cara, paga.

– Supongo que eso lo aprendio en la escuela preparatoria de la Gestapo. No, no voy a hacer nada hasta que tenga todas las pruebas. Se nadar y guardar la ropa.

Weinberger asintio.

– Tengo que ir a ver a la viuda y necesito que me firme un permiso para exhumar el cadaver. Probablemente tendre que movilizar tambien a toda la KRIPO de Wurzburgo, tal como estan las cosas, y a un magistrado. Todo eso llevara un tiempo; una semana al menos, tal vez mas.

– Heinrich Rubusch dispone de todo el tiempo del mundo, pero debe resucitar de entre los muertos y empezar a hablar, si queremos que este caso llegue a alguna parte. Una cosa es hacer la vista gorda con un mafioso de la construccion y otra muy distinta dejar impune el homicidio de un prominente ciudadano aleman. Sobre todo, siendo debidamente ario. Es usted un poco pueblerino para mi gusto, Weinberger, pero lo convertiremos en un policia de primera categoria. En el Alex, cuando yo era policia, teniamos un dicho propio: el hueso no va al perro, sino el perro al hueso.

29

El tren de pasajeros tardo tres horas en llegar a Frankfurt. Ibamos parando practicamente en todos los pueblos del valle del Main y, cuando no me entretenia mirando por la ventana, escribia una carta. La repeti de varias maneras distintas. Nunca habia redactado algo asi y no me alegraba de tener que hacerlo, pero era necesario y no se como, pero logre convencerme de que era una forma de protegerme.

No deberia haber pensado en otras mujeres, pero lo hice. En Frankfurt, segui por el anden a una que tenia un tipo como un violoncelo Stradivarius, pero me lleve una buena decepcion cuando se subio al compartimiento de mujeres y me dejo en un vagon de primera para fumadores, al lado de un tipo profesional que tenia una pipa como un saxofon tenor y de un jefe de las SA aficionado a unos puros de tamano Zeppelin que olian peor que la locomotora. En las ocho horas que duro el trayecto hasta Berlin hicimos mucho humo… casi tanto como la propia Borsig de vapor.

Llovia a cantaros cuando finalmente llegamos a Berlin y, con un agujero que se me habia hecho en la suela del zapato, tuve que esperar un taxi en la cola de la estacion. La lluvia aporreaba el gran techo de cristal como varillas sujeta-alfombras y goteaba sobre los primeros de la cola. Los taxistas no veian la gran cantidad de agua que caia y, por tanto, siempre se paraban en el mismo sitio y el siguiente tenia que darse una ducha para poder subirse al coche, como en las peliculas del Gordo y el Flaco. Cuando me llego el turno, me tape la cabeza con el abrigo y me meti en el taxi; consegui lavarme toda la manga de la camisa sin necesidad de ir a la lavanderia, pero, al menos, acababa de empezar el invierno y todavia era pronto para la nieve. En Berlin, cada vez que nieva, se acuerda uno de que esta al menos doscientos kilometros mas cerca de Moscu que de Madrid.

Las tiendas estaban cerradas. No tenia priva en casa y no queria ir a un bar. Me acorde de que en el escritorio del despacho habia dejado media botella de Bismarck -la que habia confiscado a Fritz Muller- y pedi al taxista que me llevase al Adlon. Tenia intencion de tomar solo lo necesario para entrar en reaccion y, en caso de que Max Reles no anduviera por alli, armarme de valor e ir a probar mi habilidad mecanografica en su Torpedo.

Habia actividad en el hotel: una fiesta en el Salon Raphael; sin duda, los numerosos comensales estarian contemplando el panegirico de Tiepolo que decoraba el techo, aunque solo fuera por recordar como es realmente un cielo azul sin nubes. Por la puerta de la sala de lectura salian suavemente nubecillas de espeso humo blanco de tabaco, como un edredon del lecho de Freyja en Asgard. Un borracho con frac y corbata blanca, apuntalado contra el mostrador de recepcion, se quejaba en voz alta a Pieck, el subdirector, de que la pornografia de su habitacion no funcionaba. Me llegaba su aliento desde la otra punta del vestibulo, pero, cuando me disponia a ir a echar una mano, el hombre se cayo de espaldas como si le hubiesen serrado los tobillos. Tuvo la suerte de caerse encima de una alfombra mas gruesa que su cabeza, la cual reboto un poco y despues se quedo quieta. Fue casi una representacion perfecta de un combate que habia visto en un noticiario, cuando una noche, en el Madcap de San Francisco, Maxie Baer tumbo a Frankie Campbell.

Pieck salio a toda prisa de detras del mostrador, asi como un par de botones y, con la confusion, pude coger la llave de la 114 y metermela en el bolsillo antes de arrodillarme al lado del hombre inconsciente. Le tome el pulso.

– Gracias al cielo que esta usted aqui, Herr Gunther -dijo Pieck.

– ?Donde esta Stahlecker -pregunte-, el tipo que tenia que sustituirme?

– Hace un rato se produjo un incidente en las cocinas. Dos hombres de la brigada empezaron a pelearse. El rotisseur queria acuchillar al chef repostero. Herr Stahlecker fue a separarlos.

En el Adlon, llamaban «la brigada» al personal de cocinas.

– Sobrevivira -dije y solte el cuello del borracho-. Solo se ha desmayado. Huele como la academia de schnapps de Oberkirch. Precisamente por eso, seguro que no se ha hecho dano al caer. Va tan cargado que no se enteraria de nada aunque le clavase una aguja. A ver, dejenme un poco de sitio; me lo llevo a su habitacion a dormir la mona.

Lo agarre por la parte de atras del cuello del abrigo y lo arrastre hasta el ascensor.

– ?No le parece que deberia subirlo en el de servicio? -objeto Pieck-. A lo mejor lo ve algun huesped.

– ?Quiere llevarlo usted hasta alli?

– Pues… no. Creo que no.

Detras de mi vino un botones con la llave de la habitacion del cliente. A cambio, le di la carta que habia escrito en el tren.

– Echala al correo, chico, haz el favor, pero no en el hotel, sino en el buzon de la oficina de Correos de la esquina con Dorotheenstrasse. -Saque cincuenta pfennigs del bolsillo-. Toma, cogelos. Esta lloviendo.

Arrastre al hombre, que seguia inconsciente, al interior del ascensor y mire el numero del llavero de su habitacion.

– Tres veinte -le dije a Wolfgang.

– Si, senor -dijo, y cerro la puerta.

Me agache, me eche el tipo al hombro y lo levante.

Unos minutos despues, el huesped reposaba en su cama y yo me secaba el sudor de la cara; despues me servi un trago de una botella empezada de buen Korn que habia en el suelo. No quemaba, no me llego ni al boton del cuello de la camisa. Era un licor suave y caro, de los que se paladean acompanando una buena lectura o una improvisacion de Schubert, no para aliviar el mal de amores. De todos modos, cumplio su cometido. Baje con la conciencia tranquila o, al menos, con una sensacion muy parecida, despues de haber mandado la carta.

Descolgue el auricular y, con voz fingida, pedi a la operadora que me pusiera con la suite 114. La chica dejo sonar el telefono un ratito antes de volver a hablar conmigo y decirme lo que ya sabia yo, que no lo cogian. Le pedi que me pusiera con conserjeria y Franz Joseph contesto al telefono.

– Hola, Franz, soy Gunther.

– Hola. Me han dicho que has vuelto. Creia que estabas de vacaciones.

– Lo estaba, pero, ya sabes, echaba esto de menos. No sabras por casualidad donde esta Herr Reles esta noche, ?verdad?

– Tenia una cena en Habel. Le hice la reserva yo mismo.

Habel, en Unter den Linden, con su historica bodega y precios mas historicos aun, era uno de los mejores y mas antiguos restaurantes de Berlin. Exactamente la clase de sitio que elegiria Reles.

– Gracias.

Subi el cuello de la camisa al hombre, que dormia la mona en la cama, y tuve el detalle de dejarlo acostado de lado. Despues tape la botella y me la lleve; mientras salia de la habitacion, la guarde en el bolsillo del abrigo. Estaba bastante llena, mas de la mitad, y me hice la cuenta de que el huesped me debia al menos eso, o mas de lo que ni el ni yo sabriamos nunca, si por casualidad vomitaba dormido.

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