– Entonces venga por aqui, senor, por favor.

Traspasamos las puertas de vaiven y entramos en un corredor donde habia mas de una docena de hombres, de aspecto deprimente, sentados a lo largo de la pared, cada uno con un bote que parecia una muestra de orina o tal vez de agua del grifo berlinesa, celebre por su pauperrima calidad, Kassner me acompano hasta su consulta, de apariencia adecuadamente clinica. Habia una camilla, unos estantes llenos de libros de texto medicos, un par de sillas, algun archivador y una mesa pequena. En la mesa tenia una Bing portatil con una hoja de papel enrollada en el carro y un telefono. Las paredes estaban decoradas con ilustraciones graficas que me encogieron la vejiga y casi me inducen a profesar el voto de celibato. Medite que tal vez era el primer hombre en mucho tiempo que entraba en aquella consulta sin tener que bajarse los pantalones.

– ?Que sabe sobre el trabajo que hacemos aqui? -pregunto.

– Solo se que estan trabajando en una nueva Bala Magica -respondi-. No soy doctor en medicina. Soy ingeniero quimico. Mi fuerte son los colorantes. Expliqueme las cosas como a cualquier lego culto.

– Bueno, como probablemente sabra, los farmacos de sulfa son agentes antimicrobianos sinteticos que contienen sulfonamidas. Uno de esos farmacos, llamado Protonsil, fue sintetizado por Josef Klarer en Bayer y probado en animales por el doctor Domagk. Con exito, por supuesto. Desde entonces estamos probandolo en un grupo reducido de pacientes externos que padecen sifilis y gonorrea. Pero, con el tiempo, esperamos que el Protonsil sea efectivo en el tratamiento de una amplia gama de infecciones bacterianas del organismo. Curiosamente, no tiene ningun efecto en el tubo de ensayo. Su accion antibacteriana solo opera en el interior de los organismos vivos, lo que nos lleva a sospechar que el farmaco se metaboliza adecuadamente en el interior del cuerpo, o eso esperamos.

– ?En cuantas personas lo estan probando? -pregunte.

– Bueno, acabarnos de empezar. Por ahora hemos administrado Protonsil a cincuenta hombres y veinticinco mujeres, aproximadamente; para ellas hay una clinica aparte, claro, en el Charite. Algunos pacientes acaban de contraer una enfermedad venerea y otros la padecen desde hace tiempo. Esperamos probar el farmaco en unos mil quinientos o dos mil voluntarios a lo largo de dos o tres anos.

Asenti, deseando que Illmann hubiera venido conmigo. Al menos el podria haber formulado alguna pregunta pertinente; incluso alguna impertinente.

– Hasta ahora -continuo Kassner-los resultados han sido muy alentadores.

– ?Puedo ver el aspecto del farmaco?

Abrio el cajon de la mesa, saco un frasco y vertio varias pildoras azules en mi mano enguantada. Eran exactamente iguales que la que encontre cerca del cadaver de Anita Schwartz.

– Por supuesto, la pildora no tendra este aspecto cuando concluyan las pruebas. La profesion medica es muy conservadora y prefiere las pildoras blancas. Por el momento son azules para distinguirlas del resto de los farmacos que utilizamos.

– ?Y sus apuntes sobre el grupo de estudio? ?Puedo ver algun caso?

– Por supuesto. -Kassner se volvio hacia un archivador de madera que no tenia llave. Levanto la cubierta frontal y abrio la gaveta superior-. Aqui hay un dossier que contiene unos escuetos apuntes sobre todos los pacientes que han sido tratados con Protonsil hasta la fecha. -Abrio el dossier y me lo entrego.

Saque los quevedos de mi padre. Un detalle simpatico pense, y me los coloque en el puente de la nariz. Ahi estaba mi lista de sospechosos, me dije. Con aquellos nombres muy bien habria podido resolver el caso en menos de lo que se tarda en curar la sifilis. ?Pero como iba a retener semejante lista de nombres? No podia memorizarla. Tampoco podia pedirsela prestada. Sin embargo, un nombre mellamo la atencion. O tal vez no era el nombre

– Behrend-, sino la direccion. La Reichskanzlerplatz, en el extremo oeste de la ciudad, cerca de Grunewald, era sin duda una de las zonas mas selectas de la ciudad. Y por algun motivo me sono familiar.

– Como probablemente sabra -continuo diciendo Kassner-, el problema del Salvarsan es que es un poco mas toxico para el microbio que para el huesped. No se presenta ese problema con el Protonsil Rubrum. El higado humano lo procesa de forma bastante efectiva.

– Excelente -murmure, mientras continuaba revisando la lista. Pero cuando vi dos Johann Muller, un Fritz Schmidt, un Otto Schneider, un Johann Meyer y un Paul Fischer, empece a sospechar que la lista no era lo que yo esperaba. Eran cinco de los apellidos mas frecuentes de Alemania-. Digame, doctor. ?Los nombres son autenticos?

– A decir verdad, no lo se -reconocio Kassner-. No les pedimos el carne de identidad, pues si no, no se presentarian voluntarios para la prueba clinica. La confidencialidad del paciente es importante en las enfermedades morales.

– Sobre todo teniendo en cuenta que los nacionalsocialistas no paran de hablar sobre la limpieza moral en esta ciudad -dije. -Pero las direcciones son autenticas. Pedi que las pusieran para mantener correspondencia con nuestros pacientes durante un tiempo y hacer un seguimiento de su estado.

Le devolvi el dossier y observe como lo dejaba en la gaveta superior del archivador.

– Bueno, muchas gracias por su tiempo-le dije, cuando me levantaba-. Elaborare un informe provisional favorable para el Sindicato de la Industria Colorante sobre el trabajo que desarrollan aqui.

– Le acompano al coche, Herr Doctor.

Salimos. Carl Mirow arrojo el cigarrillo y abrio la pesada puerta del coche. Si el doctor Kassner tenia alguna duda acerca de mi identidad, se disipo de inmediato al ver al chofer uniformado y una limusina tan grande como un HeinkeI.

Carl me llevo a Dragonerstrasse y me dejo delante de mi edificio. Se alegro de perderme de vista y, sobre todo, de perder de vista la Dragonerstrasse, que no era un sitio apropiado para un chofer con un Mercedes-Benz 770. Subi a mi apartamento, me cambie de ropa y volvi a salir. Entre enmi coche y me dirigi hacia el oeste de la ciudad. Tenia una comezon repentina que queria calmar.

El numero tres de Reichskanzlerplatz era un moderno edificio de apartamentos, situado en el barrio residencial mas rico de Berlin. Algo mas al oeste estaban el hipodromo de Grunewald y el estadio de atletismo, donde algunos berlineses esperaban que se celebrasen los Juegos Olimpicos de 1936. A mi difunta esposa le gustaba mucho esta zona. Al sur del hipodromo estaba el restaurante Seechsloss donde le pedi que nos casasemos. Aparque y me dirigi a un quiosco a comprar cigarrillos y acaso cierta informacion.

– Deme unos Reemtsmas, el New Berliner, el Tempo y The Week -dije. Le mostre mi placa de identidad-. Nos han informado de que ha habido un tiroteo por esta zona. ?Ha visto algo?

– Seria un tubo de escape -dijo el quiosquero, que iba vestido de traje, con sombrero austriaco y bigotito hitleriano-. Pero yo llevo aqui desde las siete de la manana y no he oido nada.

– Ya me figuraba, pero queria asegurarme -dijo-. De todos modos, habra que comprobarlo.

– No suele haber problemas por aqui- dijo-. Aunque podria haberlos.

– ?A que se refiere?

Senalo el lado opuesto de la Reichskanzlerplatz, en la interseccion con Kaiserdamm.

– ?Ve aquel coche?-Senalaba un Mercedes-Benz verde oscuro, aparcado justo delante del numero tres.

– Si.

– En ese coche hay cuatro hombres de las SA-dijo. Senalando al norte, hacia Ahorn Allee, anadio-: Y otro camion lleno de SA por alli.

– ?Como sabe que son de las SA?

– ?No se ha enterado? Han levantado la prohibicion de los uniformes.

– Ah, claro, era hoy. Menudo poli estoy hecho. Ni siquiera me habia dado cuenta. ?Y quien vive por ahi? ?Ernst Rohm? -Ernst Rohm era el lider de las SA.

– No, no. Aunque viene a veces de visita por aqui. Le he visto entrar ahi en alguna ocasion. En el apartamento del bajo, en la esquina del numero tres. La propietaria es la senora Magda Quandt.

– ?Quien?

– Para ser un guripa que lee tantos periodicos como usted, no esta muy informado-dijo el quiosquero con una sonrisa.

– ?Yo? Solo miro las fotografias. Pero haga el favor de educarme un poco. -Le entregue un billete de cinco-. Quedese el cambio.

– Magda Quandt. Se caso en diciembre pasado con Josef Goebbels. Lo veo todas las mananas. Sale a

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