CAPITULO 16
Como de costumbre, me levante a las seis, me di un bano y desayune. Los Lloyd servian algo llamado «desayuno frito»: dos huevos fritos, dos tiras de beicon, una salchicha, un tomate, champinones y tostada. Al acabar estaba lleno. Cada vez que desayunaba eso, salia de alli pensando lo mismo: que costaba creer que alguien hubiera combatido en una guerra con un desayuno asi.
Sali a comprar tabaco. No preste atencion al coche que me adelanto hasta que se detuvo y se abrieron de pronto dos puertas. Era un Ford sedan de color negro, sin ningun distintivo policial, salvo los dos hombres con gafas oscuras y bigotes a juego, que salieron del vehiculo y se encaminaron rapidamente hacia mi. Los habia visto antes. En Berlin. En Munich. En Viena. En todo el mundo, siempre eran los mismos hombres fornidos con cerebros fornidos y nudillos aun mas fornidos. Y todos tenian el mismo estilo practico y dinamico, mirandome como si yo fuera un mueble incomodo que debia relegarse lo antes posible al asiento trasero de un coche negro. Ya me habian hecho eso antes. Muchas veces. Cuando era detective privado en Berlin era una especie de riesgo laboral. A la Gestapo nunca le gustaron los detectives privados, aunque Himmler contrato a una empresa de Munich para averiguar si su cunado enganaba a su hermana.
Instintivamente gire para esquivarlos y tropece con un fornido numero tres. Me registraron y me metieron en el coche antes de que pudiera cobrar aliento. Nadie dijo nada. Excepto yo. Deje de pensar en la carretera y en la velocidad a la que circulabamos.
– Bravo, muchachos, les felicito -dije-. Supongo que no hace falta que les diga que llevo mis credenciales de la SIDE en el bolsillo de la chaqueta, ?verdad? Supongo que no.
Nos dirigiamos hacia el sur, en direccion a San Telmo. Hice algun otro comentario en castellano, pero no hicieron caso y al cabo de un rato me resigne a su fornido silencio. El coche giro hacia el oeste cerca del Ministerio de la Guerra. Era el edificio mas robusto de Buenos aires, con dieciseis plantas y dos alas independientes, y dominaba el area circundante como una gran piramide de Keops. Por su aspecto, no auguraba nada bueno a paises vecinos como Chile y Uruguay. Al cabo de un rato llegamos a un parquecillo agradable y, detras de este, a una fortaleza almenada que parecia llevar ahi desde que Francisco Pizarro llego a Sudamerica. Cuando atravesamos el porton de madera, casi daba por seguro que nos recibirian con piedras y aceite hirviendo vertido desde las almenas. Aparcamos y me sacaron del cochea empujones y me obligaron a bajar por unas escaleras hacia el patio. Al final de un largo pasillo humedo, me condujeron a una humeda celda, donde me registro un hombre casi tan grande como el robusto Ministerio de la Guerra, y luego me dejaron solo, con la unica compania de una silla, una litera de madera y un orinal. El orinal estaba medio lleno o medio vacio, segun se mire.
Me sente en el suelo, que me parecia mas comodo que la silla o la litera, y espere. En alguna torre lejana, infestada de ratas, se reia un hombre histerico. Mas cerca de donde me tenian retenido, el agua goteaba ruidosamente en el suelo y, como no tenia mucha sed, apenas me preocupe del ruido. Sin embargo, al cabo de varias horas, cambio mi sensacion al respecto.
Anochecia cuando volvieron a abrir la puerta. Entraron dos hombres en mi celda. Se remangaron como indicando que iban a ponerse manos a la obra. Uno era bajo y musculoso y el otro era alto y musculoso. El mas bajo sostenia algo que parecia un baston de metal, con un enchufe electrico de dos clavijas en un extremo. El mas alto me sujeto. Me resisti, pero parece que no se quiso enterar. No le vi la cara. Estaba en algun lugar por encima de las nubes. El mas bajo tenia diminutos ojos azules, como piedras semipreciosas.
– Bienvenido a Caseros -dijo con cortesia burlona-. Ahi fuera hay un monumento a las victimas del brote de fiebre amarilla de 1871. ?Entiende?
– Creo que si.
– Ha estado haciendo preguntas sobre la Directiva 11.
– ?Yo?
– Quiero saber por que. Y que cree saber al respecto.
– No se casi nada. Posiblemente precede a la Directiva 12. Y no me extranaria que alguien descubra algun dia que venia despues de la Directiva 10. ?Que tal voy?
– No muy bien. ?Es aleman, verdad?
Asenti.
– El pais de Beethoven y Goethe. La imprenta y los rayos equis. La aspirina y el motor cohete.
– No se olvide de Hindenburg-dije.
– Supongo que se sentira orgulloso. En Argentina solo hemos aportado un invento al mundo moderno. - Levanto el baston metalico-. La picana electrica. Habla por si sola, ?no le parece? Este mecanismo emite una fuerte descarga electrica, suficiente para mover una vaca adonde uno quiera. Una vaca tiene un peso medio de mil kilos. Diez veces mas que usted, mas o menos. Aun asi es un medio sumamente efectivo para someter al animal. Asi que ya se imagina el efecto que tendra en un ser humano. Al menos espero que se lo imagine mientras le hago la siguiente pregunta.
– Hare todo lo posible -dije.
Se remango y mostro un brazo cubierto de una asombrosa capa de pelo. Algun espectaculo de fenomenos de feria se estaba perdiendo al eslabon perdido. El puno raido de la manga fue subiendo por el brazo hasta la media luna de sudor, bajo la axila. Seguramente no queria mancharse la camisa. Al menos parecia que se tomaba el trabajo en serio.
– Me gustaria saber el nombre de la persona que le hablo de la Directiva 11.
– Fue alguien de la Casa Rosada. Uno de mis colegas, supongo. No recuerdo quien exactamente. Mire, se oyen muchas cosas en un lugar asi.
El hombre bajo y peludo me rasgo la camisa y dejo al aire la cicatriz de mi clavicula. La palpo con su una mas mugrienta.
– ?Caramba, si se ha operado! Disculpeme, no lo sabia. ?Que tenia?
– Me extirparon media tiroides.
– ?Por que?
– Era cancerosa.
– Se esta curando muy bien -dijo casi con simpatia. Entonces toco la cicatriz con el extremo de la picana. Por suerte para mi no estaba enchufada todavia-. Normalmente nos concentramos en los genitales. Pero en su caso creo que podemos hacer una excepcion. -Hizo senas con la cabeza al hombre alto que me sujetaba. En un periquete me ato a la silla de la celda.
– Digame el nombre de la persona que le hablo de la Directiva 11, por favor -repitio.
Intente esconder el nombre de Anna Yagubsky en el rincon mas lejano de mi mente. No tenia intencion de revelar que ella era la persona que me habia hablado de la Directiva 11, pero en otras ocasiones habia visto como arrancaba las palabras el dolor. No queria ni pensar lo que podian hacer un par de matones como aquellos a una mujer como Anna. De modo que empece a convencerme de que la persona que me habia hablado de la Directiva 11 era Marcello, el oficial de registro del archivo de la Casa Rosada. En el supuesto de que tuviese que decir algo.
– Miren -dije, negando con la cabeza-. La verdad es que no lo recuerdo. Fue hace varias semanas. Estabamos charlando varios colegas en el departamento del archivo. Pudo haber sido cualquiera.
– Oiga usted -dijo, sin escucharme-. Dejeme que le refresque la memoria. -Me toco la rodilla con la picana, esta vez encendida. Incluso a traves de la tela de los pantalones el dolor me desplazo varios metros por el suelo, junto con la silla, y me provoco calambres en la pierna durante varios minutos.
– ?Da gustito, verdad? -dijo-. Pues le pareceran solo cosquillas cuando se lo ponga en la carne desnuda.
– Ya me estoy riendo.
– Pues el chiste es sobre usted, me temo. -Volvio a acercarse a mi con la picana, apuntando directamente a la cicatriz de la clavicula. Durante una decima de segundo tuve una vision de los restos de mi tiroides crepitando dentro de mi garganta como un trozo de higado frito. Luego reconoci una voz que exclamo:
– ?Ya basta! -Era el coronel Montalban-. Desatenlo.
No hubo palabras de protesta. Desde luego, ninguna por mi parte. Mis dos torturadores potenciales
