del coche, el que odiaba a muerte al americano. No me gustaban las formas del yanqui ni la ventaja que creia tener sobre mi. Pero no merecia la pena darle un punetazo, al fin y al cabo estaba en zona americana y ambos sabiamos que podian hacermelas pasar canutas. No queria problemas con los americanos, sobre todo despues de los problemas que ya habia tenido con los Ivanes. Asi que mantuve los brazos pegados al cuerpo. Ademas, estaba el asunto de los cien marcos. Y cien marcos eran cien marcos.

– Al parecer, el hombre del coche era amigo del padre de su esposa -dijo el americano. Dio media vuelta y se dirigio al bar del hotel-. Imagino que tanto el como sus colegas de las SS estuvieron en este lugar un buen numero de veces. -Me fije en como miraba los vasos sucios que habia sobre la barra, los ceniceros a rebosar, las manchas de cerveza del suelo. Todo obra mia. Aquel bar era el unico sitio del hotel en el que me sentia como en casa-. Supongo que aquellos fueron dias mejores, ?no? -Se rio-. ?Sabe? Creo que deberia volver a lapolicia, Gunther. Usted no tiene alma de hotelero, de eso no hay duda. Por favor, si he visto bolsas para transportar cadaveres mas acogedoras que este lugar.

– Nadie le obliga a quedarse y confraternizar -respondi.

– ?Confraternizar? -Volvio a reir-. ?Es eso lo que usted hace? No, no lo creo. Confraternizar implica un trato como de hermanos. Y yo no podria tenerlo con nadie que fuera capaz de quedarse en una ciudad como esta, amigo.

– No se sienta mal por ello -respondi-. Soy hijo unico, tampoco me va mucho el trato fraternal. A decir verdad, prefiero vaciar ceniceros que seguir hablando con usted.

– Wolf, el tipo del coche -dijo el americano-, era un tipo de lo mas emprendedor. Antes de quemar cuerpos se dedicaba a arrancar dientes de oro con unas tenazas. Tenia unas tijeras de podar con las que cortaba los dedos en los que habia una alianza. Tenia incluso unas tenacillas que utilizaba para inspeccionar las partes intimas de los cadaveres en busca de fajos de billetes, joyas o monedas de oro. Es sorprendente lo mucho que encontraba. Suficiente para llenar una caja de vino vacia que enterro en el jardin de su suegro antes de que el campo fuera liberado.

– Y usted pretende desenterrarla.

– Yo no voy a desenterrar nada. -Senalo la puerta con el pulgar-. Lo hara el, si sabe lo que le conviene.

– ?Que le hace pensar que la caja sigue alli? -pregunte.

Se encogio de hombros.

– Me atreveria a apostar que su suegro, herr Handloser, no la encontro. De haberlo hecho, este lugar estaria en mejor estado y es probable que no hubiera acabado con la cabeza entre las vias de Altomunster, a lo Ana Karenina. Aunque estoy seguro de que no tuvo que esperar tanto como ella. Eso es algo que a los cabezas cuadradas se les da de maravilla. Los trenes. Las cosas como son. En este maldito pais todo funciona como un reloj.

– ?Y para que serian los cien marcos? ?Para mantener la boca cerrada?

– Eso es. Pero no como usted piensa. Vera, le estoy haciendo un favor. A usted y al resto de gente que vive aqui. Mire, si la gente se enterara de que alguien encontro una caja llena de oro y joyas en su jardin, Gunther, se armaria un revuelo tremendo y todo el mundo comenzaria a buscar tesoros. Los refugiados, los soldados britanicos y americanos, los alemanes desesperados, los Ivanes avariciosos, todo el mundo. Por eso debe permanecer en secreto. Asi de simple.

– El rumor de un tesoro escondido podria ser beneficioso para el negocio -respondi, encaminandome a recepcion. El dinero seguia sobre el mostrador-. Podria atraer a la gente a manadas.

– ?Y que sucederia cuando no encontraran nada? Piense en ello. Las cosas podrian ponerse muy feas. No seria la primera vez.

Asenti. No puedo decir que no me tentara su dinero, pero no queria tener nada que ver con el oro salido de la boca de nadie. Arrastre los billetes hacia el.

– Cave cuanto quiera. Y haga lo que le salga de las narices con lo que encuentre. Pero sepa que no me gusta el olor de su dinero. Me parece una parte del botin, y si en su momento ya no quise saber nada, ahora mucho menos.

– Vaya, vaya. ?No es sorprendente? Un cabeza cuadrada con principios. Crei que Adolf Hitler habia terminado con todos ustedes.

– Son tres marcos por noche. Cada uno y por anticipado. Tiene a su disposicion el agua caliente que necesite, noche y dia, pero si desea algo mas que una taza de te o de cafe, eso va aparte. La comida esta racionada, y es para los alemanes.

– Me parece bien. Y si sirve de algo, deje que le diga que lo siento. Estaba equivocado con respecto a usted.

– Si sirve de algo, yo tambien lo siento -dije, sirviendome otro vaso de su whisky-. Cada vez que miro esa franja de arboles me viene a la cabeza lo que sucedio al otro lado.

2

El hombre del coche era de estatura media, tenia el pelo oscuro, las orejas prominentes y la mirada sombria. Llevaba un grueso traje de lana y una camisa blanca sin corbata, sin duda para evitar que se colgara. No me hablo y yo no le hable. Entro en el hotel con la cabeza enterrada entre sus estrechos hombros, como si (no se me ocurre ninguna otra explicacion) cargara con el peso de una enorme verguenza. Aunque tal vez me pueda la imaginacion. El hecho es que senti lastima por el. Si las cartas se hubieran jugado de manera distinta, podria haber sido yo el que se encontrara en ese Buick.

Habia otra razon por la que me dio lastima. Parecia enfermo, febril. Ni de lejos en las mejores condiciones para empezar a cavar un hoyo en mi jardin. Asi lo comente con el americano mientras este buscaba herramientas en las profundidades del maletero de su Buick.

– Por su aspecto deberia estar en el hospital.

– Y ahi es donde lo llevare una vez haya terminado con esto -respondio el americano-. Si encuentra la caja, tendra su penicilina. -Se encogio de hombros-. No creo que colaborara si no hubieramos llegado a ese acuerdo.

– Vaya, y yo que creia que los yanquis prestaban atencion a las Convenciones de Ginebra…

– Oh, lo hacemos, lo hacemos -respondio-. Pero estos tipos no son soldados convencionales, son criminales de guerra. Algunos de ellos han asesinado a miles de personas. Ellos mismos se han colocado fuera del ambito de proteccion de Ginebra.

Seguimos a Wolf hasta el jardin y una vez alli el americano solto las herramientas en el cesped y le ordeno que se pusiera a ello. Era un dia caluroso. Demasiado para hurgar en ningun otro lugar que no fuera los bolsillos. Wolf se apoyo en un arbol durante unos segundos para tomar fuerzas y solto un suspiro.

– Creo que este es el sitio, justo aqui -susurro-. ?Podria traerme un vaso de agua? -pregunto.

Le temblaban las manos y tenia la frente cubierta de sudor.

– Traigale un vaso de agua, ?quiere, Gunther? -ordeno el americano.

Fui a por el agua y cuando regrese encontre a Wolf pico en mano. Hizo un intento de clavarlo en el suelo y a punto estuvo de desfallecer. Lo agarre por el hombro y lo ayude a sentarse. El americano encendio un cigarrillo con aparente desinteres.

– Tomate tu tiempo, Wolf, amigo. No hay prisa. Por eso reserve dos noches. ?Lo ve? Tuve en cuenta que no estaria en forma para hacer trabajos de jardineria.

– Este hombre no esta en condiciones de hacer ningun tipo de trabajo fisico -respondi-. Fijese en el, apenas se sostiene en pie.

El americano lanzo la cerilla hacia Wolf y escupio con desden:

– ?Acaso cree que el le dijo eso a alguna de las personas que estuvieron en Dachau? Y un carajo. Lo mas probable es que les pegara un tiro en la cabeza nada mas caer al suelo. Lo cual tampoco es mala idea. Me evitaria tener que llevarlo al hospital de la carcel despues de esto.

– Ya. Pero ese no es el objetivo de esta aventura, ?no? Crei que solo le interesaba conseguir lo que hay enterrado por aqui.

– Asi es. Pero no sere yo quien cave. Estos son zapatos Florsheim.

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