– Disculpeme, pero ?no consiste en eso precisamente la labor de un detective? ?En trabajar sin los datos? Quiero decir, si tuviesemos todos los datos, probablemente la encontrariamos nosotros. No lo necesitariamos a usted, aleman. Y desde luego no le ofreceriamos una recompensa de cincuenta mil dolares.
Tenia razon, por supuesto. Puede que fuese melodramatica, pero de tonta no tenia un pelo.
– ?Que le hace pensar que sigue en el pais? -pregunte-. Podria haber cruzado el rio en el barco de Montevideo. Veintinueve dolares. Fin de la historia.
– Por un pequeno detalle -dijo Evita-, estoy casada con el presidente de Argentina. Por tanto, se que no tiene pasaporte. Y aunque lo tuviese, no tiene visado. Lo sabemos porque mi marido se lo pregunto a Luis Berres, el presidente de Uruguay. Y antes de que me lo pregunte, tambien ha consultado a los presidentes Videla, Chaves y Odria.
– Quiza si volviese a hablar con sus padres -dije. Luego, corrigiendome, anadi-: Quiero decir con el padre y la madrastra.
– Si cree que le servira de algo -dijo Montalban.
No lo creia. Pero no sabia que otra cosa sugerir. Era un callejon sin salida. Lo supe la primera vez que me reuni con Van Bader. Por lo que sabia, su hija y quienquiera que estuviese con ella no querian aparecer. Para un detective, encontrar a la gente cuando no quiere aparecer es como buscar el significado de la vida. Si ni siquiera existe con seguridad. Me horrorizaba aceptar un trabajo que auguraba tan pocas probabilidades de exito. Normalmente lo habria rechazado. Pero no se vislumbraba nada normal por la mirilla de aquella situacion. Eva Peron no era de esas esposas de presidentes a las que uno puede defraudar. Sobre todo despues de mi paso por Caseros.
– ?Y bien? -pregunto-. ?Como lo piensa resolver?
Encendi un cigarro. No me apetecia, pero me daba tiempo para pensar algo que decir. El coronel Montalban se aclaro la garganta. Parecia un salvavidas golpeando el agua sobre mi cabeza.
– En cuanto tengamos algo que comunicar, estaremos en contacto, senora.
Cuando estabamos en las escaleras, al salir de la antecamara, le di las gracias.
– ?Por que?
– Por acudir en mi ayuda. Cuando me hizo aquella pregunta.
– ?Como lo piensa resolver?
– Exacto.
– ?Y como lo piensa resolver?
Sonrio amistosamente mientras encendia un cigarrillo con el mio.
– Pues no se. Seguramente saldre en busca de la inspiracion. Le apuntare una pistola en la cara. Le dare unas cuantas bofetadas. A ver que pasa. El enfoque forense, el judicial… Por otro lado, tengo que confiar en la suerte. Eso suele funcionar. Aunque no lo parezca, coronel, soy un tipo bastante afortunado. Esta manana estaba en la carcel. Hace cinco minutos meti la mano en el escote de la esposa del presidente argentino. Creame, para un aleman no cabe imaginar mas suerte en los tiempos que corren.
– No lo dudo.
– Evita no parecia enferma.
– Ni usted.
– Puede que ahora no, pero lo he estado.
– Pack es buen medico -dijo el coronel-. El mejor que hay. Ha tenido suerte de que lo tratase alguien como el.
– Eso espero.
– Llamare a los Von Bader y les dire que quiere hablar otra vez con ellos. Tal vez haya algo que antes se le paso.
– Siempre hay algo que pasa desapercibido. Los detectives son humanos y los humanos cometen errores.
– ?Le parece bien manana a mediodia?
Asenti.
– Vamos -dijo-. Le llevo de vuelta al hotel.
– No, gracias, coronel-dije-. Prefiero ir andando, si no le importa. Si la casera me ve llegar en ese Jaguar blanco, lo mas probable es que me suba el alquiler.
CAPITULO 18
Se alegraron de verme en el Hotel San Martin. Por supuesto, en gran parte se debia a que la policia secreta habia dejado patas arriba mi habitacion, aunque no tanto como cabria imaginar. No habia mucho que poner patas arriba. Los Lloyd me saludaron como si creyesen que no me volverian a ver en la vida.
– Se cuentan muchas cosas sobre la policia secreta y demas -me dijo el senor Lloyd con un vaso de whisky de bienvenida en el bar del hotel-. Pero nosotros nunca la habiamos visto.
– Hubo una confusion con mi cedula, eso es todo -dije-. No creo que vuelva a ocurrir.
De todos modos, pague la factura del mes, por si acaso. Eso contribuyo a que los Lloyd se tranquilizasen, Una cosa era perder a un cliente, y otra muy distinta perder a un cliente que no ha pagado. Eran buena gente, pero vivian de su trabajo. ?Y quien no?
Subi a mi habitacion. Habia una cama, una mesa con una silla, un sillon, una estufa electrica de tres resistencias, una radio, un telefono y un bano. Naturalmente, yo habia anadido unos cuantos toques personales: una botella, un par de copas, un juego de ajedrez, un diccionario de espanol, una edicion de Weimar de Goethe que compre en una libreria de segunda mano, una maleta y algo de ropa. Todas mis propiedades terrenales. Me hubiera gustado ver a Werther enfrentado a los pesares de Gunther. Me servi una copa, prepare el tablero de ajedrez, encendi la radio y me sente en el sillon. Habia unos mensajes de telefono en un sobre. Todos menos uno eran de Anna Yagubsky. El otro era de Isabel Pekerman. No conocia a nadie que se llamase Isabel Pekerman.
Agustin Magaldi salia por Radio El Mundo cantando
– Ha llamado la senora Pekerman.
– ?Quien?
– Ya ha llamado antes. Dice que usted la conoce.
– Gracias, senora Lloyd. Sera mejor que me pase la llamada.
Oi un par de clics y la ultima silaba de un gracias en la voz de otra mujer.
– ?Senora Pekerman? Soy Carlos Hausner. Creo que no tengo el placer de conocerla.
– Oh, si que me conoce.
– Entonces me lleva ventaja, senora Pekerman. Creo que no la recuerdo.
– ?Esta usted solo, senor Hausner?
Ojee las cuatro paredes desnudas y silenciosas, la botella medio vacia y el malogrado juego de ajedrez. Estaba solo, si. Al otro lado de la ventana la gente caminaba por la calle, pero en lo que a mi respecta era como si estuviesen en Saturno. A veces me asustaba el profundo silencio de la habitacion, porque parecia un reflejo de mi silencio interior. Al otro lado de la calle, en la iglesia de Santa Catalina de Siena, empezo a taner una campana.
– Si, estoy solo, senora Pekerman. ?Que desea?
– Me dijeron que fuese manana por la tarde, senor Hausner -dijo-, pero acaban de ofrecerme un papel en una obra en Corrientes. Es un papel pequeno, pero interesante. En una buena obra. Ademas, las cosas han cambiado desde la ultima vez que nos vimos.Anna me ha hablado de usted. Me ha dicho que la esta ayudando a buscar a sus tios.
Me estremeci, preguntandome a cuanta otra gente se lo habria contado.
– ?Cuando nos conocimos exactamente, senora Pekerman?
