– En casa del senor Von Bader. Yo soy la mujer que fingia ser su esposa. -Hizo una pausa. Yo tambien. O, mejor dicho, la hizo mi corazon-. ?Me recuerda ahora?

– Si, la recuerdo. El perro no se quedo con usted. Se vino conmigo y con Von Bader.

– Bueno, es que el perro no es mio, senor Hausner -dijo, como si todavia no captase lo que me queria decir-. A decir verdad, no confiaba en que usted indagase nada sobre los tios de Anna. Pero si que lo hizo. Quiero decir, no es mucho, pero algo es algo. Una prueba de que al menos entraron en este pais. Mire, estoy en el mismo barco que Anna. Tambien soy judia. Y tambien tengo parientes que entraron ilegalmente en el pais y luego desaparecieron.

– Creo que no deberia contar esto por telefono, senora Pekerman. Podriamos quedar para hablar de este tema.

Por las noches, cuando no actuaba, Isabel Pekerman trabajaba en una milonga, que era una especie de club de tango, en Corrientes. Yo no sabia mucho sobre el tango, salvo que se origino en los burdeles argentinos. Y eso es exactamente lo que me parecio el Club Seguro. Para acceder al local, habia que bajar unos escalones desde un pequeno letrero de neon y atravesar un patio iluminado por una unica llama desnuda. Entre las sombras titilantes se acerco un hombre fornido. El vigilante de la puerta. Tenia un silbato en el cuello para llamar a la policia en caso de que se desatase una reyerta incontrolable.

– ?Lleva navaja? -pregunto.

– No.

– De todos modos tengo que registrarle -dijo, aparentemente sorprendido por mi respuesta negativa.

– ?Entonces por que lo pregunta?

– Porque si me miente pensare que viene a armar jaleo -dijo mientras me cacheaba-. Y tendre que vigilarle. -Cuando comprobo que no iba armado, me senalo la puerta por la que se filtraba una musica de acordeon y violines.

En la entrada habia una especie de gallinero donde residia la mujer de la casita, una negra bastante corpulenta que estaba sentada en una poltrona, tarareando una melodia totalmente distinta de la que tocaba la orquesta de tango. En el muslo tenia una servilleta de papel y un par de chuletas de cordero. Podria tratarse de su cena, pero tambien de los restos del ultimo hombre que armo jaleo al fornido vigilante. Desplego una enorme sonrisa irregular, tan blanca como una tira de campanillas de invierno, y me echo una mirada de arriba abajo.

– ?Busca un Stepney?

Me encogi de hombros. Mi castellano habia mejorado bastante, pero se me deshizo como un traje barato en cuanto tropezo con el argot local.

– Ya sabe. El cafe creme.

– Busco a Isabel Pekerman -dije.

– ?De donde eres, carino?

– De Alemania.

– Veinte pesos, Adolf -dijo la mujer de la casita-. No se que se piensa, pero el cafinflero de la senora es Blue Vincent y Vincent prefiere que le de el ramo antes de que hable con la gallina.

– Solo quiero hablar con ella.

– Lo mismo da que sea cazador o no. Todos los criollos son del centro y si habla con el equipaje tendra que darle un ramo. Normas del local.

– Lo tendre en cuenta. -Saque un par de billetes y se los presione en su mano curtida.

– Aja. Se movio un instante y se embutio los billetes bajo una de sus nalgas sustanciales. Parecia un lugar tan seguro como una camara acorazada-. Seguramente estara en la pista de baile.

Traspase una cortina de abalorios y entre en una escena de Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de pintadas y carteles antiguos. Alrededor de una sucia tarima de baile habia multitud de mesitas de marmol. Las luces bajas del techo apenas iluminaban la sordida vida de abajo. Habia mujeres con faldas abiertas hasta el ombligo y hombres con el sombrero gacho sobre los ojos vigilantes. La orquesta parecia tan empalagosa como la musica que tocaba. Solo faltaba que apareciese un Rodolfo Valentino con un poncho, un latigo en la mano y un mohin en los labios. Nadie presto atencion a mi llegada. Nadie salvo la mas alta de las dos mujeres que bailaban el tango con ojos complices.

Apenas la reconoci. Parecia un caballo de circo. Tenia una melena larga y muy rubia, con alguna que otra cana. Los ojos eran grandes, pero no tanto como su hermoso trasero curvo, que la falda no se esforzaba en ocultar. Tambien vestia una especie de leotardos con lentejuelas que casi escudaban su pudor. Creo que eran leotardos, pero no se sabia con seguridad, por el modo en que desaparecian entre las nalgas.

Le clave una dura mirada solo para que supiera que la habia visto. Ella me miro tambien y senalo una mesa. Me sente. Aparecio un camarero. Todo el mundo bebia cubano en grandes vasos redondos. Pedi lo mismo y encendi un cigarrillo.

Un hombre recio se acerco a mi mesa. Iba a ataviado con botas, pantalones negros, una chaqueta gris que le venia algo pequena y un panuelo blanco. Llevaba escrita la palabra chulo por todo el cuerpo, como los numeros de una baraja. La mujer le hizo una sena y el me miro, dilatando la boca en una sonrisa de aprobacion y lastima. Lo comprendi. Aprobaba mi eleccion de mujer, pero lamentaba que yo fuese de esos gilipollas que se rebajaban a hacer ese tipo de transaccion degradante. Sus facciones marcadas no indicaban miedo. Tenia la cara curtida, como un objeto que se podria utilizar para sacudir una alfombra. Cuando hablaba, su aliento me agudizaba la sed de un licor fuerte. Mantuve la nariz dentro del vaso hasta que acabo de soltarme la perorata.

En silencio, solte unos billetes en la mesa. No estaba de humor para nada salvo informacion, pero a veces la informacion cuesta lo mismo que otras relaciones mas intimas. Apreto el dinero en el puno y se largo. Entonces ella se acerco y se sento.

– Lo siento -dijo-. Le pedire el dinero al final de la noche y se lo devolvere en otro momento, pero ha hecho bien en pagarle. Vincent no es un hombre insensato, pero es mi criollo, y a los criollos les gusta que las cosas parezcan lo tienen que parecer. Por si se lo pregunta, no es mi chulo.

– Si usted lo dice…

– Un criollo solo vigila a una mujer. Es una especie de guardaespaldas. Algunos hombres con los que bailo a veces se ponen un poco pesados.

– No importa lo del dinero. Quedeselo.

– ?Eso es lo que quiere?

– Si, quedeselo. Lo que busco es informacion, nada mas. No se ofenda, pero he tenido un dia tremendo.

– ?Quiere hablar de ello?

– No. Charlemos. -Bebi un sorbo de cubano-. Esta distinta de la ultima vez que nos vimos.

Un camarero le sirvio una copa, pero ella prescindio de la copa y del hombre.

– ?Quien se lo pidio?

– El poli. El que lo trajo a usted. Vino a mi apartamento y me dijo que me habia visto en un espectaculo y que tenia un trabajo especial para mi. Si hacia lo que me decia, me pagaria e incluiria en el trato algo de ropa bonita. Solo tenia que aparentar que era una madre rica y preocupada. -Se encogio de hombros-. Era muy facil. Yo tambien tuve una madre rica y preocupada. -Encendio un cigarro-. Asi que conoci a Von Bader y charlamos.

– ?Cuanto tiempo estuvo alli?

– Casi todo el dia. No sabiamos exactamente a que hora iban a llegar.

– ?Y montaron todo eso solo porque iba yo?

– Aparentemente si. Pero el coronel Montalban tambien queria que le informase sobre Von Bader.

– Si, eso ya me encaja un poco mas. Dos trabajos por el precio de uno. -Asenti-. ?Y que le parecio Von Bader?

– Nervioso. Pero agradable. Le oi hablar por telefono. Creo que preveia marcharse al extranjero. Llamo a Suiza y recibio varias llamadas de alli mientras yo estaba en su casa. Lo se porque en una ocasion me pidio que atendiese el telefono mientras el estaba en el bano. Yo hablo aleman, como sabe. Tambien hablo polaco y espanol. Soy germano-polaca de nacimiento. De Danzig. -Dio una calada al cigarro, pero no le resulto agradable y lo apago a medio fumar-. Lo siento, pero todo esto me pone un poco nerviosa. Al coronel no le hizo ninguna gracia cuando le dije que no puedo repetir la interpretacion manana por la manana. No lo encajo bien.

– ?Y por que lo hizo?

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