– Despacio-· respondio Neumann despues de mirarme a mi y luego a Grund, con una sonrisa que bailaba en el maltrecho parque infantil de sus labios. Y solto una carcajada atronadora, que disfrute tanto como el.
– Te crees muy gracioso, ?eh? -dijo Grund, al que no le hizo ninguna gracia.
– Olvidelo -dijo Neumann a Grund, empujandole para que traspasase la puerta y bajase al club-. Es alli al fondo.
Gerda no habia cumplido todavia los treinta anos, aunque no se notaba. Bien podria haber pasado por cincuentona. La encontramos sentada en una silla de ruedas, a escasa distancia de un pequeno escenario donde una interprete de citara y una cabaretera competian por ver cual de las dos aparentaba un mayor grado de aburrimiento. Segun mis calculos, la bailarina habria ganado por un par de tetas mustias. En la mesa, delante de Gerda, habia una botella de aguardiente barato, que seguramente habria pagado el hombre que estaba sentado a su lado, un tipo que, visto mas de cerca, resulto ser una mujer.
– Anda, vete a mamarla por ahi -le dije a la chati.
– Si. -Grund le mostro su placa de identidad por si acaso-. Prueba en El Dorado.
A Gerda le hizo gracia el comentario. El Dorado era un club de alterne para travestis. La marimacho, de aspecto hosco y rapaz, se levanto y se fue. Nos sentamos en sillas tan inestables como la dentadura de Gerda.
– Yo lo conozco-me dijo-. Usted es el poli, ?no?
Puse un billete de diez debajo de la botella.
– ?Que quiere, darle lustre a la mesa? Si yo no se nada.
– Seguro que si, Gerda -le dije-. Todo el mundo sabe algo.
– Puede que si, puede que no. -Asintio-. Me alegra que haya venido, de todos modos, comisario. No me gusta el rollo churri ?Sabe? Los escorpiones del club de Senoras. Bueno, a veces una no esta en condiciones de exigir, y lo habria hecho con ella si me lo hubiera pedido.con delicadeza, ?entienden? Pero no me gusta que una mujer me toque ahi abajo.
Meti un cigarrillo en la boca de Gerda y lo encendi. Era delgada, pelirroja, de pelo corto, ojos azulados y cara rojiza, Bebia mas de la cuenta, aunque tenia bastante aguante. Casi siempre. Segun mis informaciones, la unica vez en que se le habia ido la mano con el alcohol, se cayo delante del tranvia numero trece en la Kopenicker Strasse. Pudo haberse matado, pero solo perdio el brazo y la pierna izquierdos.
– Ay, ya recuerdo -dijo-. Ustedes el que mando a Ricci Kamm al hospital. -Sonriendo alegremente, anadio-: Mereceria la Cruz de Hierro por ello, senor poli.
– Como de costumbre, estas bien informada, Gerda.
Encendi un cigarro para mi y le tire a ella la cajetilla. Grund, que se divertia con facilidad -supongo que por eso se hizo nazi-, prestaba mas atencion a la cabaretera que a nuestra conversacion.
– Dime, Gerda, ?has visto alguna vez a una puta de unos quince anos, con un aparato ortopedico? Rubia, de aspecto algo masculino, con baston. Se llamaba Anita. Tenia paralisis cerebral. Era espastica. Sabemos que hada la calle porque encontramos un fajo de billetes en su bolsillo y porque los vecinos dicen que hacia la calle.
– Si, me han dicho que murio la pobre chica. -Gerda se sirvio otra copa y se la bebio de un trago como Asi fuera cafe-. A veces venia por aqui. Una chica bien hablada, teniendo en cuenta…
– ?Teniendo en cuenta que? -pregunto Grund. Tenia los ojos clavados en las tetas de la bailarina, en conjunto mas exuberantes de lo que parecia verosimil.
– Teniendo en cuenta que no pronunciaba muy bien. -Gerda emitio un ruido gangoso-. Hablaba asi, ?saben?
– ?Que mas nos puedes contar de ella? -Rellene la copa de Gerda y me servi una para mi, solo por socializar.
– Segun me han dicho no se llevaba muy bien con sus padres. A ellos no les gustaba que fuera coja, ?saben? Y claro, no les gustaba que se tirase a la vida alegre. No es que lo hiciera todo el tiempo. Solo cuando queria fastidiarles, creo yo. Su padre era no se que del partido nazi y le reventaba que su hija saliese por ahi a zorrear.
– Parece increible -murmuro Grund-. Que alguien pueda… Vamos, ya sabes… Con una nina discapacitada.
– Oh, no, de eso nada -dijo Gerda entre risas-. De increible, nada. Hay muchos hombres que lo hacen con chicas discapacitadas. De hecho, esta muy de moda ultimamente. Supongo que tendra algo que ver con la guerra. Algunos hombres volvieron muy mutilados por las heridas de guerra. Y yo creo que muchos tienen la sensacion de que ya no valen para nada, en todos los sentidos. Creo que el hacerlo con guijarros les ayuda a recuperar la seguridad necesaria para levantarse. Se sienten superiores a la lisiada con la que estan. Ademas es mas barato, claro. Mas barato que las normales. La gente no tiene tanto dinero para derrocharlo asi como asi. No tanto como antes. -Lanzo a Grund una mirada divertida y desdenosa-. Oh, no, querido. He visto a chicas con media cara que han encontrado puteros por aqui. -Ademas, la mayor parte de los clientes ni siquiera te miran. No te miran a los ojos. Asi que la pinta que tenga la chica, o que este entera, no es tan importante como el hecho de que tenga chocho. -Gerda se rio-. No, amigo, preguntele a sus colegas y vera lo que le dicen. Uno no se fija en el resto de la casa cuando mete una carta en el buzon.
– Volviendo a Anita, ?la has visto alguna vez con alguien en concreto? -pregunte-. ?Algun cliente habitual, o algo parecido?
– ?Cuanto me dan por un nombre?-dijo Gerda sonriente, sobando el billete de diez con sus dedos toscos-. Sacuda la mosca y le contare vida y milagros.
Saque de la cartera otro billete de diez y lo puse en la mesa.
– Pues si, habia un tipo, un tipo en concreto. Yo le lami la piruleta una vez o dos. Pero le gustaba mas Anita, Se llamaba Serkin. Rudi Serkin. Ella estuvo en su apartamento alguna que otra vez.
Era en ese edificio de mala muerte de Malackstrasse. El que tiene muchas entradas y salidas.
– ?El Ochsenhof? -dijo Grund.
– Si, justo, ese mismo.
– Pero esta en territorio de los Guardianes de la Verdad -dijo Grund.
– Pues tendran que ir en coche blindado.
Gerda no bromeaba. El Ochsenhof era un gran bloque de apartamentos insalubres, situado en el epicentro del barrio mas peliagudo de Berlin, una zona donde la policia no se adentraba jamas. La unica manera en que los guripas de Alex podian visitar el Ochsenhof era con un tanque que les cubriese las espaldas. Alguna vez lo habian intentado, pero siempre acababan agredidos por francotiradores y cocteles molotov. Por algo lo llamaban la Parrilla.
– ?Y que pinta tenia ese Rudi Serkin? -pregunte.
– Unos treinta. Bajito, pelo rizado, moreno, con gafas. Fumaba en pipa. Llevaba pajarita. Ah, era judio. -Se rio-. Al menos no tenia envoltorio en la piruleta.
– Judio -musito Grund-. Era previsible.
– ?Tiene algo contra los judios?
– Es nazi -dije yo-. Tiene algo contra todo el mundo.
Por un instante todos guardamos silencio.
– ?Han acabado de hablar? -se oyo de pronto, en voz muy alta.
Echamos un vistazo alrededor y vimos que la cabaretera nos perforaba con la mirada.
– Si, hemos acabado – dijo Gerda entre risas.
– Bien- dijo la bailarina, quitandose las bragas con un rapido movimiento, nada erotico. Se inclino e hizo una pausa para que todo el mundo disfrutase de las vistas. Luego recogio del suelo su ropa interior, se incorporo y salio muy ofendida del escenario.
Decidi que habia llegado el momento de seguir su ejemplo.
Dejamos que Gerda se acabase sola la botella, subimos y respiramos profundamente el aire limpio de Berlin. Despues del ambiente venereo de la Media Azul, me apetecia volver a casa y lavarme los pies en desinfectante. Y planear mi proximo viaje al dentista. La vision de la espantosa sonrisa de Neumann mientras nos marchabamos era un aviso atroz.
– Al menos ya tenemos un nombre -dijo Grund, asintiendo con entusiasmo. -?Tu crees?
– Ya la has oido.
– Rudolf Serkin es un famoso pianista – replique con una sonrisa.
