Registrarme en el hotel Palace Russia House me animo un poco. Despues de una semana bajo custodia policial, me apetecia un buen hotel. De todos modos, era una cosa que siempre me apetecia y, como por fin habia superado los escrupulos y habia cobrado el cheque de Noreen, podia permitirmelo. Tras una cena frugal en el Konigs Cafe del hotel, di un paseo de casi un kilometro en direccion este por Rottendorfer Strasse, hasta un barrio tranquilo proximo a una represa, para hacer una visita a la viuda de Rubusch.

Era una casa solida de dos pisos -tres, contando la buhardilla del alto tejado- con la puerta principal panzuda y salediza y un solido muro de granito rematado por largas estacas blancas. Estaba pintada del mismo color marron claro amarillento que la pequena estrella de David de un muro muy parecido que rodeaba el jardin de la casa de enfrente. Habia un par de coches aparcados fuera, nuevos los dos y de la marca Mercedes-Benz. Hacia poco que habian podado los arboles. Era un agradable vecindario aleman: tranquilo, bien conservado y solidamente respetable. Hasta la estrella amarilla parecia pintada por un profesional.

Subi los peldanos hasta la puerta y tire de la cuerda de una campanilla tan grande como un canon de barco y casi igual de estruendosa.

Se encendio una luz y aparecio una doncella en el umbral: una muchachota de trenzas pelirrojas y un gesto tozudo, casi beligerante, en el menton.

– ?Si?

– Bernhard Gunther -dije-. Me esta esperando Frau Rubusch.

– No me han dicho nada.

– Es posible que el telegrama de Hitler no haya llegado todavia, pero seguro que tenia intenciones de avisarla.

– No se ponga sarcastico -dijo, dio un largo paso atras y abrio la curvada puerta-. ?Si supiera usted la cantidad de cosas que se espera que haga en esta casa…!

Deje la cartera y me quite el sombrero y el abrigo, mientras ella cerraba la puerta cuidadosamente con pestillo y todo.

– Me da la sensacion de que necesita usted una criada -dije.

Me clavo una mirada asesina.

– Espere aqui. -Con un golpe lateral de pie abrio una puerta y con otro de la mano acciono un interruptor de electricidad-. Pongase comodo mientras voy a avisarla.

Entonces, al verme con el sombrero y el abrigo en la mano, me los recogio y solto un profundo suspiro al tiempo que meneaba la cabeza por la inoportuna nueva tarea que se le habia presentado.

Me acerque a la chimenea, donde casi ardia un tronco renegrido, y cogi un atizador largo.

– ?Quiere que lo reanime un poco? Se me da bien el fuego. Digame donde esta la literatura decadente y se lo reavivo en un abrir y cerrar de ojos.

La doncella me devolvio la sonrisa con desaliento, aunque lo mismo podria haber sido una mueca desdenosa. Se le ocurrio una replica aspera, pero lo penso mejor. Al fin y al cabo, yo tenia en la mano un atizador y ella parecia de las que reciben golpes de atizador de vez en cuando. Seguramente yo tambien se lo habria dado, si hubiera estado casado con ella. No me parecio que le afectasen mucho los golpes en la cabeza, sobre todo si tenia hambre. He visto hipopotamos mas vulnerables.

Di la vuelta al tronco medio consumido, le arrime unas ascuas y cogi otro de la cesta que habia al lado de la chimenea. Incluso me agache a soplar un poco. Una llama alcanzo el montoncito de lena que habia preparado y se asento con un chasquido tan fuerte como los paquetes sorpresa de Navidad.

– Se le da bien.

Volvi la cabeza y vi a una mujer menuda como un pajarito, con un chal y una sonrisa tensa en los labios, recien pintados.

Me ergui, me limpie las manos y repeti la triste broma de antes sobre la literatura decadente, aunque tampoco parecio mas graciosa. En esa casa, no. En un rincon de la estancia habia una radio, una fotografia pequena de Hitler y un frutero con fruta.

– En realidad, aqui no hacemos esas cosas -dijo, contemplando el fuego con los brazos cruzados-. Hace unos dieciocho meses si que quemaron algunos libros a la puerta del palacio del obispo, pero aqui, en la parte oriental de Wurzburgo, eso no se hace.

Lo dijo en un tono como si estuviesemos en Paris.

– Y supongo que la estrella de David que han pintado en la casa de enfrente es solo una gamberrada de ninos -dije.

Frau Rubusch se rio, pero se tapo la boca educadamente para que no tuviese que verle los dientes, que eran perfectos y blancos como la porcelana, como de muneca. Y, la verdad, a lo que mas me recordaba era a una muneca, con las cejas pintadas, las facciones tan delicadas, los exquisitos pomulos rojos y su finisimo pelo.

– No es una estrella de David -dijo, con la boca tapada todavia-. Ahi enfrente vive un director de Wurzburger Hofbrau, la destileria de la ciudad, y esa estrella es el simbolo de la marca.

– Podria denunciar a los nazis por plagio.

– Ahora que lo dice, ?le apetece un schnapps?

Cerca de la mesa habia un carrito de bebidas de tres pisos con botellas que me gustaban. Sirvio un par de copas grandes, me paso una con su huesuda manita, se sento en el sofa, se quito los zapatos y metio los pies debajo de su pequeno y delgado trasero. He visto ropa limpia peor doblada que ella.

– Bien, segun decia su telegrama, queria usted hablar conmigo de mi marido.

– Si. Lamento la perdida, Frau Rubusch. Ha tenido que ser un golpe terrible para usted.

– En efecto.

Encendi un cigarrillo, me trague el humo dos veces y luego tome de un trago la mitad de la copa. Me ponia nervioso tener que contar a esa mujer que, en mi opinion, a su marido se lo habian cargado. Sobre todo, habiendolo enterrado hacia tan poco convencida de que habia muerto de aneurisma cerebral durante el sueno. Termine la copa y ella se dio cuenta de mi estado.

– Sirvase mas, si quiere -dijo-, quizas asi encuentre la forma de decirme el motivo que ha hecho venir al detective del Adlon desde Berlin hasta aqui.

Me acerque al carrito de las bebidas y me servi otra copa. Al lado del retrato de Hitler habia una fotografia de Heinrich Rubusch, mas joven y delgado.

– La verdad es que no se por que puso Heinrich ahi esa fotografia. La de Hitler, me refiero. Nunca nos intereso mucho la politica. Tampoco haciamos muchas fiestas ni pretendiamos impresionar a nadie. Supongo que la pondria por si venia alguien, para que se fueran con la impresion de que eramos buenos alemanes.

– Para eso no hace falta ser nazi -dije-, aunque, si eres poli, ayuda. Antes de trabajar de detective en el Adlon fui policia en Berlin. Estaba en la brigada de Homicidios, en Alexanderplatz.

– Y le parece que es posible que a mi marido lo matasen. ?Es eso?

– Creo que es una posibilidad, en efecto.

– En tal caso, me alivia.

– ?Como dice?

– Heinrich siempre se hospedaba en el Adlon, cuando iba a Berlin. Pensaba que a lo mejor habia venido usted porque sospechaba que habia robado unas toallas. -Espero un momento y sonrio-. Es una broma.

– Bien, eso esperaba, pero, como acaba usted de enviudar, suponia que habria perdido el sentido del humor temporalmente.

– Antes de conocer a mi marido, dirigia una plantacion de sisal en Africa oriental, Herr Gunther. Mate a un leon por primera vez a los catorce anos; a los quince, ayude a mi padre a sofocar una rebelion de los nativos, durante la rebelion de los maji maji. Soy mucho mas fuerte de lo que parezco.

– Me alegro.

– ?Dejo usted la policia porque no era nazi?

– La deje porque me obligaron. Puede que no sea tan fuerte como parezco, pero preferiria hablar de su marido. He venido repasando el expediente del caso en el tren y me ha recordado que tenia una afeccion cardiaca.

– Tenia el corazon mas grande de lo normal, si.

– Es curioso que no muriese de eso, sino de aneurisma cerebral. ?Le dolia la cabeza a menudo?

– No -sacudio la cabeza-, pero tampoco me sorprendio su muerte. Comia y bebia en exceso. Le encantaban las salchichas y la cerveza, el helado, los puros, el chocolate… Era un aleman muy aleman. -Suspiro-. Disfrutaba

Вы читаете Si Los Muertos No Resucitan
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату