– ?Su hija iba en un tranvia?
El baron dibujo una leve sonrisa, como si se hubiera dado cuenta de lo absurdo de la situacion.
– No, no. Ella iba en su coche, salia de la Glyptot hek, la galeria de esculturas. Se detuvo en un semaforo, alzo la vista y lo vio apoyado en la ventana del tranvia. Esta segura de que era el.
– La Glyptot hek. Eso esta en el barrio de los museos, ?no? Veamos. Esta el numero ocho, que va de Karlsplatz a Schwabing. El tres y el seis, que tambien van a Schwabing. Y el treinta y siete, de Hohenzollernstrasse a Max-Monument. Supongo que no recordara el numero, ?verdad? -El baron nego con la cabeza y yo imite su gesto-. No importa, lo encontrare.
– Le pagare mil marcos si lo hace.
– Bien, bien, pero una vez haya dado con el todo queda en sus manos y en las de sus abogados, baron. No pienso defender a su hijo. Es lo mejor. Lo mejor para el pero, sobre todo, lo mejor para mi. Ya me cuesta bastante conciliar el sueno sin dar la cara por asesinos de masas.
– La gente no me habla de ese modo, herr Gunther -dijo con frialdad.
– Pues vaya acostumbrandose, baron. Esto es una republica, ?o acaso lo habia olvidado? Ademas, yo soy el tipo que sabe exactamente donde encontrar la mejor baza para su hijo. -Aquello era un farol con el que pretendia que las aletas de la nariz no se le hincharan aun mas. Habia ido demasiado lejos, le habia aireado mi opinion en la cara, como hace un torero con la muleta. Ahora me tocaba convencerlo de que la sinceridad era un rasgo de mi personalidad y de que estaba a la altura del trabajo-. Me alegro de que me haya ofrecido esa bonificacion, porque no me llevara mas que unos cuantos dias, y a razon de diez marcos al dia mas gastos, no creo que me saliera a cuenta.
– ?Como lo va a conseguir? Si yo mismo he intentado hacer averiguaciones…
– Podria decirselo, pero entonces me quedaria sin trabajo. Por supuesto, tendre que hablar con su hija.
– Por supuesto, por supuesto. Le dire que se reuna con usted.
Lo cierto es que no tenia ni idea de por donde empezar. En Munich habia 821.000 personas. En su mayoria catolicos a los que les costaba abrir la boca, incluso en el confesionario.
– ?Necesita algo mas? -pregunto, como si hubiera olvidado mi insolencia.
– Podria pagarme algo por anticipado -respondi-. Con treinta marcos cubre lo que queda de semana y se lleva la satisfaccion de saber que la solicitud de liberacion de su hijo estara en breve de camino a Landsberg.
5
En Alemania existen registros de casi todo. Somos gente meticulosa, observadora y burocratica, y a menudo nos comportamos como si la documentacion y los memorandos fueran el sello distintivo de la autentica civilizacion. Aun cuando nos ocupabamos de la aniquilacion sistematica de toda una raza, habia estadisticas, actas, fotografias, informes y transcripciones. Cientos, puede que miles de criminales de guerra lograran eludir su condena por culpa de nuestra obsesion, tan alemana, por las cifras, los nombres y las direcciones. Los ataques aereos por parte de los Aliados habian acabado con gran parte de la documentacion, si, pero no me cabia duda de que, en algun lugar, encontraria el nombre de Wolfgang Stumpff junto a su direccion.
Comence por la Jefa tura de Policia e hice una visita a la seccion de Registro de Direcciones y a la Ofi cina de Pasaportes, donde no encontre ni rastro de el. Entonces me dirigi al Ministerio del Interior, en Prinzeregenstrasse. Incluso busque su nombre en la So ciedad de Juristas Alemanes. Sabia que Stumpff era de Munich y habia estudiado Derecho. Eso me lo habia dicho el baron. Y como era muy improbable que durante la guerra no le hubiera tocado hacer el servicio militar, mi siguiente parada fue el edificio de Archivos del Estado de Baviera, en Arcisstrasse, donde tenian documentacion que se remontaba a 1265, y que no habia sufrido dano alguno. Sin embargo, alli tampoco tuve suerte, lo unico que descubri fue que los archivos del ejercito habian sido trasladados a Leonrodstrasse, donde por fin encontre lo que buscaba en las Listas de Rangos, con todos los grados militares. Ordenados alfabeticamente y de ano en ano. Era un registro hermoso, escrito a mano en tinta purpura. Hauptmann Wolfgang Stumpff de la 1.? Gebirgsdivision, la antigua Division de Montana de Baviera. Ya tenia un nombre, una direccion y el nombre del comandante del regimiento de Stumpff. Incluso me lleve sufotografia.
La direccion en el distrito Haidhausen del este de Munich ya no existia; la zona habia sido destruida por completo el 13 de julio de 1944. Al menos eso rezaba el letrero colocado al pie de las ruinas. Momentaneamente despojado de ideas, decidi pasar la tarde tomando tranvias, en concreto el tres, el seis, el ocho y el treinta y siete, con la fotografia de Stumpff que habia tomado prestada en el bolsillo. Antes de aquello, sin embargo, tenia que acudir a mi cita con la hija del baron, en la puerta de la Glyptot hek.
Helene Elisabeth von Starnberg llevaba una falda de color beige hasta las rodillas, un jersey amarillo que se le pegaba al cuerpo lo justo para que supieras que era una mujer, y unos guantes de conducir de piel de cerdo. Tuvimos una conversacion agradable y le ensene la fotografia que habia tomado prestada de los archivos del ejercito.
– Si, es el -comento-. Claro que en la fotografia esta mucho mas joven.
– ?Como? ?No lo sabe? Esta foto tiene al menos mil anos. Lo se porque ese es el tiempo que Hitler dijo que duraria el Tercer Reich.
Sonrio y, por un segundo, se me hizo dificil creer que tuviera un hermano que habia vivido y trabajado en lo mas profundo del infierno. Rubia, claro. Como si acabara de bajar de Berchtesgaden. No era de extranar que Hitler tuviera una preferencia tan marcada por las rubias, si alguna vez habia conocido a una rubia como Helene Elisabeth von Starnberg. En cualquier caso, era una criatura de otro mundo. Tal vez la juzgara de manera equivocada, pero seguia manteniendo lo primero que habia pensado de ella, es decir, que nunca habia subido a un tranvia. Trate de representar esa imagen en mi mente, pero no encajaba. Era como imaginar una caja de galletas coronada por una diadema de brillantes.
– ?Tiene algun parentesco con Ignaz Gunther? -pregunto.
– Era mi tatarabuelo -respondi-. Pero le ruego que no se lo diga a nadie.
– No lo hare. Esculpio un monton de angeles. Algunos bastante bonitos. ?Quien sabe? Tal vez usted se convierta en nuestro angel, herr Gunther.
Supongo que se referia al angel de la familia Von Starnberg. Por suerte, hacia buen dia y yo estaba de buen humor, y tal vez por eso me ahorre un comentario desagradable y no le respondi que para ayudar a su hermano tendria que convertirme en un angel negro, que era como la gente solia llamar a los integrantes de las SS. Tal vez. Aunque lo mas probable es que mantuviera la boca cerrada porque ella era lo que la gente solia llamar un bombon, en los tiempos en que todavia recordaban el aspecto y el sabor que tenian.
– En Burgersaal hay un hermoso grupo de angeles de la guarda que fueron esculpidos por Ignaz Gunther – dijo, senalando al otro lado de Konigsplatz-. Cuesta creer, pero sobrevivieron a los bombardeos. Deberia echarles un vistazo algun dia.
– Lo hare -repuse, y di un paso atras mientras ella abria la puerta de su Porsche y se sentaba al volante.
Me dijo adios con la mano enguantada a traves del parabrisas dividido, encendio el motor de cuatro cilindros horizontales y salio disparada.
Cruce Karlsplatz en direccion sur y el «Stachus», la zona de mayor trafico de toda la ciudad, llamada asi por una taberna que hubo alli. Camine por Neuhauser Strasse hasta Marienplatz, ambas muy danadas durante la guerra. Bajo los andamios se habian construido zonas de paso especiales para los viandantes, y los muchos espacios que quedaban entre los edificios bombardeados estaban ocupados por tiendas provisionales de una planta. Los andamios hacian que Burgersaal pasara tan inadvertida como una botella de cerveza vacia. Al igual que todos los edificios en aquella parte de la ciudad, la capilla estaba siendo restaurada. Cada vez que paseabapor Munich me daba cuenta de la suerte que habia tenido al haber pasado la mayor parte de 1944 con el ejercito del general Ferdinand Schorner en la Ru sia Blanca. Munich habia resultado muy castigada. La noche del 25 de abril de 1944 fue una de las peores de la historia de la ciudad. Gran parte de la capilla quedo reducida a cenizas y el altar mayor desaparecio. Aun asi, las esculturas de Gunther permanecieron intactas. Aquellos angelotes de mejillas sonrosadas y delicadas manos no se ajustaban a la idea que yo tenia de los angeles de la guarda. Mas bien parecian un par de chaperos de algun balneario de Bogenhausen. Yo no creia que fuera descendiente de Ignaz, pero pasados doscientos anos, ?quien puede estar seguro de algo asi? Mi padre nunca estuvo seguro de quien fue su madre, y mucho menos de quien pudo ser su padre. En cualquier caso yo habria
