Posteriormente, por supuesto, Otto y yo fuimos colegas. El era juez en uno de los tribunales de salud genetica creados en virtud de la ley de 1933 de prevencion de descendencia geneticamente enferma, que se encargaban de resolver las causas de «higiene racial». A algunas personas se les prohibia casarse y otras personas fueron victimas de esterilizaciones forzosas. -Hizo una pausa.
– De modo que la esterilizacion de Anita Schwartz fue organizada por ustedes dos, por el bien de la salud genetica del pais -dije-. ?Alguien consulto la opinion de Anita Schwartz?
– Su consentimiento era irrelevante -dijo Mengele irritado-. Era espastica, ?entiende? Su vida era indigna. Cualquier tribunal genetico habria aprobado nuestra decision.
– ?Donde se hizo la operacion?
– En una clinica privada de Dahlem, donde trabajaba la madre de la chica como enfermera nocturna. Era un lugar bastante apropiado, se lo aseguro.
– Pero algo salio mal.
– Si. A diferencia de los abortos, se requeria anestesia general para los procesos de esterilizacion. Asi que necesitabamos los servicios de un anestesista. Naturalmente, solicite la colaboracion de la misma persona que anestesio a la amante de Kurt Daluege. Una persona que conocia Daluege. Un tipo muy poco competente, por lo que se vio. Yo no sabia que era drogadicto. Y cometio un error. No fue la operacion lo que la mato, como comprendera. Fue la anestesia. Sencillamente, no logramos reanimarla. Y, ante un dilema similar al de la muerte de Elizabeth Bremer en Munich, decidi mutilar su cadaver del mismo modo sensacionaL Con la plena complicidad, debo anadir, de la madre de la chica, que era una catolica romana estricta y creia que Dios nunca quiso que su hija viviese, lo cual supuso un gran alivio para mi colega y para mi. Entre los dos nos deshicimos del cadaver en la otra punta de la ciudad, en el parque de Friedrichschain. Y el resto ya lo sabe.
– ?Y despues?
– Me fui a casa.
– Me refiero a los anos siguientes. Hasta que ingreso en las SS.
– Segui practicando abortos y esterilizaciones hasta 1937. Legalmente, debo anadir. Luego entre en el Instituto de Herencia Biologica e Higiene Racial del Reich, donde era ayudante de investigacion.
– ?Y ahora?
– Ahora llevo una vida muy tranquila. Soy un humilde medico, como ve.
– No tan humilde, creo yo. Hableme de la chica que ha estado aqui hace media hora. Supongo que le limo las unas de los pies y la peino.
– Hausner, se esta metiendo en aguas peligrosas.
– No importa, soy buen nadador.
– Mas le vale. ?Sabe lo que hacen en Argentina con la gente que no les cae bien? Los llevan de paseo en avion y los arrojan al Rio de la Plata desde diez mil pies de altura. Escucheme bien. Olvidese de que ha visto a esa chica.
Baje el arma y me abalance sobre Mengele, agarrandolo con una mano por las solapas del abrigo de cachemir, mientras le cruzaba la cara atonita de tez morena con la palma y el dorso de la otra mano, como un campeon de ping pongo
– Cuando quiera escucharle, primero le abofeteare -dije-. Y ahora oigamos el resto. Hasta los detalles mas podridos de su mugriento trabajo en esta ciudad. ?Entendido? Si no me lo cuenta todo, le ensenare el verdadero significado de una vida indigna.
Lo empuje hacia abajo en la silla y le solte las solapas. Ahora Mengele tenia los ojos frios y entrecerrados, y la cara palida, excepto en la zona de las mejillas que mi mano habia puesto colorada. Se toco la mandibula y gruno una respuesta como un perro acobardado.
– A Peron le gustan las jovencitas -dijo-. Doce, trece, catorce anos. Virgenes. Y que no usen anticonceptivos, al igual que el. Le gusta la estrechez de las jovencitas porque tiene el pene muy pequeno. Le cuento esto porque saberlo ya es motivo suficiente para que a uno lo maten en este pais, Hausner. Me lo conto cuando nos conocimos, y desde julio del ano pasado, cuando llegue a Argentina, he practicado unos treinta abortos para el.
– ?Y Grete Wohlauf?
– ?Quien es?
– Una chica de quince anos que esta en la morgue de la policia.
– No se como se llaman las chicas que opero -dijo-, pero debo decirle que no ha muerto ninguna. Ahora se me da bien este trabajo.
No lo puse en duda. Todo el mundo tiene alguna habilidad. La suya consistia en destruir la vida.
– ?Y Fabienne Von Bader? ?Que ha sido de ella?
– Como le dije, no se como se llaman.
Por alguna razon, le crei.
– Mire, no soy el unico -dijo-. El unico medico aleman que se dedica a esto, quiero decir. Ser medico de las SS es una combinacion atractiva para el general. Esto significa que, a diferencia de los medicos catolicos locales, que tienen escrupulos para practicar abortos, nosotros tenemos que hacer lo que nos dicen o corremos el riesgo de ser entregados a la justicia aliada.
– Por eso le gusta entrevistarse con los medicos alemanes.
– Si. Y eso significa que soy importante para el. Que sirvo a sus intereses. ?Puede decir lo mismo usted? - Mengele sonrio-. No, no lo creo. Usted es un poli gilipollas y sentimental. No durara mucho aqui. Esta gente es tan despiadada como los alemanes. O incluso mas. Pero son mas faciles de entender. Lo que los motiva es el dinero y el poder, no la ideologia. Ni el odio. Ni la historia. Solo el dinero y el poder.
– No este tan seguro de que no soy tan despiadado como ellos -dije, empunando la Smith con ostentacion-. Soy capaz de pegarle un tiro en la barriga y quedarme aqui sentado hasta verlo morir. Solo por diversion. Probablemente usted lo llamaria experimento. Si, puede que lo haga. Seguramente me darian el Premio Nobel de Medicina. De todos modos, primero coja una pluma y un papel y escriba todo lo que me ha contado. Incluya la aficion del presidente a las jovencitas y el util servicio de limpieza que le presta usted. Y despues, firmelo.
– Con mucho gusto -dijo Mengele-. Firmare su sentencia de muerte. Pero antes de que lo maten, creo que lo visitare en la celda. Y llevare mi maletin de medico para extirparle algun organo en vida.
– Bien, pero hasta entonces hara lo que yo le diga y sonreira mientras lo haga, pues en caso contrario querre saber por que.
Volvi a abofetearle por puro placer. Podria haberlo hecho toda la tarde. Mengele era una de esas personas que sacan lo peor de mi.
Escribio la confesion. La lei y me la meti en el bolsillo.
– Ya que esta usted de confesiones -le dije-, quisiera hacerle otra pregunta. -Le acerque la pistola a la cara-. Y recuerde. Me apetece usar esto. Asi que mas vale que responda con atencion. ?Que sabe sobre la Directiva 11?
– Solo se que era algo relacionado con la necesidad de impedir que viniesen aqui los judios desplazados. -Se encogio de hombros-. No se mas.
Meti la mano en el bolsillo y saque el collar
– Arrancarles las tripas de esa manera, como para evitarnos el olor, era un truco elegante -le dije-. Pero usted no es el unico que sabe hacer esas cosas. Si tengo que dispararle, dejare este collar cerca de su cuerpo.
Mengele se aferro a la parte inferior de la silla.
– ?No se nada mas! ?No se nada mas! ?No se nada mas! -grito, inclinandose hacia mi, firmemente agarrado al asiento. Su cabeza se desplomo sobre el pecho y rompio a sollozar-. No se nada mas -dijo entre sollozos-. Le he dicho todo lo que se.
Me levante, ligeramente consternado por este arrebato y por el modo en que lo habia reducido a un estado de vulnerabilidad infantil. Era extrano. Solo sentia asco por el. Pero lo mas extrano era el asco que sentia por mi propia persona, por la oscuridad que moraba dentro de mi. La oscuridad que mora dentro de todos.
