traspasaban los arcos de ladrillo multicolor de la sinagoga: hombres con sombreros de piel y abrigos negros, hombres con mantos de rezo y tirabuzones, chicos con casquetes de terciopelo, mujeres con panuelos de seda en la cabeza, todos bajo la atenta vigilancia, ligeramente desdenosa, de varios policias uniformados, dispuestos en parejas a intervalos a lo largo de la calle, por si algun grupo de agitadores nazis decidia aparecer y provocar algun conflicto.

– ?Dios mio! -exclamo Grund cuando salimos del coche-. Mira eso. Si parece el Exodo. Nunca habia visto tantos judios.

– Es viernes por la noche -dije-. Es cuando salen a rezar.

– Son como ratas, eso es lo que son -dijo, con evidente desagrado-. Y esta cosa… -Alzo la vista hacia la inmensa sinagoga, con su cupula central y las dos cupulas menores en forma de pabellon que la flanqueaban, e hizo una mueca de profundo desagrado-. ?Quien habra tenido la genial idea de dejarles construir esta cosa tan fea aqui?

– ?Que tiene de malo?

– Aqui no pega nada, no pega ni con cola. Esto es Alemania. Somos un pais cristiano. Si quieren hacer esto, que se vayan a vivir a otra parte.

– ?Adonde, por ejemplo?

– A Palestina. A Goshen. A algun sitio con mucha arena. No lo se ni me importa. Pero aqui en Alemania, no. Este es un pais cristiano.

Miro con malevolencia a los numerosos judios que entraban en la Nueva Sinagoga. Con las luengas barbas, las camisas blancas, los abrigos negros, los sombreros de ala ancha y las gafas, parecian pioneros miopes americanos del siglo XIX.

Caminamos hacia el extremo de la Friedrichstrasse, esquina con Oranienburger, donde se plantaban las putas mas especializadas que pretendia encontrar.

– ?Sabes lo que pienso? -dijo Grund.

– Sorprendeme.

– Los tipos de la Friedrichstrasse deberian vestir como los demas. Como los alemanes. No como bichos raros. Deberian integrarse mas. Asi la gente no tendria tantas ganas de meterse con ellos. Es la naturaleza humana, ?no? El que intenta diferenciarse, el que Se mantiene al margen, esta pidiendo a gritos problemas, ?no? Al menos deberian vestirse como los alemanes normales.

– ?Quieres decir que deberian llevar una camisa marron, botas altas, bandolera y un brazalete con la esvastica? ?O pantalones cortos de piel y camisas de flores? -Me rei-. Si, ya. Alemanes norma.les, claro.

– Ya sabes a que me refiero, jefe. Alemanes.

– Sabia lo que era eso cuando estaba en las trincheras, pero ahora no estoy tan seguro.

– Eso es precisamente lo que quiero decir. Esos cabrones han difuminado las cosas. Han hecho menos evidente lo que significa ser aleman. Supongo que por eso les va tan bien a los nazis. Porque nos ofrecen una idea clara de nuestra propia identidad.

Podria haber dicho que esa idea de nuestra propia identidad no me gustaba nada, pero no estaba de humor para discutir de politica con el. Otra vez no. Al menos en aquel momento.

En Berlin habia putas para todos los gustos. La ciudad ofrecia una amplia carta del erotismo, a veces no tan erotica. Si uno sabia lo que queria y donde podia encontrarlo, lo mas probable es que satisficiese hasta los gustos mas peculiares. El que queria acostarse con una vieja -lo que se dice una vieja, una vieja decrepita debia dirigirse a Mehnerstrasse, que, por motivos obvios, se conocia popularmente como la calle de las Viejas. Si preferia una gorda -lo que se dice una gorda, de esas que tienen un hermano gemelo que es un luchador de sumo japones-, entonces tenia que pasarse por Landwehrstrasse, tambien llamada la calle de las Gordas. Si su especialidad eran las madres y las hijas, podia solazarse en Gollnowstrasse, la calle del Incesto. Los caballos de carreras, las putas que se dejaban azotar, frecuentaban los salones de belleza y relax de los alrededores de Hallesches Tor. Las embarazadas -lo que se dice embarazadas, no chicas con cojines embutidos en faldas de peto- estaban en Munzstrasse, tambien conocida como la calle de la Moneda porque, segun decian, era un lugar donde se vendia de todo, absolutamente de todo.

A diferencia de Grund, yo evitaba los comentarios morales referidos al negocio del sexo berlines. ?Que cabia esperar de las mujeres en un pais con casi dos millones de hombres muertos en la guerra, y otros tantos fallecidos -como mi propia esposa- a causa de la gripe? ?Que cabia esperar de un pais plagado de inmigrantes rusos desde de la Revolucion bolchevique, un pais aquejado por la inflacion, la depresion y el desempleo? ?Que importaban la convencion y la moral cuando todo lo demas -el dinero, el trabajo, la propia vida- era tan poco fiable? Era muy dificil no escandalizarse por el comercio que se desarrollaba en el extremo norte de la Oranienburger Strasse. Era muy dificil no sentir el deseo de bombardear desde el aire la ciudad, para purgarla del mercado ilicito de la carne humana, al contemplar la vida de las prostitutas marginales, amacilentas e impavidas, colectivamente conocidas como los guijarros. Quien quisiera cepillarse a una mujer con una sola pierna, un solo ojo, joroba o cicatrices espantosas, debia acudir al extremo norte de Oranienburger Strasse y revolver entre los guijarros. Se ocultaban entre las sombras, a la entrada del desaparecido Nido de Ciguena, o en la vieja galeria de Kaufhaus o, a veces, en el interior de un club llamado la Media Azul, sito en la esquina con Linenstrasse.

Habia muchas mujeres con las que podiamos hablar, pero yo buscaba a una en concreto, una puta llamada Gerda y, como no la encontramos en la calle, decidi probar en la Media Azul.

El portero estaba sentado en un alto taburete delante de la taquilla. Se llamaba Neumann y era un tipo al que de vez en cuando lo utilizaba como informante. En tiempos habia trabajado para la banda de las Libelulas que operaba desde Charlottenburg, pero ahora no podia acercarse a aquella zona, pues de alguna manera los habia traicionado. Neumann no era tan fornido para ser portero de club de alterne, pero tenia una de-esas caras curtidas, de aire criminal, que daban la impresion de que le importaba todo un rabano, lo cual equivale, algunas veces, a un simulacro de bravuconeria. Ademas (casualmente yo lo sabia) tenia un bate de beisbol americano escondido detras del taburete y no tardaba mucho en utilizarlo.

– Comisario Gunther -dijo con nerviosismo-. ?Que le trae por la Media Azul?

– Estoy buscando a una pelandusca.

– ?No lo son todas, senor? -pregunto Neumann con una amplia sonrisa, que ponia al descubierto los dientes cariados como veinte colillas-. Las tipas que revolotean por aqui.

– Esta es un guijarro-precise.

– Nunca hubiera pensado que te gustasen esas. -Desplego una espantosa sonrisa de oreja a oreja, disfrutando de la turbacion que esperaba Ver en mi.

– No te creas que me incomoda preguntarte por ella, porque no es asi -le dije-. Lo unico que me incomoda es lo que pensara tu dentista, Neumann. Se llama Gerda.

Los dientes desaparecieron tras los labios finos y resquebrajados, que estaban nerviosos y tremulos, como un pez con un anzuelo en la boca.

– ?Gerda, como la nina que rescata a su hermano Kay en La reina de las nieves?

– Exacto. Solo que esta no es tan pequena. Ya no tanto. Ademas, le falta un brazo y una pierna, aparte de unos cuantos dientes y la mitad del higado. ?Esta aqui o tengo que llamar a los muchachos del E?

E era el cuerpo de inspectores E, la seccion del Departamento IV que se ocupaba de todos los asuntos relativos a la moral o, mas frecuentemente, a la falta de moral.

– No, no sera necesario, Herr Gunther. Se esta divirtiendo ahora, eso es todo. -Saco un grillo de adiestrador de perros, que llevaba sujeto a una cadena en el cinturon, y lo presiono tres veces, provocando un estrepito considerable-. ?Que ha sido de su sentido del humor, comisario?

– Parece que va menguando con cada plebiscito.

Tras los chasquidos del grillo, se abrio desde dentro la puerta del club. En el ultimo peldano de un empinado tramo de escaleras aparecio otro portero, pero este con muy buena musculatura.

– Dichosos nazis -dijo Neumann riendo entre dientes-. Ya se lo que quiere decir, comisario. Todo el mundo dice que nos van a cerrar todos los locales en cuanto lleguen al poder.

– Sinceramente, eso espero -comento Grund.

– Gerda esta abajo -dijo Neumann friamente, lanzando a Grund una mirada de desagrado.

– ?Como consigue bajar las escaleras con una sola pierna y un solo brazo?-pregunto Grund.

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