho.
Angelika Rubusch no me escuchaba y no es de extranar. No sabia nada de Isaac Deutsch y probablemente no le importase. Yo estaba mas incoherente que un equipo de futbol ciego. Bernie Gunther daba tumbos en la oscuridad y patadas a un balon que ni siquiera existia. La mujer movia la cabeza sin parar, y ya me disponia a pedirle disculpas, cuando vi que estaba leyendo su documento de oferta.
– No lo entiendo -dijo.
– Pues ya somos dos. Hace rato que no entiendo nada. A mi, las cosas me pasan y ya esta. No se por que. Menudo detective, ?eh?
– ?De donde ha sacado esto?
– Lo tenia Max Reles. Al parecer, mete cuchara en muchos platos olimpicos. Encontre esa carta en un objeto que le pertenecia, una antigua caja china que se perdio durante unos dias. Fue entonces cuando tuve la clara impresion de que Max Reles deseaba recuperarla verdaderamente.
– Creo que entiendo el motivo -dijo Angelika Rubusch-. Esta no es la oferta que hicimos. El papel si es nuestro, pero las cifras no son las mismas. Este precio es superior al que presupuestamos nosotros por la cantidad prevista de piedra caliza: el doble, aproximadamente. Ahora, al verlo, no me extrana que no nos dieran el contrato.
– ?Esta segura?
– Desde luego, la secretaria de mi marido era yo, por no arriesgarme a… bueno, ya sabe, pero ahora no tiene importancia. Toda la correspondencia de la empresa la escribia yo, incluido el original de la carta de nuestra oferta al Comite Olimpico, y le aseguro que esto no lo escribi yo. Hay faltas de ortografia. Para empezar, no se escribe «Wurzburgo», con «o».
– Ah, ?no?
– Si eres de aqui, no, desde luego. Ademas, la letra «g» de esta maquina de escribir esta un poco mas alta que las demas. -Me enseno la carta y senalo, con una una bien cuidada, la «g» discola-. ?Lo ve?
La verdad es que se me nublaba la vista un poco, pero asenti de todos modos.
Alzo la carta a la luz.
– ?Y sabe otra cosa? Este papel en realidad no es el nuestro; se le parece, pero la marca de agua es distinta.
– Ya veo -y si lo veia, en realidad.
– Claro -dije-, seguro que Max Reles ha falsificado ofertas. Creo que la cosa funciona asi: uno presenta su propio presupuesto y despues hace lo necesario para que los de la competencia presenten unos precios absurdamente hinchados, o bien, ahuyenta a los competidores como sea. Si esta oferta es falsa, Max Reles anda tras la empresa que haya conseguido el contrato para el suministro de piedra. Seguramente fuese un presupuesto elevado, tambien, pero no tanto como el de su marido. Por cierto, ?a quien se lo dieron?
– A Calizas del Jura Wurzburg -dijo ella sin entusiasmo-. Es nuestro principal competidor y la empresa a la que voy a vender la mia.
– De acuerdo. Puede que Reles pidiese a Heinrich que subiera el precio, de modo que el gobierno hiciera la concesion a su competidor. Si su marido se avenia, cobraria una comision e incluso quiza terminara por suministrar el la piedra del Jura, con la ventaja de que asi cobraria dos veces.
– Aunque Heinrich me enganase como marido -dijo ella-, en los negocios no actuaba asi.
– En tal caso, Max Reles debio de intentar apretarle las clavijas, pero no lo consiguio. O, sencillamente, falsifico la oferta de la empresa de su marido. E incluso las dos cosas. Sea como fuere, Heinrich lo descubrio y Max Reles se deshizo de el con rapidez y discrecion, pero definitivamente. Ahora si que encajan las cosas. La primera vez que vi a su marido fue en una cena que ofrecio Reles a muchos hombres de negocios; tuvieron una discusion. Algunos invitados se marcharon enfurecidos. Quiza les pidiese que inflasen los presupuestos de alguna otra partida.
– ?Que vamos a hacer ahora?
– Manana por la manana tengo una cita con la Gestapo de la ciudad. Al parecer, no soy el unico que se interesa por Max Reles. Quiza me cuenten lo que saben o quiza se lo cuente yo y, asi, es posible que entre todos encontremos la manera de seguir adelante. Pero me temo que se imponga la necesidad de otra autopsia. Es evidente que el forense de Berlin paso algun detalle por alto. Es lo normal, en los tiempos que corren. El rigor de los forenses ya no es lo que era, como todo lo demas.
28
Se sube hasta una puerta vigilada por dos hombres de casco blanco, uniforme negro y guantes blancos. No estoy seguro del motivo de los guantes blancos. ?Son para convencernos a los demas de la pureza de obras e intenciones de las SS? En tal caso, a mi no me convencen: son las milicias que se cargaron a Ernst Rohm y Dios sabra a cuantos hombres mas de las SA.
Al otro lado de una pesada puerta de madera y cristal se abren un vestibulo con el suelo de piedra y unas escaleras de marmol. Cerca del mostrador hay una bandera nazi y un retrato de Adolf Hitler de cuerpo entero. Atiende el mostrador un hombre de uniforme negro, con la actitud de poca disposicion a ayudar que tanto se ha generalizado en Alemania. Es la cara de la burocracia y la oficialidad totalitarias, una cara que no desea servir al publico. No le importa si vives o mueres, no te considera un ciudadano, sino un objeto al que hay que procesar: o mandarlo arriba o echarlo a la calle. Es el vivo retrato del hombre que deja de comportarse como ser humano y se convierte en robot.
Obediencia ciega. Ordenes que cumplir sin pensarlo un momento. Eso es lo que quieren: prietas filas de automatas con casco de acero, una tras otra.
Se comprueba mi cita en una lista pulcramente mecanografiada que se encuentra en el pulido mostrador. He llegado temprano. No debo llegar temprano ni tarde. Ahora tendre que esperar y el robot no sabe que hacer con una persona que ha llegado temprano y tiene que esperar. Al lado del hueco del ascensor hay una silla de madera desocupada. Por lo general, ahi se sienta un guardia, me dicen, pero puedo ocuparla hasta la hora convenida.
Me siento. Pasan unos minutos. Fumo. Exactamente a las diez en punto el robot descuelga el telefono, marca un numero y anuncia mi llegada. Me ordenan que suba al cuarto piso en el ascensor, donde me recibira otro robot. Entro en el ascensor. El robot que maneja la maquinaria ha oido la orden y asume temporalmente la responsabilidad de mis movimientos en el edificio.
En el cuarto piso, un grupo espera el ascensor para bajar. Uno de ellos es un hombre a quien sujetan por los brazos dos robots. Esta esposado y semiinconsciente; tiene sangre en la nariz y en la ropa. A nadie parece avergonzarle ni cohibirle que yo este alli y lo vea todo. Seria como reconocer la posibilidad de haber hecho algo malo, pero todo lo que le hayan hecho ha sido en el nombre del Guia y, por tanto, no ha lugar. Lo arrastran al interior del ascensor y el tercer robot, que se ha quedado de pie en el rellano del cuarto piso, me conduce por un
