– Tomelo como un cumplido, Herr Gunther. Si me acuerdo yo de su nombre, despues de tantos anos, estara de acuerdo en que, en este caso al menos, la modestia esta fuera de lugar.

– Es posible -dije, encogiendome de hombros.

– Bueno -dijo Evita-. Me tengo que ir. Dejo a Herr Gunther y al coronel Montalban con su mutua admiracion.

La vi marchar. Me alegre de verla por detras. Sobre todo me alegre de ver su trasero. Incluso en presencia de la mirada del presidente, llamaba la atencion. Yo no conocia ninguna melodia de tango argentino, pero, al ver sus posaderas bien enfundadas saliendo con garbo del despacho de su marido, senti el deseo de tararear alguno. En otra sala y con una camisa limpia, habria intentado darle una palmadita. A algunos hombres les gustaba dar palmadas a una guitarra o a las fichas de domino. Yo preferia darlas en el culo de una mujer. No era exactamente una aficion. Pero se me daba bien. A un hombre se le debe dar bien algo.

Cuando Evita se marcho, el presidente tomo de nuevo el mando. Me pregunte cuantas cosas consentia Peron a su esposa sin darle siquiera una palmada. Probablemente bastantes. Es un defecto habitual en los dictadores entrados en anos cuando sus mujeres son mas jovenes.

– No le haga caso a mi mujer, Herr Gunther -dijo Peron en aleman-. No entiende que usted hablaba desde…

– Se dio palmaditas en el estomago-. Desde aqui. Hablo porque sintio la necesidad de hacerlo. Me halaga que haya tenido esa confianza conmigo. Tal vez ambos vemos mutuamente algo en el otro. Algo importante. Una cosa es obedecer a otra persona. Hasta un idiota puede hacerlo. Pero obedecerse a uno mismo, someterse a la disciplina mas rigida e implacable, eso es lo importante. ?Verdad?

– Si, senor. Peron asintio.

– Asi que usted no es medico. Entonces no podemos ayudarle a que ejerza la medicina. ?Podemos hacer algo por usted?

– Si, hay una cosa, senor -dije-. No se si es que los viajes en barco me sientan malo si estoy envejeciendo, pero ultimamente no me encuentro muy bien, senor. Me gustaria que me viera un medico, si fuera posible. Uno de verdad. Para ver si me pasa algo o si solo es morrina. Aunque ahora mismo esto ultimo parece bastante improbable.

CAPITULO 4

BUENOS AIRES. 1950

Pasaron varias semanas. Consegui la cedula y me traslade del piso franco de la calle Monasterio a un hotelito acogedor llamado San Martin, en el barrio de la Florida. Estaba a cargo de los propietarios, los Lloyd, una pareja inglesa. Por la cortesia de su trato, me costaba creer que nuestros respectivos paises hubieran estado en guerra. Solo despues de la guerra se descubre cuantas cosas se tienen en comun con los enemigos. Descubri que los ingleses eran como los alemanes, pero con una gran ventaja: no les hacia falta hablar aleman.

El San Martin tenia el encanto del viejo mundo, con cupulas de cristal, mobiliario confortable y buena cocina casera, principalmente para los devotos de los filetes con patatas. Estaba situado junto a la esquina del menos economico Hotel Richmond, en cuyo cafe me gustaba recalar.

El Richmond era un local exclusivo. Tenia un gran salon revestido de madera, con pilares, espejos en los techos, grabados ingleses con escenas de caza y sillones de piel. Una pequena orquesta tocaba tangos y obras de Mozart y, si no me equivoco, unos cuantos tangos de Mozart. El sotano lleno de humo era el lugar donde los hombres jugaban al billar, al domino y sobre todo al ajedrez. Las mujeres no eran bienvenidas en el sotano del Richmondo Los hombres argentinos se tomaban a las mujeres muy en serio. Demasiado en serio como para tenerlas cerca mientras jugaban al billar o al ajedrez. O bien era eso o bien es que las mujeres argentinas jugaban demasiado bien al billar y al ajedrez.

En mis tiempos berlineses, durante el estancamiento de la Republica de Weimar, yo solia jugar al ajedrez en el Romanisches Cafe. En una o dos ocasiones recibi una leccion del gran Lasker, que era tambien un asiduo del lugar. Despues de aquello no logre ser mejor jugador, pero si mas capaz de apreciar la derrota frente a un jugador tan bueno como Lasker.

Fue en el sotano del Richmond donde el coronel Montalban me encontro enfrascado en un final de partida con un escoces diminuto, con cara de rata, llamado Melville. Podria haber forzado un final en tablas si hubiera tenido la paciencia de un Philidor. Pero Philidor nunca tuvo que jugar al ajedrez bajo la vigilancia de la policia secreta. Aunque poco le falto. Por suerte para Philidor, estaba en Inglaterra cuando se desencadeno la Revolucion francesa. Tuvo la sensatez de no regresar. Se pueden perder cosas mas importantes que una partida de ajedrez. La cabeza, por ejemplo. El coronel Montalban no tenia la mirada fria de un Robespierre, pero yo la sentia igual. Y en lugar de preguntarme como debia explotar mi peon adicional para sacar la maxima ventaja, empece a preguntarme que querria de mi el coronel. A partir de ahi, mi derrota fue solo cuestion de tiempo. No me importaba perder ante un escoces con cara de rata. Ya me habia ganado antes. Lo que me fastidio fue el consejo que llego con el humedo apreton de manos.

– Conviene poner siempre la torre detras del peon -dijo en su espanol peninsular ceceante que suena y huele muy distinto del espanol latinoamericano-. Excepto, por supuesto, cuando es una decision incorrecta.

Si Melville hubiera sido Lasker, habria recibido bien el consejo. Pero era Melville, un agente de ventas de Glasgow, con mal aliento y un interes malsano por las ninas.

Montalban me siguio al piso de arriba. -Juega bien -me dijo.

– Aceptablemente. Al menos hasta que aparecen los policias. Eso me desconcentra.

– Lo siento.

– No importa. Pero me alegra que lo sienta. Me quita un peso de encima.

– En Argentina no somos asi ~dijo-. Esta bien criticar al gobierno.

– No es eso lo que me han dicho. Y si me pregunta quien, vera que tengo razon.

– Hay criticas y criticas -dijo el coronel Montalban, encogiendose de hombros mientras encendia un cigarrillo-. Mi trabajo consiste en captar esa sutil diferencia.

– Supongo que no le costara mucho con los oyentes, ?no?

– Los oyentes eran el nombre que daban los portenos a los espias de Peron, los que escuchaban a escondidas las conversaciones en bares, autobuses, o incluso por telefono.

– ?Asi que ya ha oido hablar de los oyentes? -pregunto el coronel arqueando las cejas-. Me impresiona. Aunque no es de extranar, tratandose de un famoso detective de Berlin como usted. -Soy un exiliado, coronel. Conviene mantener la boca cerrada y los oidos abiertos.

– ?Y que es lo que oye?

– He oido el chiste de las dos ratas de rio, una de Argentina y la otra de Uruguay. La rata de Uruguay se moria de hambre, asi que cruzo el rio de la Plata con la esperanza de encontrar algo que comer. A mitad de camino se encontro con una rata argentina que nadaba en sentido contrario. La rata uruguaya se sorprendio y le pregunto por que una rata tan bien nutrida se iba a Uruguay, cuando habia tanto que comer en Argentina. Y la rata argentina le dijo…

– «Yo solo quiero abrir la boca de vez en cuando,» -El coronel Montalban sonrio cansino-. Es un chiste muy viejo.

Senale una mesa vacia, pero el coronel nego con la cabeza y apunto hacia la puerta. Sali detras de el a la Florida. La calle estaba cortada al trafico entre las once de la manana y las cuatro de la tarde, para que los peatones examinasen con comodidad los escaparates de atractivos ornatos en las grandes tiendas como Gath & Chaves, pero quiza tambien para que los hombres examinasen a las mujeres de atractivos ornatos. Las habia en abundancia. Despues de Munich y Viena, Buenos Aires parecia una pasarela parisina.

El coronel habia aparcado fuera de la Florida, en Tucuman, frente al Hotel Claridge. Tenia un Chevrolet de color lima descapotable con puertas de madera pulida, neumaticos de banda blanca, asientos de cuero rojo y, en el capo, un enorme reflector por si necesitaba interrogar a algun encargado de parking. Al sentarse en el interior,

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