bien. Alquilare una oficina y un pequeno apartamento aqui, en Schwabing, para estar cerca de ti. Ya sabes que esta parte de Munich me recuerda un poco a Berlin y ademas, por culpa de los bombardeos, es barata. Algo cerca de Wagmullerstrasse, hacia el extremo sur de Englischerstrasse, seria genial. La Cruz Ro ja de Baviera tiene alli sus oficinas, y es el primer lugar al que acude la gente que busca a una persona desaparecida. Creo que, si me especializo en esa rama, tengo posibilidades de ganarme bastante bien la vida.

No esperaba que Kirsten dijera nada y evidentemente no me decepciono. Se quedo mirando el suelo como si aquellas noticias fueran lo mas deprimente que hubiera oido jamas. Como si poner en venta un hotel condenado al fracaso fuera la peor decision empresarial que se pudiera tomar. Guarde silencio, me lleve su cigarrillo a los labios y di una larga calada antes de apagarlo en la suela de mi zapato y guardarme la colilla en el bolsillo de la chaqueta. (La habitacion estaba ya bastante sucia como para contribuir con mi cigarrillo a la montana de mugre.)

– Sigue habiendo muchos desaparecidos en Alemania. Tantos como cuando los nazis estaban en el poder. - Negue con la cabeza-. No puedo seguir en Dachau. No sin ti. Ha sido suficiente, no puedo mas. Tal y como me siento ahora mismo, deberia ser yo y no tu quien estuviera aqui encerrado.

Me lleve un susto de muerte cuando una de las mujeres solto una carcajada y me acerque a la pared en la que Kirsten habia permanecido durante el tiempo que pase alli, meciendose como un viejo rabino. Tal vez supiera algo que a mi se me escapaba. Hay quien dice que la locura es tan solo la capacidad de prever el futuro, y que si supieramos en el presente lo que sabremos dentro de un tiempo, es probable que eso bastara para hacernos gritar. En esta vida, el truco consiste en mantener los dos periodos apartados durante el mayor tiempo posible.

3

Tuve que obtener un certificado de desnazificacion del Ministerio del Interior, en Prinzregentenstrasse, lo cual, como nunca fui miembro del Partido Nazi, no presento mayores dificultades. De hecho, el Presidium de la Po licia de Ettstrasse (donde tenian que refrendar el certificado) estaba lleno de matones que, al igual que yo, habian trabajado para las SS, por no mencionar los que habian pertenecido a la Ges tapo y al SD. Por suerte para mi, las autoridades de ocupacion no eran de la opinion que los traslados ex officio de la KRI PO, la policia criminal, o de la OR PO, la policia uniformada, a estas organizaciones de la policia nazi bastaran para que a un hombre le fuera negado un puesto de policia en la incipiente Republica Federal de Alemania. Solo aquellos jovenes que habian comenzado sus carreras en las SS, la Ges tapo o el SD se toparon con dificultades reales. Y aun en esos casos hubo formas de eludir la Ley de Liberacion de 1946 que, de haber sido aplicada con la rigidez que se pretendia, hubiera dejado a Alemania sin fuerza policial. Un buen poli sigue siendo un buen poli, aunque haya sido un nazi hijo de perra.

Encontre una pequena oficina en Galeriestrasse, al oeste de Wagmullerstrasse. Parecia justo lo que andaba buscando. Se encontraba delante de una oficina de correos y justo encima de una libreria de viejo. Estaba en la misma planta que la consulta de un dentista y una casa de compraventa de monedas. Me sentia tan respetable como me podia sentir en un edificio que todavia mantenia la pintura de camuflaje para evitar los ataques aereos de los Aliados. El edificio se habia utilizado como delegacion menor de la Ofi cina de Guerra de Ludwigstrasse y en un viejo armario encontre algunas viejas fotografias de Hitler y Goring, un portagranadas vacio, una bandolera de rifle y un casco M42 que resulto ser de mi talla (sesenta y ocho).

Frente al edificio habia una parada de taxis y un quiosco que vendia periodicos y tabaco. Tenia mi nombregrabado en una placa de metal y un buzon en la pared de la entrada. Todo listo.

Me pasee por el centro de Munich y deje tarjetas en oficinas y lugares que crei podrian contribuir al negocio. La Cruz Ro ja, la Agen cia Alemana de Informacion de Sonnenstrasse, el Instituto Cultural de Israel en Herzog- Max-Strasse, la Ame rican Express Company en Brienner Strasse y la Ofi cina de Objetos Perdidos de la Po licia. Incluso acudi a antiguos companeros. Uno de ellos era un ex poli llamado Korsch que trabajaba como reportero del Die Neue Zeitung, un periodico americano, y otro era un antiguo secretario que tuve, un tal Dagmarr, que me ayudo a echar un vistazo a los archivos de la ciudad, en Winzererstrasse. Pero sobre todo me dedique a visitar las oficinas que los muchos abogados de Munich tenian en los alrededores del Palacio de Justicia. Si habia un grupo al que le iban bien las cosas bajo la ocupacion americana, ese era el de los abogados. Aunque se acabara el mundo, seguiria habiendo abogados para hacerse cargo de la documentacion.

Mi primer caso en Munich me llego a traves de un abogado y, por una extrana casualidad, tuvo relacion con los camisas pardas de Landsberg. Al igual que el segundo caso, en realidad, aunque no creo que fuera ninguna casualidad. Es probable que lo mismo sucediera con el tercero. Cualquiera de aquellos casos podria haberse llevado mi vida por delante, pero solo uno lo hizo. Aun hoy me cuesta decir que no estuvieron relacionados.

Erich Kaufmann era abogado, neoconservador y miembro del asi llamado Circulo Heidelberg de Juristas, el organo central encargado de coordinar la liberacion de los prisioneros de Landsberg. El 21 de septiembre de 1949 fui a la enmoquetada oficina de Kaufmann, cercana al Palacio de Justicia de Karlsplatz, otro de los edificios publicos que estaban siendo reformados. El sonido de las hormigoneras, martillos, sierras y de loscontenedores elevados al chocar contra el suelo convertia a Karlsplatz en un lugar tan ruidoso como cualquier campo de batalla. Recuerdo la fecha porque fue el dia que siguio a la comparecencia del populista de derechas Alfred Loritz en el Parlamento, en la que exigio la amnistia inmediata y generalizada para todos los criminales de guerra, con la unica excepcion de los mas sangrientos, termino con el que se referia a los que ya estaban muertos o a los fugitivos. Estaba leyendo la noticia en el Suddeutsche Zeitung cuando la secretaria de Kaufmann, una joven con aspecto de ninfa, vino a buscarme a la suite palaciega que, con toda modestia, el llamaba su oficina. No se que me sorprendio mas: la oficina, la noticia del periodico o la secretaria; quedaba muy lejana la ultima vez que alguien tan atractivo como aquella pequena fraulein me habia acariciado con sus tupidas pestanas. Atribui el gesto al traje nuevo que me habia comprado en Oberpollinger. Me quedaba como un guante. Aunque el traje de Kaufmann era mejor. Le quedaba como un traje.

Supuse que tendria unos sesenta anos. Y no me hicieron falta muchas suposiciones para darme cuenta de que era judio. Para empezar, junto a la puerta habia una pequena placa con algo escrito en hebreo. Me alegre de ello, pues era senal de que por fin las cosas estaban volviendo a la normalidad en Alemania. Era agradable no ver mas estrellas de David pintarrajeadas en las ventanas. No tenia ni idea de que habia sido de el en el tiempo de los nazis, y tampoco era algo que pudiera preguntarse. Pero era evidente que, en los anos que llevabamos sin ellos, las cosas le habian ido muy bien. No solo su traje era mejor que el mio, sino todo en general. Sus zapatos parecian hechos a mano, llevaba las unas cuidadas y lucia un alfiler de corbata que parecia un regalo de cumpleanos de la reina de Saba. Incluso su dentadura era mejor que la mia. Sostenia mi tarjeta entre los dedosrechonchos y fue directo al grano, sin perder el tiempo en el tipo de cortesias que suelen infestar los asuntos de negocios en Munich. No me importo en absoluto. No me van las cortesias. Al menos no despues de la temporada que me toco pasar en un campo ruso de prisioneros de guerra. Ademas, tenia prisa por comenzar a trabajar.

– Quiero que interrogue a un soldado americano -dijo Kaufmann-. Un soldado raso del Tercer Ejercito de Estados Unidos. Se llama John Ivanov. Es guardia de la Pri sion de Criminales de Guerra Numero Uno. ?Sabe donde esta?

– En Landsberg, supongo.

– En efecto. Precisamente alli. En Landsberg. Observelo, herr Gunther. Descubra que clase de persona es. Si es de fiar o no. Si es honesto o deshonesto. Si es un oportunista o dice la verdad. Doy por hecho que mantiene la confidencialidad de sus clientes, ?no?

– Por supuesto -respondi-. Se me da mejor que a Rudolf Hess mantener la boca cerrada.

– Entonces, de manera confidencial, deje que le diga que el soldado del ejercito Ivanov ha hecho una serie de declaraciones sobre el tratamiento que reciben los camisas pardas. Tambien asegura que las ejecuciones de los supuestos criminales de guerra llevadas a cabo en junio del ano pasado fueron una chapuza, que el verdugo manipulo lo que hizo falta para que los condenados tardaran mas tiempo en morir. Le dare la direccion en la que puede encontrarse con Ivanov. -Desenrosco el tapon de una estilografica de oro y comenzo a escribir en un pedazo de papel-. Por cierto, a proposito de su comentario sobre Hess, deje que le diga que no me queda ningun sentido del humor, herr Gunther. Los nazis me lo robaron a golpes. Literalmente, creame.

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