la vida de todas las formas posibles… y me refiero a todas.
– Es decir, ?ademas de la comida, la bebida y los puros?
– Exactamente. Yo no he ido nunca a Berlin, pero tengo entendido que ha cambiado un poco desde que los nazis estan en el poder. Dicen que ya no es el cubil de iniquidad que era en la epoca de Weimar.
– Efectivamente, no lo es.
– De todos modos, me cuesta creer que sea dificil encontrar la compania de cierta clase de mujeres, si uno lo desea. Me imagino que eso no lo podran cambiar ni los nazis. Por algo se dice que es la profesion mas antigua del mundo.
Sonrei.
– ?He dicho algo gracioso?
– No, en absoluto, Frau Rubusch. Sencillamente, cuando encontre el cadaver de su marido, me tome muchas molestias para convencer a la policia de que le ahorrase a usted algunos detalles al informarla de su defuncion. No era preciso decirle que lo habiamos encontrado en la cama con otra mujer. Tuve la peregrina idea de que seria darle un disgusto innecesariamente.
– Muy considerado por su parte. Quiza tenga razon, no es usted tan fuerte como parece.
Tomo un sorbito de su schnapps y dejo la copa en una mesa auxiliar de abedul flameado, cuyas patas cruzadas recordaban a un mueble de la antigua Roma. Tambien Frau Rubusch parecia un poco romana, quiza por la forma de sentarse, medio reclinada en el sofa, pero era facil imaginarsela como la influyente e inflexible esposa de un senador gordo que tal vez hubiese dejado de ser util.
– Digame, Herr Gunther, ?es normal que un ex policia este en posesion de un expediente policial?
– No. He ayudado a un amigo mio de Homicidios y, sinceramente, echo de menos aquel trabajo. El caso de su marido me pico y no he tenido mas remedio que rascarme.
– Si, ya veo que es posible. Ha dicho usted que repaso el expediente de mi marido en el tren. ?Lo tiene ahi, en la cartera?
– Si.
– Me gustaria mucho verlo.
– Disculpeme, pero no me parece buena idea. Hay fotografias de su marido tal como lo encontramos en la habitacion.
– Eso esperaba. Lo que me gustaria es precisamente ver esas fotografias. No se preocupe por mi. ?Cree que no lo mire antes de enterrarlo?
Comprendi que no serviria de nada discutir con ella. Por otra parte, por lo que se referia a mi, queria hablar con ella de cosas mas importantes que la sonrisa de felicidad de la cara de su marido. Asi pues, abri la cartera, saque el expediente de la KRIPO y se lo pase.
En cuanto vio la foto se echo a llorar y, por un momento, me maldije por haber creido sus palabras. De repente dejo escapar un suspiro, se abanico con la mano y, tragandose un nudo casi visible, dijo:
– ?Asi lo encontro usted?
– Si, exactamente asi.
– En tal caso, me temo que tiene usted razon, Herr Gunther. Vera, mi marido esta en la cama con la casaca del pijama. Jamas se la ponia para acostarse. Siempre le ponia un par de pijamas en la maleta, pero el solo usaba los pantalones. Alguien tuvo que ponerle la casaca. Es que sudaba mucho por la noche. Es normal, en los hombres gordos, pero por eso no se ponia nunca la casaca. Lo cual me recuerda una cosa. Cuando la policia me devolvio sus cosas, solo habia una casaca de pijama y dos pares de pantalones, pero solo una casaca. En aquel momento pense que se la habria quedado la policia o que la habrian perdido. No le di mayor importancia, pero ahora que he visto la fotografia, me parece que es importante, ?no cree?
– Si. -Encendi otro cigarrillo y me levante a servirme mas bebida-. Con su permiso.
Hizo un gesto de asentimiento y siguio mirando la fotografia.
– Bien -dije-, se la pusieron despues de muerto para que pareciese lo mas natural posible. Pero, ?que prostituta habria sido capaz de una cosa asi? Si murio durante el acto sexual o inmediatamente despues, cualquier fulana con dos dedos de frente se habria largado aunque tuviera que hacer un agujero en la pared.
– Ademas, mi marido pesaba mucho; no habria sido nada facil que una chica lo hubiese levantado para ponerle la casaca. Yo no habria podido, se lo aseguro. Una vez, cuando estaba borracho, intente quitarle la camisa y me fue practicamente imposible.
– Sin embargo, estan las pruebas de la autopsia. Parece que murio de muerte natural. Aparte de una agotadora actividad sexual, ?que otra cosa puede producir aneurisma cerebral?
– La actividad sexual siempre lo agotaba, creame, pero, ?que fue lo que le hizo pensar que podia tratarse de un homicidio, Herr Gunther?
– Un comentario de una persona. Digame, ?conoce a un tal Max Reles?
– No.
– Pues el si conocia a su marido.
– ?Y cree que haya podido tener algo que ver con su muerte?
– Es solo un indicio muy leve, pero si, lo creo. Permitame contarle por que.
– Espere. ?Ha cenado ya?
– He picado algo en el hotel.
Sonrio con amabilidad.
– Ahora esta usted en Franconia, Herr Gunther. En este estado no se cena con algo de picar. ?Que fue? ?Que comio usted?
– Un plato de fiambre de jamon con queso y una cerveza.
– Me lo suponia. En ese caso, se queda usted a cenar. De todos modos, Magda siempre cocina mucha mas cantidad de la necesaria. Sera agradable volver a tener en esta casa a alguien que cene como es debido.
– Ahora que lo pienso, tengo bastante hambre. Ultimamente me he saltado muchas comidas.
Era una casa demasiado grande para una sola persona. Lo habria sido incluso para un equipo de baloncesto. Sus dos hijos, ya mayores, se habian ido a la universidad, segun ella, aunque, en mi opinion, se habian ido por culpa de la cocina de Magda. No es que fuese mala, pero comer sus platos mas de tres dias seguidos podia poner en peligro las arterias de cualquiera. Yo estuve solo un par de horas y me dio la sensacion de haber engordado mas que Hermann Goering. Cada vez que dejaba juntos el cuchillo y el tenedor, me convencian de comer otro poco y, cuando no comia, miraba a otra parte y veia comida. Habia bodegones, cuernos de la abundancia y fruteros rebosantes por todas partes, por si a alguien le apetecia picar algo. Hasta los muebles parecian disfrutar de dosis extraordinarias de cera. Eran tan grandes y macizos que, cada vez que Angelika Rubusch se sentaba o se apoyaba en cualquiera de ellos, parecia Alicia en la madriguera del conejo.
Le calcule cuarenta y tantos anos, pero podia ser mayor. Era una mujer atractiva, que es lo mismo que decir que envejecia mejor que las guapas. Por varias razones, me dio la sensacion de que yo tambien le parecia atractivo a ella, que es lo mismo que decir que seguramente habia bebido yo mas de la cuenta.
Despues de la cena intente centrar mis pensamientos en lo que sabia sobre su marido.
– Era propietario de una cantera, ?verdad?
– En efecto. Abasteciamos de muchas clases de piedra natural a constructores de toda Europa, pero principalmente piedra caliza. Esta parte de Alemania es famosa por sus canteras. La llamamos caliza marron claro por el color de miel que tiene. Solo se encuentra en Alemania, por eso los nazis le tienen tanta aficion. Desde que Hitler llego al poder, el negocio ha prosperado una barbaridad. Siempre quieren mas. Parece que todos los edificios nuevos de Alemania necesitan caliza marron claro del Jura. Antes de morir, Paul Troost, el arquitecto de Hitler, vino aqui personalmente a ver nuestra piedra para la nueva cancilleria.
– ?Y para las Olimpiadas?
– No, ese contrato no nos lo dieron, aunque ahora ya no importa. Es que vendo el negocio. A mis hijos no les interesa la cantera, estan estudiando Derecho y yo sola no puedo hacerme cargo de la empresa. Otro empresario de aqui, de Wurzburgo, me ha hecho una buena oferta; voy a aceptarla y me convertire en una viuda rica.
– Pero, ?llegaron ustedes a hacer una oferta para el contrato olimpico?
– Naturalmente, por eso fue Heinrich a Berlin. Fue muchas veces, a decir verdad, a defender nuestra propuesta con Werner March, el arquitecto olimpico, y algunos otros representantes del Ministerio del Interior. La vispera de su muerte, me telefoneo desde el Adlon y me dijo que habia perdido el contrato. Estaba muy alterado;
