pasillo largo y ancho. Se para ante una puerta que tiene el numero 43, llama y, a continuacion, abre sin esperar. Entro y la cierra de nuevo.
La estancia esta amueblada, pero no hay nadie. La ventana esta abierta de par en par, pero hay un olor en el aire que me hace pensar que podria ser la habitacion donde han interrogado al hombre de la nariz ensangrentada, a quien acabo de ver. Veo entonces dos gotas de sangre en el linoleo marron y se que he acertado. Me acerco a la ventana y me asomo a Ludwigstrasse. Mi hotel esta a la vuelta de la esquina y, aunque hay niebla, veo el tejado desde aqui. En la acera de enfrente de la sede de la Gestapo se encuentra el edificio de oficinas del Partido Nazi de la localidad. Por una ventana alta veo a un hombre con los pies encima del escritorio y me pregunto que cosas se perpetraran alli en el nombre del partido que no se perpetren aqui.
Empieza a repicar una campana. Supongo que el sonido se expande por los tejados rojos desde la catedral, aunque parece que venga del mar, a modo de aviso para los barcos que se acercan a las rocas cuando hay niebla. Me acuerdo de Noreen, alla, en el Atlantico Norte, de pie en la popa del SS Manhattan, buscandome con la mirada a traves de la espesa niebla.
A mi espalda se abre la puerta y entra en la estancia un fuerte olor a jabon. Me doy la vuelta en el momento en que un hombre mas bien bajo cierra la puerta y se baja las mangas de la camisa. Seguro que acaba de lavarse las manos. Puede que se las hubiera manchado de sangre. No dice nada hasta haber descolgado de una percha del armario su guerrera negra de las SS; se la pone como si el uniforme pudiese compensar los centimetros que le faltan.
– ?Es usted Gunther? -dijo con acento pueblerino de Franconia.
– El mismo. Usted debe de ser el capitan Weinberger.
Siguio abotonandose la guerrera sin molestarse en contestar. Despues me indico una silla que habia ante su escritorio.
– Tome asiento, por favor.
– No, gracias -dije, y me sente en el alfeizar de la ventana-. Soy un poco gatuno, muy escogido con los sitios en los que me siento.
– ?Que quiere decir?
– Hay sangre en el suelo, debajo de esa silla y, por lo que veo, tambien en el asiento. No gano tanto como para arriesgarme a estropear un buen traje.
Weinberger se ruborizo ligeramente.
– Como desee.
Se sento del otro lado del escritorio. Lo unico que tenia de alto era la frente; por encima, una descarga de espeso pelo castano y rizado. Sus ojos eran verdes y penetrantes; la boca, insolente. Parecia un escolar gallito, aunque era dificil imaginarselo maltratando a otra cosa que no fuese una coleccion de soldados de juguete o munequitos de una atraccion de tiro al blanco.
– Bien, ?en que puedo ayudarlo, Herr Gunther?
No me gustaba la pinta que tenia, pero daba igual. Alardear de buenos modales habria quedado fuera de lugar. Como habia dicho Liebermann von Sonnenberg, recortar la cola a los cachorrillos de la Gestapo era casi un deporte, entre los oficiales de policia mas veteranos.
– Un americano llamado Max Reles. ?Que sabe de el?
– ?Con que autoridad lo pregunta? -Weinberger planto las botas en el escritorio, igual que el hombre de la ventana de enfrente, y se puso las manos detras de la cabeza-. No es usted de la Gestapo ni de la KRIPO y supongo que tampoco de las SS.
– Se trata de una mision encubierta, una investigacion para el subcomisario de policia de Berlin, Liebermann von Sonnenberg.
– Si, recibi su carta, asi como una llamada telefonica suya. Berlin no suele prestar atencion a sedes como la nuestra, pero todavia no ha respondido usted a mi pregunta.
Encendi un cigarrillo y tire la cerilla por la ventana.
– No me haga perder el tiempo. ?Va a ayudarme o vuelvo al hotel y llamo al Alex?
– ?Ah! Nada mas lejos de mi intencion que hacerle perder el tiempo, Herr Gunther -sonrio afablemente-. Puesto que no parece que se trate de un asunto oficial, solo deseo saber por que voy a ayudarle. Eso es cierto, ?verdad? Es decir, si se tratase de un asunto oficial, la peticion del subcomisario me habria llegado por mediacion de mis superiores, ?no?
– Podemos hacerlo como mas le guste -dije-, pero de esta forma me hara perder el tiempo. Y perdera el suyo. Conque, ?por que no lo considera un favor al jefe de la KRIPO de Berlin?
– Me alegro de que lo diga. Un favor. Porque me gustaria que me lo devolvieran con otro. Es justo, ?no?
– ?Que quiere usted?
Weinberger sacudio la cabeza.
– Aqui no, ?de acuerdo? Salgamos a tomar cafe. Su hotel esta cerca, vamos alli.
– De acuerdo, si lo prefiere asi.
– Creo que es lo mejor, habida cuenta de lo que me pide. -Se levanto y cogio sus cinturones y su gorra-. Por otra parte, ya le estoy haciendo un favor. El cafe aqui es pesimo.
No dijo nada mas hasta que salimos del edificio, pero a partir de ese momento, no hubo quien lo parase.
– No esta mal esta ciudad. Tengo motivos para saberlo, porque estudie Derecho aqui. Cuando me licencie, entre en la Gestapo. Es una ciudad muy catolica, desde luego, es decir que, al principio, no era particularmente nazi. Veo que lo sorprende, pero asi es: cuando entre en el Partido, esta ciudad era una de las que menos afiliados tenia en toda Alemania. Eso demuestra lo que se puede llegar a conseguir en poco tiempo, ?verdad?
»Casi todos los casos que nos llegan a la oficina son denuncias. Alemanes que tienen relaciones sexuales con judios y cosas de esas, pero lo curioso es que la mayoria de las denuncias no las ponen los miembros del Partido, sino los buenos catolicos. Naturalmente, no hay una ley que prohiba a los alemanes y a los judios tener asuntos amorosos sordidos. Todavia no, pero no por eso deja de haber denuncias y estamos obligados a investigarlas, aunque solo sea por demostrar que el Partido no aprueba esa clase de relaciones obscenas. De vez en cuando hacemos desfilar por la plaza de la ciudad a una pareja por corrupcion racial, pero la cosa no suele ir mas alla. Hemos expulsado a un par de judios por usura, pero nada mas. Huelga decir que la mayoria de las denuncias son infundadas, producto de la estupidez y la ignorancia. Naturalmente. Casi toda la poblacion es simplemente campesina. Esto no es Berlin. Tanto mejor si lo fuera.
»Lo digo por casos como el mio, Herr Gunther, sin ir mas lejos. Weinberger no es un apellido judio. No soy judio ni lo fueron ninguno de mis abuelos. Sin embargo, me han denunciado por judio… y mas de una vez, anado. Y, claro, eso no es exactamente favorable a mi carrera, aqui, en Wurzburgo.
– Me lo imagino.
Me permiti una sonrisa y nada mas. Todavia no tenia la informacion que necesitaba y de momento no queria incomodar al joven agente de la Gestapo que caminaba por la calle a mi lado. Giramos hacia Adolf-Hitler Strasse y seguimos en direccion norte, hacia el hotel.
– Bueno, si, es gracioso, desde luego. Me lo parece hasta a mi, pero me da la sensacion de que en una ciudad mas sofisticada, como Berlin, no sucederian esas cosas. Al fin y al cabo, alli hay muchos nazis con apellidos que parecen judios, ?no es verdad? Liebermann von Sonnenberg, por ejemplo. Bueno, seguro que el entenderia el aprieto en que me encuentro.
No tenia ganas de decirle que, aunque el subcomisario de la policia de Berlin estuviese afiliado al Partido, despreciaba a la Gestapo y todo lo que representaba.
– En mi opinion, asi son las cosas -dijo con mucho interes-: en un sitio como Berlin, mi apellido no seria un obstaculo. Sin embargo, aqui, en Wurzburgo, no me librare jamas de la sombra de la sospecha de que no soy completamente ario.
– ?Y quien lo es? Quiero decir, si retrocedemos lo suficiente y la Biblia no se equivoca, todos somos judios. La Torre de Babel. Ahi lo tiene.
– Hummm, si -asintio con incertidumbre-. Aparte de eso, casi todos los casos que me asignan son tan insignificantes que no vale la pena ni investigarlos. Por eso me intereso Max Reles.
– ?Que es lo que quiere usted? Seamos especificos en eso, capitan.
– Simplemente, una oportunidad de demostrar lo que valgo, nada mas. Seguro que una palabra del subcomisario de la Gestapo de Berlin me allanaria el camino del traslado. ?No le parece?
– Puede -reconoci-, puede que si.
