Mire la hora mientras atravesaba la Puerta de Brandemburgo hacia la Pariser Platz, Era la hora del almuerzo, siempre que el almuerzo se sirviese en una botella marron. Podria haber parado en casi cualquier sitio al sur de Unter den Linden -. Habia infinidad de puestos en los alrededores del mercado de Gendarmen donde podria haber comprado facilmente una salchicha y una cerveza. Pero no queria ir a un sitio cualquiera, al menos cuando me encontraba delante del Hotel AdIon. Es cierto, habia estado alli uno o dos dias antes. Y uno o dos dias antes de aquel. Lo cierto era que me gustaba el AdIon. No por su ambiente, sus jardines, el murmullo de la fuente, el patio de la palmera o el fabuloso restaurante, que no me podia permitir. Me gustaba porque me gustaba una de las detectives de la casa. Se llamaba Frieda Bamberger. Me gustaba una barbaridad.
Frieda era alta, de tez oscura, con labios carnosos, una figura algo mas carnosa aun y una suerte de fertilidad voluptuosa que yo atribuia a su origen judio, pero en realidad era algo mas indefinible. Tambien era muy glamurosa. Tenia que serlo. Su trabajo requeria andar por el hotel haciendose pasar por huesped, siempre alerta ante la presencia de posibles prostitutas, estafadores y ladrones, que visitaban el AdIon por las suculentas ganancias que podian obtener de los ricos clientes del hotel. La conoci en el verano de 1929, cuando la ayude a detener a una ladrona de joyas que iba armada con una navaja. Impedi que Frieda pagase el pato, por el simple medio de pagarlo yo. El listo de Gunther. Por ello recibi una bonita carta de Hedda Adlon, la nuera del propietario, y, cuando sali del hospital, un agradecimiento muy personal de la propia Frieda. No es que estuviesemos liados exactamente. Frieda tenia un marido, algo indiferente, con el que vivia en Hamburgo. Pero, de vez en cuando, buscabamos una habitacion vacia reservada para un maraja perdido o una estrella de cine secuestrada. A veces tardabamos un poco en encontrarla.
En cuanto traspase la puerta del hotel, Frieda se poso en mis brazos como un halcon.
– Me alegro de verte -dijo.
– Pense que no eras de esas chicas que se encarinan.
– Hablo en serio, Bernie.
– Y yo. Siempre te lo digo, pero no me haces caso. Habria traido flores si hubiera sabido lo que sentias.
– Quiero que vayas al bar -dijo con tono apremiante.
– Estupendo. Es adonde pensaba ir de todos modos.
– Quiero que vigiles al tipo de la esquina. Y me refiero al menda de la esquina, no a la pelirroja que esta con el. Lleva un traje gris perla con chaleco cruzado y una flor en la solapa. No me gusta nada su pinta.
– Si es asi, lo aborrezco ya mismo.
– No, creo que puede ser peligroso.
Entre en el bar, cogi una cerilla, encendi un cigarro y ojee al tipo de arriba abajo. La chica que estaba con el me miro tambien. Mala cosa, porque el tipo con el que estaba era mas que malo. Era Ricci Kamm, el jefe de los Guardianes de la Verdad, una de las bandas criminales mas poderosas de Berlin. Ricci solia estar siempre en la zona de Friedrichschain, donde actuaba su banda, lo cual era bueno porque alli no nos daba muchos problemas. Pero daba la sensacion de que la chica con la que estaba tenia una opinion de si misma tan alta como el Zugspitze. Acaso pensaba que no estaban a su altura los antros como el Zum Nussbaum, donde solian divertirse los Guardianes de la Verdad. Seguramente no le faltaba razon. He visto melenas pelirrojas mas bonitas, pero solo en Rita Hayworth. Y tenia hermosas curvas. Dudo que hubiese mejorado su figura si se hubiera calzado los patines sobre hielo predilectos de Sonja Henie.
Ricci me clavo la mirada. Pero yo la miraba a ella y delante de la parejita habia una botella de Bismarck que no presagiaba nada bueno. Ricci era un tipo tranquilo de voz suave y buenas maneras, hasta que se metia unas copas encima, y entonces era como ver al Doctor Iekyll convirtiendose en Mister Hyde. A juzgar por el nivel de alcohol que quedaba en la botella, Ricci se estaba preparando para liarla.
Di media vuelta y regrese al vestibulo.
– No me extrana que no te guste -le dije a Frieda-. Es un tipo peligroso y creo que su temporizador esta a punto de saltar.
– ?Y que hacemos?
Hice senas a Max, el portero del vestibulo, para que se acercase. No lo hice a la ligera. Max pagaba a Louis Adlon tres mil marcos mensuales por desempenar ese trabajo, porque cobraba bajo mano por todos los favores que les hacia a los huespedes del hotel, y el pellizco que sacaba era de unos treinta mil marcos mensuales. Sostenia la correa de un perro, que estaba atada a un salchicha miniatura. Supuse que Max estaba buscando a un botones para que pasease a aquella cosa.
– Max -dije-. Llame a la jefatura de Alex y pida que manden un coche patrulla. Y mas vale que pida tambien un par de agentes. Va a haber jaleo en el bar.
Max vacilo como si esperase una propina.
– A menos que quiera ocuparse del asunto personalmente.
Max se dio la vuelta y salio corriendo a los telefonos del hotel.
– Y de paso eche un vistazo a las butacas de la biblioteca, a ver si consigue apalancar a alguno de esos ex guripas bien remunerados que se consideran los bravucones de la casa.
Frieda nunca habia sido policia, asi que no se ofendio por mi comentario sobre los ex guris, pero yo sabia que podia arreglarselas sola. Adlon la habia contratado por su fuerza, pues formo parte del equipo de esgrima aleman en los Juegos Olimpicos de Paris de 1924, y no le falto mucho para ganar una medalla.
La cogi por el brazo y la lleve a la barra.
– Cuando nos sentemos -le dije-, quiero que te me pegues como la hiedra. Asi no sere una amenaza para el.
Nos sentamos en la mesa situada justo al lado de Ricci. El Bismarck habia entrado en accion y Ricci proferia una sarta de tacos a un camarero aterrorizado. Era como si la pelirroja ya hubiera visto antes una escena similar. Casi todos los dientes del bar se preguntaban si lograrian llegar a la puerta sin ser vistos por Ricci, pero uno de ellos parecia mas valiente: un empresario vestido con levita y cuello de cortadora de fiambre, que observaba con indignacion el grosero aleman que derramaba Ricci por la boca, se levanto y parecia dispuesto a enfrentarse con el gangster. Cuando su mirada se cruzo con la mia, le indique por senas que se abstuviese, y por un momento me parecio que sopesaba la advertencia. En cuanto el hombre se sento, Frieda empezo a achucharme. En las orejas, en el cuello, en la nuca, en la mejilla y por ultimo en la boca, que era donde mas me gustaba.
– Que listo eres -dijo. Y se quedo corta.
Ricci la miro y luego volvio a mirar a la pelirroja que estaba a su lado.
– ?Por que no eres un poco mas como esa? -le pregunto, senalando a Frieda con el pulgar-. Mas carinosa, vaya.
– Porque estas borracho. -La pelirroja saco una polvera y empezo a retocarse el maquillaje. Esfuerzo inutil, a mi modo de ver: como intentar retocar a la Mona Lisa-. Y cuando estas borracho, eres un cerdo.
Tenia razon, pero a Ricci no le gusto. Se puso de pie, y la mesa seguia en su regazo. La botella y las copas y el cenicero cayeron al suelo. Ricci siguio maldiciendo y la pelirroja se echo a reir.
– Un cerdo borracho y torpe -anadio, por si fuera poco, y volvio a soltar una carcajada. Me gustaba el efecto que producia la risa en la boca de cepo de la pelirroja. Me gustaba ver como sus dientes blancos y afilados pelaban los labios rojos como mondas de cereza. Pero a Ricci no le gustaba nada y le pego un sopapo. En el lujoso bar del Adlon, la bofetada sono como una fiesta de Nochevieja. El hombre de la camisa con cuello de cortadora de fiambre no pudo soportarlo mas. Parecia todo un caballero prusiano, de esos que siempre se preocupan por lo que le sucede a una senora, aunque sea una puta de cien marcos, como probablemente era el caso de aquella.
– Oh, oh -me murmuro Frieda al oido-. El hombre del I.G. Farben esta a punto de intervenir como Sir Lancelot.
– ?Has dicho I.G. Farben?
I.G. Farben era el sindicato de la industria colorante mas importante de Europa. La sede de la empresa estaba en Frankfurt, pero tenian una delegacion en Berlin, justo enfrente del Adlon, al otro lado de Unter den Linden. Eso era lo que intentaba recordar en el despacho de Illmann.
– Lo siento -dijo el hombre del I.G. Farben en un tono tan duro como una tabla de lavar, y tan cuadrado-, pero debo protestar por su conducta grosera y el modo en que ha tratado a la senora.
La pelirroja se levanto del suelo y musito unas cuantas palabras breves, muy habituales en las salas de
