obedecieron al instante, casi como si supieran que iban a parar. El propio Montalban encendio un cigarro y me lo metio en la boca tremula y agradecida.

– Me alegro de verle -dije.

– Vamos -dijo tranquilamente-. Salgamos de aqui.

Resistiendo la tentacion de decirle algo al hombre de la picana, sali con el coronel al patio de la fortaleza donde estaba aparcado un bonito Jaguar blanco. Respire hondo con una mezcla de alivio y euforia. Abrio el maletero y saco una camisa bien doblada y una corbata que me sonaba.

– Tome -dijo-. Le he traido esta ropa de su habitacion del hotel.

– Que detalle por su parte, coronel -dije, desabotonandome los harapos de la camisa.

– No hay de que -dijo mientras entraba en el asiento del conductor.

– Siempre va en coches bonitos, coronel-comente al entrar a su lado.

– Este coche pertenecio a un almirante que tramo un golpe de estado -dijo-. ?Se imagina un almirante con un coche asi? -Encendio un cigarrillo y salimos por el porton.

– ?Y donde esta ahora? ?El almirante?

– Desaparecio. Quiza en Paraguay. Quiza en Chile. Pero quiza en ninguna parte en concreto. Pero a veces es mejor no hacer esas preguntas. ?Entiende?

– Creo que si. Pero ?a quien le importa la marina?

– En realidad, las unicas preguntas seguras en Argentina son las que uno se hace a si mismo. Por eso hay tantos psicoanalistas en este pais.

Nos dirigimos al este, hacia el Rio de la Plata. -?Ah, si? ?Hay muchos psicoanalistas en este pais?

– Oh, si. Una barbaridad. En Buenos Aires se hace mas psicoanalisis que en casi cualquier otro lugar del mundo. En Argentina nadie se cree tan perfecto que no pueda mejorar. Usted, por ejemplo. Un poco de psicoanalisis le ayudaria a no meterse en lios. O eso me parecio. Por eso le organice una cita con los dos mejores hombres de la ciudad. Para que se entienda a si mismo y defina mejor su relacion con la sociedad. Y para que tenga en cuenta lo que le dije antes: que en Argentina es mejor saberlo todo que saber demasiado. Por supuesto, mis hombres son mas aptos que la mayoria para conseguir que un hombre se entienda a si mismo. No hacen falta tantas sesiones. A veces basta con una. Y, desde luego, son mucho mas baratos que los analistas freudianos que visita la mayoria de la gente. Pero los resultados, como ha podido comprobar, son mucho mas espectaculares. Es raro que alguien salga de una sesion en Caseros sin un profundo sentido de lo que hace falta para sobrevivir en una ciudad como esta. Si. Si, ya lo creo. Esta ciudad mata salvo si uno se prepara psicologicamente para lidiar con ella. Espero no estar siendo demasiado criptico en esto.

– En absoluto, coronel. Le entiendo perfectamente.

– Hay una petaca en la guantera -dijo-. A veces la terapia da sed de algo mas que conocimiento de uno mismo.

En la petaca habia conac. Estaba muy bueno. Me ayudo a respirar mejor, como si hubieran abierto una ventana. Le pase la petaca. Nego con la cabeza y sonrio.

– Usted es buena persona, Gunther. No quiero que le suceda nada malo. Ya le he dicho que usted era mi heroe. Todo hombre necesita un heroe en la vida, ?no cree?

– Es muy amable, coronel.

– Rodolfo, me refiero a Rodolfo Freude, el jefe de la SIDE, cree que mi fe en sus capacidades es irracional, y es posible que lo sea. Pero el no es un poli de verdad como nosotros, Gunther. No entiende lo que hace falta para ser un gran detective.

– No estoy seguro de haber entendido eso, coronel.

– Pues se lo explicare. Para ser un gran detective hay que ser protagonista. Una especie de personaje dinamico que, con su mera existencia, hace que sucedan cosas. Creo que usted es de esa clase de personas, Gunther.

– En el ajedrez lo llamariamos gambito. Normalmente supone el sacrificio de un peon o un caballo.

– Si. Tambien es bastante posible.

– Es usted un hombre interesante, coronel -dije entre risas-. Un tanto excentrico, pero interesante. Y no crea que no valoro su confianza en mi, porque la valoro mucho. Y se lo agradezco. Casi tanto como este trago y los cigarrillos que me ha dado. -Le cogi la cajetilla y saque otro cigarro.

– Bien. Porque no me gustaria nada pensar que necesita una segunda sesion de terapia en Caseros.

Era de noche. Las tiendas cerraban y los clubes abrian. Todos los ciudadanos se deprimian por estar tan lejos del resto del mundo civilizado. Conocia esa sensacion. A un lado estaba el oceano y al otro el vasto yermo de las pampas. Estabamos rodeados por la nada, sin ningun otro lugar adonde ir. Tal vez la mayoria de la gente se resignaba a eso, como sucedia en la Alemania nazi. En cambio, yo era diferente. Decir una cosa y pensar otra era algo que hacia con total naturalidad.

– Ya me voy haciendo una idea, coronel -le dije-. Habria dado un taconazo y saludado si no estuviese dentro del coche. -Bebi otro trago de conac-. A partir de ahora, este caballo lleva anteojeras y bozal. -Senale a traves del parabrisas-. Solo vere la carretera que hay delante y nada mas. -Emiti una risita sardonica como si hubiese aprendido la leccion.

– Parece que lo va entendiendo -dijo el coronel, aparentemente complacido por mi declaracion-. Lamento que le haya costado una camisa averiguarlo.

– Puedo comprarme otra camisa, coronel -dije, aun fingiendo una aquiescencia cobarde-. Una nueva piel es mas dificil de encontrar. No tendra que advertirmelo de nuevo. No tengo el menor interes en acabar en su morgue. A proposito, la chica, Gtete Wohlauf, ?que es de ella? No estoy seguro de haber encontrado a su asesino, pero desde luego si he encontrado al hombre que asesino a las dos chicas en Alemania. Y tenia usted razon. Vive aqui, en Buenos Aires. Como le dije, no estoy seguro de que tenga algo que ver con la muerte de Grete Wohlauf. O que sepa nada sobre Fabienne Von Bader. Pero no me extranaria, dado que sigue dedicandose al mismo negocio de los abortos ilegales. Se llama Josef Mengele, pero se hace llamar Helmut Gregor. Supongo que ya lo conocera. En cualquier caso, puede leerlo todo en una declaracion escrita que le obligue a escribir. La tengo escondida en la habitacion del hotel.

El coronel Montalban se metio la mano en el bolsillo de la chaqueta y saco el sobre que contenia la confesion manuscrita de Mengele.

– ?Se refiere a esta declaracion?

– Eso parece, si.

– Naturalmente, cuando lo detuvieron registramos su habitacion en el Hotel San Martin.

– Claro. Y supongo que ahora va a destruir todo eso.

– Por el contrario. Voy a conservarla en un lugar muy seguro. Puede llegar a ser muy util en algun momento.

– ?Para librarse de Mengele, quiere decir?

– Que va, el es poca cosa. No, me refiero a librarme de Peron. Este es un pais muy catolico, Herr Gunther. Ni siquiera un electorado comprado votaria a un presidente que ha utilizado a un criminal de guerra nazi para practicar abortos ilegales a las jovencitas con las que se acuesta. Por supuesto, no hace falta decirlo, esta declaracion, bien guardada, se convierte en una poliza de seguros muy util. Para un hombre como yo, en una profesion tan insegura como esta, es lo mejor para tener seguridad laboral. Me maliciaba que ocurria algo asi, pero no podia relacionarlo con Peron. Hasta que aparecio usted.

– ?Pero como podia saber usted que Mengele era el hombre que yo buscaba en 1932? -pregunte-. Si yo acabo de resolverlo.

– Hace un mes o dos, cuando Mengele ya residia en Argentina, llego de Alemania una caja de documentos dirigida a Helmut Gregor, aqui en Buenos Aires. Eran los archiyos de las investigaciones que desarrollo Mengele en la Oficina de la Raza y la Repoblacion de Berlin y en Auschwitz. Parece que el medico no queria separarse del trabajo de toda una vida, y, creyendo que aqui estaba a salvo, pidio a alguien que le enviase todos los papeles desde Gunzburg, su ciudad natal. No solo sus archivos de investigacion. Estaba tambien su expediente de las SS y una ficha de la Gestapo. Por algun motivo su ficha de la Gestapo contenia los documentos que usted dejo en el Kripo. Los que yo le di cuando empezo a trabajar para mi. Parece que alguien intento reabrir el caso Schwartz durante la guerra. Pero no lo logro, porque alguien con mayor poder en las SS protegia a Mengele. Un coronel de las SS llamado Kassner, que tambien habia trabajado en el I.G. Farben. De todos modos, Mengele nunca recibio ninguno de los documentos. Cree que se perdieron cuando se hundio de forma accidental un cargamento del

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