– Por supuesto, Eichmann -dije.
Entonces Eichmann clavo en mi su mirada.
– ?No le contaras a Flesch nada de todo esto, verdad Gunther? Por favor, dime que no se lo contaras a la Ges tapo.
– Ni se me pasaria por la cabeza. Escucha, olvidalo. ?Que vais a hacer con Fievel Polkes? ?Y con la Ha ganah?
Eliahu Golomb se reunio con Polkes en El Cairo para encontrarse con Eichmann y Hagen. Logro pasar justo antes de que los britanicos cerraran la frontera despues de que arabes y judios pusieran varias bombas en Palestina. Antes de la reunion, fui a ver a Golomb y a Polkes a su hotel y les conte todo lo que se habia dicho en el encuentro con Haj Amin. Golomb paso un buen rato invocando castigos divinos para el Mufti y despues me pidio consejo sobre como abordar a Eichmann y a Hagen.
– Creo que deberian hacerles creer que, en una guerra civil con los arabes, la Ha ganah saldria vencedora – dije-. Los alemanes admiran la fortaleza. Les gustan los ganadores. Son los britanicos los que sienten debilidad por los desvalidos.
– Venceremos -dijo Golomb.
– Ellos no lo saben -repuse-. Creo que seria un error pedirles ayuda militar, pues lo interpretarian como un signo de debilidad. Deben convencerlos de que, ante cualquier eventualidad, estan mucho mejor provistos de armas de lo que en realidad estan. Diganles que tienen artilleria. Diganles que tienen tanques. Diganles que tienen aviones. No sabran si es cierto.
– ?En que nos ayudaria eso?
– Si creen que ustedes van a vencer, pensaran que dar apoyo al sionismo es la politica mas adecuada. Si los ven perdedores, entonces no hay forma de saber adonde mandaran a los judios de Alemania. Les he oidomencionar Madagascar.
– ?Madagascar? -pregunto Golomb-. Eso es ridiculo.
– Mire, lo unico que importa es que los convenzan de que puede existir un Estado judio sin que eso suponga ninguna amenaza para Alemania. ?No querran que regresen a Alemania convencidos de que el Gran Mufti tiene razon, verdad? ?Que vuelvan creyendo que todos los judios de Palestina deben ser aniquilados?
Cuando por fin tuvo lugar, la reunion fue bastante bien. A mis oidos, Golomb y Polkes sonaban como un par de fanaticos, pero como ya habian senalado con anterioridad, no parecian fanaticos religiosos que hubieran perdido la razon. Despues de haber escuchado al Gran Mufti, cualquiera parecia sensato.
Unos dias mas tarde partimos de Alejandria en un barco de vapor italiano de nombre Palestrina rumbo a Brindisi, con parada en Rodas y el Pireo. Una vez en Brindisi, tomamos un tren y llegamos a Berlin el 26 de octubre.
Llevaba nueve meses sin ver a Eichmann cuando, mientras me encontraba en Viena trabajando en un caso, tope con el en Prinz-Eugen-Strasse, en el distrito 11, al sur de lo que mas tarde se convertiria en Stalin Platz. El salia del Rothschild Palais, el cual (tras la invasion de Austria en marzo de 1938 por la Weh rmacht) habia sido arrebatado a la familia judia a la que debia su nombre y se habia convertido en los cuarteles del SD en Austria. Eichmann habia dejado de ser un suboficial de bajo rango para convertirse en alferez, en un Untersturmfuhrer. Caminaba con brio. Los judios comenzaban a huir del pais. Por primera vez en su vida, Eichmann habia conseguido un puesto de poder. Fuera lo que fuese lo que les hubiera dicho a sus superiores a su vuelta de Egipto, no cabia duda de que habia resultado.
Nos detuvimos a charlar un par de minutos y despues se metio en el asiento trasero de un vehiculo oficial. Recuerdo que pense: «Ahi va el tipo con mas pinta de judio que haya vestido jamas un uniforme de las SS».
Hay otra cosa que siempre recordare de el. Algo que me dijo en el barco que tomamos en Alejandria, aprovechando un momento en que no estaba mareado. Algo de lo que Eichmann se enorgullecia. De pequeno, cuando vivia en Linz, habia ido a la misma escuela que Adolf Hitler. Tal vez eso explicara en lo que llegaria a convertirse. No lo se.
1
M unich, 1949
Estabamos a un tiro de piedra de lo que alguna vez habia sido un campo de concentracion, aunque cuando dabamos indicaciones para llegar tratabamos de no mencionarlo a menos que fuera absolutamente necesario. El hotel, situado al este de la ciudad medieval de Dachau, se encontraba al final de una carretera secundaria pavimentada, flanqueada por alamos, y separada del antiguo KZ (en la actualidad un asentamiento para refugiados alemanes y checos huidos del comunismo) por el canal del rio Wurm. Era un lugar con entramado de madera, una tipica casa de las afueras, de tres pisos, con tejado a dos aguas cubierto por tejas de color naranja y un jardin rebosante de geranios rojos. La clase de lugar que habia conocido tiempos mejores. Despues de que los nazis y mas tarde los prisioneros de guerra alemanes abandonaran Dachau, dejo de llegar gente al hotel, salvo por la visita ocasional de algun ingeniero de construccion que venia a supervisar la degradacion de un KZ en el que, en el verano de 1936, tuve ocasion de pasar algunas de las semanas mas desagradables de mi vida. Los representantes elegidos por los bavaros no consideraban necesario conservar lo que quedaba del campo a fin de que pudiera ser visitado. Sin embargo, la mayoria de los habitantes de la zona, yo entre ellos, eramos de la opinion de que el campo constituia la unica oportunidad para que entrara algo de dinero en Dachau. Algo poco probable, teniendo en cuenta que el templo conmemorativo seguia sin construirse y de que la fosa comun, en la que habian enterradas mas de cinco mil personas, no estaba senalizada. Los visitantes no llegaban y, pese a mis esfuerzos con los geranios, el hotel comenzo a morir. Asi las cosas, el dia que un Buick Roadmaster de dos puertas se detuvo frente a nuestra pequena entrada me dije que lo mas probable fuera que aquellos hombres se hubieran perdido y quisieran preguntarme como se llegaba a los barracones del Tercer Ejercito de Estados Unidos, aunque resultaba dificil pasar de largo sin verlos.
El conductor se apeo del Buick, se desperezo como un nino y alzo los ojos al cielo, como si le sorprendiera que los pajaros pudieran cantar en un lugar como Dachau. A menudo yo pensaba lo mismo. Su acompanante permanecio en el coche, mirando al frente, tal vez deseando estar en cualquier otro lugar. Senti lastima por el y pense que, de ser yo quien se encontrara en aquel automovil de color verde brillante, sin lugar a dudas tomaria el volante y huiria de alli. Ninguno de los dos llevaba uniforme, pero el conductor iba mejor vestido que su acompanante. Mejor vestido, mejor alimentado y en un estado de salud mucho mejor, o al menos eso me parecio. Subio con decision los escalones de piedra de la entrada y cruzo la puerta como si fuera el dueno del lugar, asi que pronto me vi saludando con la cabeza a aquel hombre bronceado, con gafas y sin sombrero, con gesto de maestro de ajedrez que hubiera considerado todos los movimientos posibles. No parecia que se hubiera perdido.
– ?Es usted el propietario? -pregunto nada mas entrar por la puerta, sin esforzarse demasiado por demostrar un buen acento aleman y sin apenas dirigirme la mirada.
Echo un rapido vistazo a la decoracion del hotel, que pretendia hacer que los visitantes se sintieran como en casa, aunque para ello era necesario que estuvieran acostumbrados a compartir habitacion con vacas. Habia cencerros, ruecas, rastros, rastrillos, piedras de afilar y un enorme tonel de madera sobre el que descansaba un ejemplar de Suddeutsche Zeitung de hacia dos dias, y uno de Munchener Stadtanzeiger mucho mas antiguo. Las paredes estaban adornadas con acuarelas que representaban escenas rurales de la epoca en que pintores mejores que Hitler habian llegado a Dachau atraidos por el peculiar encanto del rio Amper y del Dachauer Moos (una extensa zona pantanosa casi seca que habia sido convertida en tierra de labranza). El conjunto resultaba tanhortera como un reloj de cuco con ribetes dorados.
– Podria decirse que soy el propietario, si. Al menos mientras mi mujer siga indispuesta. Esta en el hospital, en Munich.
– Espero que no sea nada grave -respondio el americano, aun sin mirarme.
Parecia bastante mas interesado en las acuarelas que en la salud de mi esposa.
– Supongo que busca los barracones del ejercito de Estados Unidos en el antiguo KZ -dije-. Ha torcido por la
