acogida y la informalidad de su entorno. Y, ?quien sabe?, tal vez me cayo bien porque necesitaba que alguien me cayese bien. A lo mejor por eso mismo era presidente, no lo se. Pero habia algo en Juan Peron que me indujo a arriesgarme con el. Por ello, despues de fingir durante varios meses ser otra persona que fingia ser el doctor Carlos Hausner, decidi revelarle mi verdadera identidad.

CAPITULO 3

BUENOS AIRES. 1950

Deje el cigarrillo en un cenicero, tan grande como el cubo de una rueda, en la espaciosa mesa del presidente. Junto al cenicero habia una caja de piel de la joyeria Van Cleef & Arpels, de esas que serian por si solas un regalo sensacional. Supuse que el contenido de la caja iba prendido en la solapa de la rubia. La mujer jugueteaba con los perros cuando inicie mi monologo grandilocuente. Tarde solo un minuto en captar su atencion. Cuando me animo, puedo resultar mas interesante que cualquier perrito. Ademas, supongo que no todos los dias aparecia alguien en el despacho del presidente para decirle que se habia equivocado.

– Senor presidente -dije-. Creo que debo comunicarle algo importante. Como este es un pais catolico, tal vez pueda llamarlo confesion. -Al ver la palidez de sus caras, sonrei-. No tema, no voy a contarle todas las cosas terribles que cometi durante la guerra. Hubo cosas de las que no me enorgullezco, claro esta, pero no cargo en mi conciencia con las vidas de hombres o mujeres inocentes. No, mi confesion es algo mucho mas vulgar. Mire, no soy medico, senor. Hubo un medico en Alemania. Un tipo llamado Gruen. Queria marcharse a vivir a America, pero le preocupaba que algun dia averiguasen lo que habia hecho durante la guerra. De modo que, para evitar el mal trago, hizo creer a la gente que yo era el. Luego comunico a los israelies y a los investigadores aliados sobre crimenes de guerra donde podian encontrarme. Como quiera que fuese, convencio tan bien a todo el mundo de que yo era el que me vi obligado a huir. Al final recurri a la ayuda de viejos camaradas de la Delegacion Argentina de Inmigracion en Europa. Carlos, aqui presente. No me mal interprete, senor, estoy muy agradecido por haber venido a este pais. Me costo convencer a un escuadron de la muerte israeli de que yo no era Gruen y me vi obligado a dejar a dos de ellos muertos en la nieve cerca de Garmisch-Partenkirchen. Asi que, como ve, no soy el fugitivo que usted cree. Y no soy ni he sido nunca medico.

– Entonces, ?quien demonios es usted en realidad? -Era Carlos Fuldner, y parecia irritado.

– Mi verdadero nombre es Bernhard Gunther. Estuve en el SD. Trabajaba en el servicio de espionaje. Me capturaron los rusos y me recluyeron en un campo, pero luego escape. Antes de la guerra era policia. Detective del cuerpo policial de Berlin.

– ?Ha dicho detective? -Era el hombre de la barba corta y las gafas tintadas. El que yo habia identificado como policia-. ?Que clase de detective?

– Trabajaba sobre todo en homicidios.

– ?Cual era su categoria? -pregunto el policia.

– Cuando se declaro la guerra en 1939, era KOK, Kriminal Ober-Kommissar, Inspector jefe.

– Entonces se acordara de Ernst Gennat.

– Por supuesto. Era mi mentor. Me enseno todo lo que se.

– ?Como lo llamaban los periodicos?

– Ernst el Rollizo. Debido a su corpulencia y su aficion a los pasteles.

– ?Y que fue de el? ?Lo sabe?

– Fue subdirector de la policia criminalista hasta su muerte en 1939. Murio de un infarto.

– Lo siento.

– Demasiados pasteles.

– Gunther, Gunther -dijo, intentando sacudirse una idea de la cabeza como quien agita la rama de un manzano que creciese en su coronilla-. Ah, si, ya se. Yo a usted lo conozco.

– ?Me conoce?

– Estuve en Berlin. Antes de la caida de la Republica de Weimar. Alli estudie jurisprudencia en la universidad.

El policia se acerco lo suficiente para que pudiera captar el olor a cafe y cigarrillos de su aliento, y se quito las gafas. Supuse que debia de fumar mucho, porque tenia un cigarrillo en la boca y porque su voz sonaba como un arenque ahumado. Se apreciaban las arrugas de la risa alrededor de las limaduras de hierro gris que constituian el bigote y la barba, pero la nuez del ceno fruncido entre sus ojos azules inyectados de sangre me decia que tal vez habia perdido el habito de la sonrisa. Entrecerro los ojos mientras buscaba mas respuestas en mi cara.

– ?Sabe? Usted era un heroe para mi. Aunque no lo crea, usted es una de las razones por las que renuncie a la idea de ser abogado y me hice policia. -Miro a Peron-. Senor, este hombre es un famoso detective de Berlin. Cuando fui alli por primera vez, en 1928, habia un famoso estrangulador. Gormann, se llamaba. Este es el hombre que lo detuvo. En la epoca fue una cause celebre. -Volvio a mirarme-. ?Verdad que si? Usted es ese Gunther.

– Si, senor.

– Su nombre aparecia en todos los periodicos. Yo intentaba mantenerme al corriente de todos sus casos. Si, era un heroe para mi, Herr Gunther. -En ese momento me dio la mano-. Y ahora esta aqui. Es increible.

Peron miro la hora en su reloj de oro. Empezaba a aburrirse.

El policia se percato tambien. Casi nada se le pasaba por alto. El presidente se habria desinteresado por completo si Evita no se hubiera acercado a mi para examinarme como si yo fuese un caballo con esparavan.

Eva Peron tenia una buena figura, si a uno le gustaban las mujeres de silueta interesante para la representacion pictorica. Nunca he visto ningun cuadro que me convenza de que los antiguos maestros preferian a las mujeres flacas. La figura de Evita era interesante en todos los puntos sensibles entre las rodillas y los hombros. Lo cual no significa que me pareciese atractiva. Era demasiado fria, demasiado formal, demasiado eficiente, demasiado serena para mi gusto. Me gusta encontrar algo de vulnerabilidad en las mujeres. Sobre todo a la hora del desayuno. Con su traje azul marino, Evita ya parecia vestida para botar un barco o cualquier cosa mas importante que hablar conmigo. En la parte de atras del cabello rubio de bote llevaba una boina pequena de terciopelo azul marino, y se habia cubierto el brazo con martas cibelinas para todo un invierno ruso. No es que eso me llamase mucho la atencion. Mis ojos se fijaron sobre todo en los caramelos de menta de su lujoso atavio, las aranas de diamantes en los oidos, el ramo floral de diamantes en la solapa y la deslumbrante bola de golf en el dedo. Parecia que habia sido un ano excelente para Van Cleef & Arpels.

– Asi que tenemos en Buenos Aires a un famoso detective

– dijo Evita-. Que fascinante.

– No se si famoso -replique-. Famoso es una palabra adecuada para un boxeador o una estrella de cine, no para un detective. Desde luego, la jefatura de policia de Weimar hizo creer a los periodicos que algunos eramos mas habiles que otros. Pero solo eran recursos para proyectar una buena imagen del cuerpo policial y dar confianza al publico sobre nuestra capacidad de resolver crimenes. Me temo que no se podrian escribir mas de dos parrafos muy sosos en los periodicos actuales sobre mi labor de detective, senora.

Eva Peron ensayo una sonrisa fugaz. Su barra de labios era impecable y sus dientes perfectos, pero proyectaba una mirada inexpresiva. Era como recibir una sonrisa de un glaciar templado. -Su modestia… como decirlo… es tipica de sus compatriotas -dijo Evita-.

Parece que ustedes nunca han sido muy importantes. Siempre atribuyen a otro los laureles o la culpa. ?No es cierto, Herr Gunther?

Tenia muchas cosas que decir al respecto, pero cuando la esposa del presidente le pega a uno semejante sopapo, mas vale recibirlo en el menton como si la mandibula fuera de hierro, aunque duela.

– Hace solo diez anos, los alemanes pensaban que debian dominar el mundo. Ahora lo unico que quieren es vivir tranquilos y que los dejen en paz. ?Es eso lo que quiere, Herr Gunther? ?Vivir tranquilo? ?Que lo dejen en paz?

Fue el policia el que acudio en mi ayuda.

– Por favor, senora -dijo-. Solo esta siendo modesto. Le doy mi palabra. Herr Gunther era un gran detective.

– Ya veremos -dijo ella.

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